Con una hincha en casa

Hace rato que el fútbol no es cosa de hombres como no lo es casi nada o directamente nada en esta vida. Ellas, ustedes, las chicas, lo han invadido -y admito el tonito que la palabra conlleva, cargada ya de opinión- todo, modalizado, perfumado, estetizado, desacralizado y otros ados. Pero tener una hincha en casa, es sólo para guapos.

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected].

Con una hincha en casa
 

Yo conozco un caso -bueno, conozco más de uno: refiero sólo este- de una pareja en que él es fanático de Unión y ella de Colón, o viceversa: pretendo no señalar a nadie en particular ni provocar discusiones nuevas en la tensa calma que es ese hogar siempre, hasta que se toca un tema relacionado con el fútbol.

Esta gente, después de probar todo tipo de filos, guerras, discusiones, peleas monumentales, llegaron al sano acuerdo de no hablar en su casa de fútbol, sabedores ambos que no hay conciliación posible y que llegaron a un extremo del que no se vuelve: o la pareja -su continuidad, su evolución, su crecimiento- o la pelota. Eligieron la pareja. No sé si hicieron bien, porque los dos siguen siendo hinchas de lo que son, furiosamente.

Y entonces, pese a estar prohibido el tema, por ahí aparecen de uno u otro lado, filosamente, arteros y pequeños comentarios laterales cuando el otro u otra están viendo jugar al club de sus amores. Uy, qué gol se erró ese, comenta por ejemplo ella a la pasada y él entonces la mira con una mirada llena de armas veladas, granadas listas para detonar y otros polvorines a los que sólo les falta una mínima chispa para estallar...

En su momento, en el punto más álgido de la pelea (palabra rara “álgido”, viene del frío, frígido incluso y hoy representa lo contrario, el momento más caliente, casi como en una relación sentimental), hasta hacían referencias sexuales de poder y sometimiento, con soez lenguaje tribunero -adviértase la delicadeza con que abordamos este tema, que es lo único delicado que podemos poner- para pasar luego a tonos altos de reproche, desprecio y directamente ataque, por las puntas, por el centro hasta poder gritar goles varios y victoria final...

Yo les digo, ya mismo, mis chiquitas. Hay algo peor que un hincha de fútbol y es una hincha de fútbol. La más atildada, femenina y delicada señorita es de golpe una energúmena que salta de la silla, le grita burro -por lo menos- al burro del cinco de su equipo o del otro, y comienza a increpar al televisor, mientras vos al lado te vas achicando hasta el silencio, sepultando en el sillón, escondiéndote prudentemente y apartándote de la furia desatada de tu peoresnada.

Hay gente que descubre cosas increíbles de su pareja gracias al fútbol. Y bien podría ser un requisito prematrimonial más, exigible, concurrir antes de casarte con tu pareja a la cancha. Así que junto con el examen prenupcial deberían las parejas presentar la concurrencia conjunta a la cancha, certificada por autoridad competente (esa es la parte más difícil) y luego de esa experiencia, esencial y fundante, insistir si quieren.

Es jodido tener a una barrabrava en casa. Tengo el caso de Carlos (acá nombro, pero hay tantos, que nadie se va dar por aludido excepto todos los Carlos y sus esposas) que ya está resignado, pues aprendió que su amorcito adorado lo es todo el tiempo, menos cuando se enciende el televisor y hay ¡fútbol!

Yo he visto en diferentes canchas a tipos muy educados, profesionales irreprochables, amantísimos esposos, gente seria, desbarrancar mal contra el árbitro, contra el nueve del otro equipo y contra el nueve del equipo propio. Pero al lado de una niña en esas mismas funciones, son o somos bebés de pecho. Una cosa es que nosotros mandemos al árbitro a revisitar a su madre y desandar el camino mismo de su gestación y otra es que lo haga una señora que es madre también.

Así es que ya no sólo no tenemos el monopolio sobre los roles del volante por derecha, el tonito sapiente sobre quién corno es el diez, de dónde viene y cómo al enganchar para adentro le queda justo para su mejor perfil, no sólo no tenemos más que explicar qué cosa es un “orsai”, sino que encima somos maltratados, insultados y hasta amenazados por esa cosa perfumada y a los saltos que es nuestra pareja futbolera. Me queda picando: la próxima vez que te presenten a alguien con la advertencia celestina de que se trata de un buen partido, literalmente no le des pelota.