Cristina: la puerta grande o el barro

Buena parte de los “problemas” del gobierno son de “propia generación”. Embarrarse significa lidiar, por ejemplo, con el gravísimo caso Sergio Schoklender-Madres de Plaza de Mayo. Foto: Archivo-Télam
Cristina: la puerta grande o el barro

Buena parte de los “problemas” del gobierno son de “propia generación”. Embarrarse significa lidiar, por ejemplo, con el gravísimo caso Sergio Schoklender-Madres de Plaza de Mayo. Foto: Archivo-Télam
Hugo Grimaldi
redacció[email protected]
DyN
Con un enjambre de temas que le han enturbiado la escena, Cristina Fernández ha ingresado de lleno en la recta final que la va a llevar en estas horas a explicitar una decisión que ya debe tener seguramente tomada, aunque ella sabe muy bien que, diga lo que diga, en su vida política nada será como antes: CFK revelará si finalmente va a buscar su reelección como presidenta de los argentinos. Entre los políticos del oficialismo que hoy están colgados de sus polleras y esperan ansiosos esa íntima definición, hay tres tipos de voces que hoy se la juegan de modo unánime por el “sí” presidencial, casi como en un ruego, ya que casi todos los que hablan en voz muy baja suponen que sin ella al frente es casi imposible ganar la elección de octubre.
Por un lado, están los pragmáticos, quienes por estas horas parecen respirar aliviados, porque dicen con sorna que como no hay un plan alternativo entonces será Cristina sí o sí. Además, no creen que a esta altura la presidenta los deje en la estacada.
En otro rincón, se ubican los defensores a ultranza del proyecto, los genuinamente convencidos y entre estos hay de dos vertientes: unos, quienes consideran que el modelo cruje y que por eso se necesita más tiempo para corregir ciertos desvíos, como la inflación; mientras que hay otros, más radicalizados, que hablan lisa y llanamente de profundizar la acción del Estado en lo económico y lo cultural, aunque siempre con la conducción exclusiva de la presidenta.
Por último, se encuentran los interesados en que nada cambie, todos ellos atados a los cargos, a la figuración y al dinero de los negocios fáciles, ya que el fin del gobierno K los dejaría irremediablemente a la intemperie.
El manejo de los tiempos
Pese a tanta diversidad, lo cierto es que nadie, ni de adentro ni de afuera, le ha disputado a la Presidenta la estrategia de utilizar al máximo los tiempos que le otorga la Ley para decir “sí” o “no” a la posibilidad constitucional de una reelección y esperan con paciencia su palabra final, así como el nombre de quién la acompañará en la fórmula. Así, son las reglas y es entendible que, como gobernante, a ella no le hubiese resultado ni beneficioso ni útil desatar todo el paquete antes de tiempo. A este juego de la duda, que Néstor Kirchner ya manejó con maestría en 2007 con el “pingüino o pingüina”, hay que agregarle el dilema por el que la Presidenta quizás transita todavía.
Probablemente, Cristina nunca se haya imaginado llegar a este instante con el repiqueteo de las denuncias de corrupción que están salpicando a su gobierno, más allá de que haya tenido que poner además en una balanza de dos platos cuestiones personales, familiares y políticas para redondear su futuro. Su personalísimo duelo, la demanda de sus hijos, las debilidades de su salud y las complejidades del peronismo seguramente la han tenido pensando. Está claro que ella podría retirarse ahora, con la seguridad de haber convivido durante los últimos ocho años y medio con un crecimiento récord inigualable en la historia argentina y con un cambio de paradigma que algunos califican de revolucionario. Si dijera que “no” le aguardaría seguramente la puerta grande y podría convertirse en la gran electora dentro de cuatro años.
Los dilemas del “sí”
En cambio, un “sí” que cargue el otro platillo, automáticamente le pone plazo fijo a su futuro, ya que, salvo un cambio constitucional, comenzaría una cuenta regresiva que le impondrían inclusive sus propios compañeros de militancia, necesitados de buscar otro jefe para seguir adelante en 2015. Es igual a lo que el kirchnerismo no tiene ahora, salvo la opción salvadora de Cristina.
Pero además, ella misma debería ser quien encabece el imperioso service económico que, al decir de la oposición, no debería ser traumático ni ser llamado ajuste, pero que es algo inevitable que necesita el modelo para recuperar los pilares que le dieron fama en los años dorados de su esposo: superávits fiscal y comercial, tipo de cambio competitivo y acumulación de reservas.
En ese caso, como mínimo, la presidenta tendría que sincerar la gran chapucería del Indec, atacar la inflación, desbaratar la maraña de subsidios que permite tarifas políticas de los servicios públicos, mirar al mundo de otra manera, arreglar con los organismos internacionales y volver al mercado voluntario de deuda. Ya no habría puerta grande, sino meter los pies en el barro y, lo más terrible para ella, reconocer que esos sinsabores son los que le habrán quedado como herencia de su actual gestión.
Con respecto al nombre de un vicepresidente para su propia fórmula, si hay algo seguro es que Cristina no quiere repetir la mala experiencia que tuvo con Julio Cobos, por lo que se especula que debería ser un peronista que no dé el salto, aunque tampoco en política nunca nadie puede comprarse todos los boletos. La opción Scioli le aseguraría acatamiento y otro tanto Jorge Capitanich; Alicia Kirchner, apellido; Carlos Zannini, armado y Eugenio Zaffaroni, lustre, más allá de algún “tapado” que mueva el avispero.
Es lo que la misma Presidenta hizo en la Capital Federal, con los diputados porteños, aunque al mejor cazador se le escapa siempre una liebre, ya que impuso a María Rachid como cuarta postulante en la lista de Daniel Filmus porque le aseguraba acompañamiento de la comunidad gay y hoy la ex funcionaria del INADI, echada de su cargo por Cristina, está en medio de una pelea que involucra el manejo poco claro de los fondos del Instituto. Hoy, Filmus no sabe cómo sacársela de encima y con todo tipo de presiones todo el kirchnerismo le está exigiendo la renuncia.
El gran dolor de cabeza
Claro está que al lado del caso Sergio Schoklender-Madres de Plaza de Mayo este escándalo parece de opereta, aunque los dos muestran como denominador común un desaprensivo y descontrolado manejo de los fondos públicos. Los ñoquis que cobraban cinco mil pesos por mes o el pago del celular de la esposa del ex titular del INADI, el actor Claudio Morgado, también corrido por la Presidenta, parecen un vuelto en relación a los 765 millones de pesos que el Gobierno le entregó a las Madres para hacer casas y a la Ferrari, el Porsche, las propiedades, las sociedades, los yates y los aviones que le aparecen a diario al ex protegido de Hebe de Bonafini, presumiblemente comprados con parte de ese dinero.
Precisamente, esta cuestión de los aviones de Shocklender que volaban con demasiada frecuencia a zonas sensibles en materia de narcotráfico (Chaco y Santiago del Estero) le han puesto al caso una connotación internacional que no estaría ajena a los ojos de la DEA. Aunque hay algunos que emparentan una cosa con otra y piensan que pudo haber sido una prenda de cambio para evitar una mayor malicia estadounidense en el caso, en la semana el Gobierno tuvo que tomar aceite de ricino para olvidarse de las bravuconadas y cerrar el papelón que lideró el canciller Héctor Timerman cuando detuvo y secuestro material de los EE.UU. de un avión de la US Air Force, que reclamó hasta el propio presidente Barack Obama.
El caso es que se devolvieron las cosas disciplinadamente y casi no hubo comentarios, después de aquella sobreactuación nada diplomática.
Justamente, todos estos temas de alta sensibilidad en materia de corrupción que están golpeando bajo la línea de flotación del Gobierno y pueden estar haciéndole perder votos, tienen que haberle dado a la Presidenta la oportunidad de hacer una última reflexión sobre los pro y las contras de presentarse.
Este es el escenario en el cual CFK deberá sincerar su pensamiento de una vez y dar a conocer, quizás en Rosario frente al Monumento a la Bandera, lo que será por “sí” o por “no” la noticia de la semana. En ese mismo contexto, todo el espectro opositor está agazapado porque si hasta el momento nunca nadie había hecho tanto por la reelección de la Presidenta como las idas y vueltas de los Alfonsín, Carrió, Macri o Binner, ahora la situación se está dando a la inversa: nunca nadie hizo tanto por la oposición como los graves sucesos que están erosionando al kirchnerismo.