Crónicas de la historia

El Cabildo Abierto del 22 de agosto de 1951

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La escena final con Evita apoyando su cabeza en el pecho de Perón es conmovedora. Acá no hay simulacro, interpretación actoral o sentimentalismo cursi. foto:archivo el litoral

Rogelio Alaniz

El 22 de agosto a las cuatro de la tarde la avenida 9 de julio estaba desbordada de gente que vivaban a Perón y Evita. El palco estaba a la altura del Ministerio de Obras Públicas, a pocos metros de avenida Belgrano. Dos enormes carteles con los rostros del “Primer trabajador” y “La jefa espiritual de la nación”, adornaban el escenario. La consigna oficial advertía sobre el objetivo de la convocatoria: “Perón-Eva Perón, la fórmula de la patria”.

El acto había sido convocado por la CGT liderada por José Espejo, de quien se decía -con muy buenos fundamentos- que su principal virtud era no tener ninguna. El paro general fue decretado para asegurar el traslado de la gente. Hubo camiones, ómnibus y trenes, pero sería injusto desconocer que en aquellos años la movilización de los seguidores de Perón no necesitaba del choripán para hacerse efectiva.

Las grandes concentraciones del peronismo se realizaban habitualmente el 1º de mayo y el 17 de octubre. Esta vez la fecha elegida fue el 22 de agosto. La movilización fue bautizada con el pomposo nombre de “Cabildo abierto”. Su objetivo nunca fue disimulado: proclamar la candidatura a vicepresidente de Eva Duarte. A la movilización adhirieron el Partido Peronista, la muy disciplinada Rama Femenina y la poderosa Fundación Evita con sus setenta mil empleados.

Los diarios oficialistas dirán después que hubo más de dos millones de personas. Es probable que hayan exagerado, pero no mucho. El día era apacible, el sol brillaba sereno en el cielo y Alejandro Apold no tendría empacho es asegurar que se trataba de un día peronista. En homenaje a la verdad histórica habría que decir que se trató de un día “evitista”, ya que en esa jornada el protagonismo de la señora desplazó a su marido.

Alrededor de las cinco de la tarde, Perón se hizo presente en el palco. Fue saludado con una ovación, pero la multitud reclamaba la presencia de Evita. Ante la insistencia de los reclamos, Espejo tomó el micrófono y se dirigió a Perón con su habitual tono cortesano: “Mi general; notamos la ausencia de su esposa, Eva Perón, la que no tiene igual en el mundo, en el amor y veneración del pueblo argentino. Compañeros, no podemos continuar sin la presencia de Eva Perón”, concluyó con su habitual sobriedad y recato.

Se estima que más o menos a las seis de la tarde ella subió al palco. Cuando Espejo, transformado en un improvisado maestro de ceremonia, la anunció por los altoparlantes la ovación fue prolongada, tal vez la más calurosa y multitudinaria que recibió en su vida. Para ese tiempo Evita hacía rato que se había teñido el pelo y había despedido para siempre los rizos, para dar lugar a lo que se calificó como “el estilo severo y eternamente clásico” recomendado con insistencia por Paco Jamandreu.

Tenían entonces 32 años y estaba en la plenitud de su liderazgo. Desde hacía por lo menos un año y medio su salud estaba jaqueada por el cáncer. No sabemos si para esa fecha ella era totalmente conciente de la gravedad de su enfermedad. Por lo pronto, los estragos del tumor todavía no se notaban ni en su cuerpo ni en su rostro. Por lo menos, las imágenes de esa tarde no lo registran, aunque no han faltado algunos observadores que observasen que en ese tono de voz desgarrante, enronquecido y dramático, en esa gestualidad exasperada, las señales de la enfermedad pugnaban por hacerse presentes.

Si a la política se la pudiera interpelar desde la tragedia o el drama y si se permitiera a los grandes acontecimientos históricos calificarlos como formidables puestas en escena, hay que decir que lo sucedido aquel atardecer del 22 de agosto de 1951 fue la más extraordinaria puesta en escena que haya logrado montar el peronismo y el hecho histórico más aleccionador que haya ocurrido en la historia argentina. Nunca antes había ocurrido algo parecido; nunca después ocurrió algo igual.

En efecto, esta concentración popular fue la más masiva de la historia del peronismo. Puede que la del 20 de junio de 1973 haya sido parecida, pero el escenario y el desenlace fueron diferentes. No será esta ni la primera ni la última vez que el peronismo convoca multitudes, pero lo singular, lo exclusivo de esta jornada es que por primera y última vez en la historia se produce una suerte de diálogo entre los líderes y la multitud, algo parecido a un contrapunto que se aparta del habitual libreto laudatorio donde los convocados, el pueblo en la plaza, viva a sus jefes.

En este acto hay una oscilación, una peligrosa fisura entre el balcón y la plaza. Por un instante los libretos del balcón parecen alterados. Hasta el propio Espejo vacila. Evita pierde por unos instantes la seguridad, el dominio de la situación. El dilema “ser o no ser” se le presenta dramáticamente no en un teatro o en un radioteatro, sino en una escena protagonizada en el vértice del poder por cientos de miles de personas.

Por primera vez en su carrera política Evita es contradecida por la multitud. Una contradicción fundada en el amor o en adhesión política, pero contradicción al fin. Ella habla de renunciar y la gente rechaza su pedido. Solicita tiempo para reflexionar y le reclaman que decida ahora. Espejo interviene e intenta mediar y también es rechazado.

La estética del poder es ascética y luminosa, como un plano de Bressón. Por unos minutos o, tal vez por unos segundos, la puesta en escena atraviesa por su momento más difícil y en esa dificultad reside la grandeza de esa jornada. Perón está parado al lado de Evita y contempla lo sucedido. Las fotos lo muestran serio, expectante, tenso. No es para menos. ¿Qué piensa en ese momento este maestro en el arte de manejar multitudes? ¿Qué piensa de su mujer y qué piensa sobre el peligro que representa una multitud que está a punto de ir más allá de lo establecido? ¿Admira a ese mujer que está interpretando la obra más intensa de su vida? ¿Reflexiona sobre los peligros de haber permitido que esto ocurra? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que su intervención es la que pone punto final a la escena. Es como la intervención externa que pone orden o suspende la magia del momento.

Los actores salen de la escena pero el pueblo, se queda en la calle vivando a Evita. Hace rato que ha oscurecido y la escena nocturna le otorga a la reunión un tono espectral, un inquieto contraste de sombras y luces. Todos han entendido que efectivamente ella aceptó ser candidata, que hizo lo que el pueblo le pedía. A la mañana siguiente los diarios oficialistas y el propio Partido Peronista dirán que el objetivo se ha cumplido y Eva Duarte será la compañera de fórmula del general para las elecciones previstas para noviembre. ¿Un mal entendido? Quizás. Pero también en ese malentendido hay algo diferente a las fiestas peronistas habituales donde la relación entre los líderes y la multitud siempre estuvo clara.

Las escenas de la jornada permiten leer los rostros del poder, la gestualidad de los señores del palacio. La escena final con Evita apoyando su cabeza en el pecho de Perón es conmovedora. Acá no hay simulacro, interpretación actoral o sentimentalismo cursi. Acá hay pasiones fuertes vividas intensamente bajo los reflectores de la política y el poder.

Todos en el palco miran incómodos la escena. El único que sonríe con su habitual sonrisa obsequiosa es Cámpora. Nunca ha sabido hacer otra cosa, pero esa precaria habilidad le permitirá veinte años más tarde llegar a la presidencia de la Nación y - perplejidades de la historia- hoy su nombre, identificado por él mismo con la obsecuencia, es el ícono de la supuesta rebelión juvenil.

Decía que la escena final antes de caer el telón presenta a Eva y a Perón abrazados. No sé si alguien lo ha dicho, pero me atrevo a decir que esa es la escena de amor más genuina que pueden vivir un hombre y una mujer en esa circunstancia límite, una escena de amor interpretada en un palco, con cientos de miles de personas como testigos y ante el rostro severo e implacable de la historia. Nadie ni antes ni después pudo permitirse semejante licencia poética. Perón y Evita lo hicieron.