La vuelta al mundo
Cabral y el infierno de Guatemala

Matanzas. Son habituales en la frontera con México por la constante actividad de bandas de narcotraficantes.
Foto: AFP
La vuelta al mundo
Cabral y el infierno de Guatemala

Matanzas. Son habituales en la frontera con México por la constante actividad de bandas de narcotraficantes.
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Rogelio Alaniz
El destino le hizo una mala jugada a Facundo Cabral. Se dice que esa madrugada el autobús del hotel lo iba trasladar al aeropuerto cuando, a último momento, el empresario Henry Fariña se ofreció llevarlo en su auto. Cuando aceptó el viaje, Cabral firmó su condena de muerte. El no lo sabía y es probable que Fariña tampoco lo supiera. Y, si le vamos a creer a los diarios de Guatemala, es muy probable que los asesinos hayan matado a la persona equivocada.
La vida muchas veces tiende estas trampas. Treinta y cuatro años antes Cabral iba a subir a un avión y se dice que a último momento canceló el viaje. El no viajó, pero sí lo hicieron su mujer y su hija, y cuando el avión se cayó, las que murieron fueron ellas. A esos juegos del destino lo llamamos azar, suerte, casualidad o mano de Dios o del Diablo, lo mismo da.
A Cabral le interesaba especular con las misteriosas relaciones que existen entre la vida y la muerte. Conoció el hambre y la marginalidad; el espectro del cáncer y la fatalidad de la ceguera lo acompañaron en los últimos años. A todos esos riesgos los conjuró con coraje y hasta con humor. Sin embargo, morir acribillado por una banda de sicarios no es un destino justo para nadie, mucho menos para él.
Ese destino es el que aguarda a miles de guatemaltecos en una región que desde hace décadas viene sufriendo el flagelo de las dictaduras, la guerra sucia y, en los últimos tiempos, el narcotráfico. Guatemala es la tierra de Miguel Angel Asturias, el Premio Nobel que escribió “El señor presidente”, la novela que da cuenta de la calaña moral de los dictadores latinoamericanos. El término “dictadura bananera” fue acuñado en esa región en referencia a la United Fruit Company que ponía y sacaba gobiernos a su antojo y financiaba dictadores tan siniestros como patéticos. Esa compañía fue la que intrigó con la CIA y el aval expreso del presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, para derrocar al gobierno democrático y nacionalista de Jacobo Arbenz mediante el recurso de la intervención. Fue en Guatemala donde los exiliados anticastristas se prepararon para desembarcar en Cuba en lo que se conoció como la invasión de “Bahía Cochinos”.
En Centroamérica, y en particular en Guatemala, fue donde la Guerra Fría adquirió sus manifestaciones más crueles. Países agobiados por la explotación de sus recursos naturales y humanos, produjeron rebeliones que fueron reprimidas a sangre y fuego. La complicidad de Estados Unidos con esa guerra sucia y el adiestramiento y capacitación de los comandos de la muerte está probada y certificada. Si en algún lugar del continente los Boinas Verdes, aquellos que hicieron famoso a John Wayne en una lastimosa película, pudieron darse el gusto de hacer lo que se les dio la gana, fue allí.
Para que ello ocurriera fue necesario el visto bueno de una clase dirigente tan corrompida como criminal.
Las masacres de indios -particularmente los mayas-, los traslados forzosos, la explotación salvaje, fueron la constante durante años. Se estima que el número de indios muertos supera los 200.000. En Guatemala, la palabra “genocidio” tiene sentido y significado porque se trató de una masacre sistemática que incluyó a niños, mujeres y hombres. Entre 1960 y 1986, en nombre de la defensa del mundo libre, cerca de medio millón de indígenas fueron literalmente empujados a México y, en ese mismo período, desaparecieron de la geografía de Guatemala alrededor de 450 aldeas. Los informes de los organismos de derechos humanos señalan que hubo más de 600 masacres colectivas.
Como para tener una idea de cómo resolvía las contradicciones sociales esta deliciosa casta gobernante, basta con recordar lo que se conoce como “la matanza de la embajada de España”, ocurrida el jueves 31 de enero de 1980. Treinta indígenas de la región de El Quiche tomaron pacíficamente la embajada para dar a conocer la situación social y política de su región. El propio embajador, Máximo Cajal, propuso negociar con las fuerzas del orden mientras el ministro de Relaciones Exteriores de España intentó en vano comunicarse con el presidente, el general Fernando Romeo Lucas García.
La orden el gobierno fue que las fuerzas represivas ingresaran a la embajada y ejecutaran a los rebeldes. Fue lo que hicieron. La embajada, ubicada en una de las avenidas céntricas de la capital, no sólo fue ocupada, sino que el edificio terminó siendo pasto de las llamas. En el operativo murieron treinta y siete personas, entre los que se incluye a treinta indígenas -uno de los muertos fue Vicente Menchú, el padre de Rigoberta, la Premio Nobel de la Paz-, el ex vicepresidente de la Nación, Eduardo Cáceres y el ex canciller Adolfo Molina. Pero no conformes con ello, también asesinaron al cónsul de España, Jaime Ruiz del Árbol y a los ciudadanos de nacionalidad española Luis Felipe Sanz y María Teresa Vázquez. El embajador Máximo Cajal estuvo a punto de perder la vida.
No terminó allí este singular operativo civilizatorio. Al día siguiente, un sobreviviente que estaba siendo atendido en un hospital, fue ejecutado por un comando policial. Meses después, otro comando asesinó al presidente del Instituto Guatemalteco de Cultura Hispánica, Roberto Mertins Murúa, por haber hecho declaraciones críticas contra el gobierno en la Televisión Española.
O sea que un gobierno ordena a las fuerzas represivas ingresar en la embajada de un país europeo violando tratados y pactos internacionales y, en el camino, matan a refugiados, diplomáticos y dirigentes políticos locales. ¿Consecuencias? Pocas. España rompió relaciones diplomáticas con Guatemala durante casi cuatro años, pero la ruptura no pasó a mayores ni se extendió por más tiempo porque, a pesar de las protestas de Cajal, los empresarios españoles continuaron haciendo negocios con el gobierno, vaciando de contenido real a la ruptura.
Cuando en la década del noventa, la Guerra Fría llegó a su fin, algunos comandos de la muerte, calificados en su momento como milicianos de la libertad, se reciclaron en bandas de narcotraficantes. Hoy estos comandos son el principal flagelo que sufre un país que, para más de un observador internacional, es un estado fallido.
En 1974, en la aldea que responde al sugestivo nombre de El Infierno, comenzó a funcionar la “Escuela de Kaibiles”, donde se impartieron durante años cursos de adiestramiento especial a tropas de élite. Kaibil es una palabra indígena que quiere decir “Aquello que tiene la fuerza y la astucia de dos tigres”, aunque para algunos alude a un cacique maya que nunca pudo ser capturado por los españoles.
Lo cierto es que esta escuela de contrainsurgencia, asesorada por militares norteamericanos, se transformó con el paso de los años y el fin de la Guerra Fría, en una escuela de narcotraficantes, al punto que un conocido periodista de Guatemala escribió sobre este tema una nota titulada “Cría kaibiles y te nacerán Zetas”, el nombre con el que se conoce al cartel que simultáneamente opera en este país y México.
Las bandas de narcotraficantes han sido muy bien definidas por el presidente Álvaro Colom como reales multinacionales del crimen. La frontera entre Guatemala y México ha sido en diferentes época tierra de nadie o zona controlada militarmente por los narcos, quienes aplican su ley de hierro sobre la indefensa población. Sin ir más lejos, el pasado 11 de mayo, alrededor de treinta campesinos fueron fusilados y luego decapitados por los Zetas como medida de escarmiento a quienes no obedecieron las órdenes del cartel.
En Guatemala, las bandas de pistoleros viven del narcotráfico, pero también de diversas formas de explotación. En un país con desocupación y pobreza, la carrera de sicario es uno de los oficios más tentadores. El presidente Álvaro Colom admitió que el Estado está corrompido por estas bandas que sobornan a policías y militares, a jueces y políticos. Colom ha declarado a estas bandas enemigo público número uno de la región, pero a juzgar por los resultados, la batalla recién se inicia.
Digamos, a modo de conclusión, que en este país la violencia es moneda corriente. El Estado es impotente para poner fin a este flagelo y, como consecuencia de ello, no exageran quienes dicen que en Guatemala la vida no vale nada. Facundo Cabral tuvo la desgracia de experimentar en carne propia esta realidad.