Tarcisio Postogna y la cotidianeidad

Claudio H. Martelli

De un tiempo a esta parte parece haber llegado el momento del redescubrimiento -y revalorización- de artistas que, marginados durante su período por la alocada búsqueda formal de los distintos “ismos” -frecuentemente inútil y fruto de la especulación económica de un reducido grupo internacional de galeristas y críticos incluso de los émulos nacionales y locales, dominante en las instituciones públicas y privadas- han continuado produciendo pintura figurativa a pesar del olvido por no haber estado alineados con las estéticas impuestas. Ha sido el caso de Lucian Freud, Alice Neel, Jean Rustin.

En Trieste probablemente lo mismo haya sucedido a Tarcisio Postogna, uno de los alumnos del prime ciclo del Instituto Statale d’ Arte Nordio del cual este año se cumple el cincuentenario de su fundación, si mal no recordamos.

En realidad el eclipse de Postogna de la escena figurativa triestina e italiana, se debe al hecho de que en 1960 emigró a América Latina buscando trabajo. Primeramente se estableció en Brasil y luego en la Argentina, empleándose como decorador naval.

Sin embargo, antes de dejar la ciudad, Postogna supo mostrarse en ocasión de su primera muestra en la Gallería Rettori, por entonces bajo la dirección del poeta Carolus Cergoly, organizada por el Cenacolo Artístico Giovanile, asociación de jóvenes pintores y poetas del que tuve la fortuna de ser primer presidente y estar entre sus fundadores.

La siguiente aparición triestina de Postogna tuvo lugar en finales del mismo año, durante un regreso de Brasil, con una reseña personal preparada en forma austera pero entusiasta -como se usaba en esa época- en los pequeños espacios del Teatro Sperimentale dirigido por Annamaria Fama y Ennio Emili en un reducido local de un edificio en calle Génova, propiedad de la Municipalidad de Trieste, uno de los talleres de la cultura ciudadana de aquellos años, especialmente abierta a los jóvenes, junto al salón de Anita Pitón, en la galería Cavana, en el teatro La Cantina, en la librería Feltrinelli y en los espacios más señoriales pero igualmente abiertos, como el Circolo Della Cultura e delle Arti e la Societa Artistico-Letteraria.

Intensidad y originalidad

Postogna ha sido siempre un pintor figurativo, más aún, un pintor de figuras. Su interés en este campo ha visto momentos de gran intensidad y originalidad a partir de aquellos lejanos años juveniles y de sus primeras pruebas caracterizadas por modos impregnados de expresionismo y primitivismo, por tonos intensos, dramáticos y teñidos de tonalidades sociales y religiosas.

Como escribiera hace muchos años, sus obras me hacían recordar al pintor americano de origen ruso Ben Shahann y su magistral trabajo “Botanico cieco”.

Los años transcurridos en Brasil y Argentina le han permitido no sólo darse a conocer como artista consumado a través de numerosas muestras, sino también disolver en el tiempo variantes para conducirlo gradualmente, en coherencia con sus inicios, a una pintura en la cual la intensidad dramática ha dejado lugar a una visión de la vida cotidiana en la que los comportamientos, las costumbres, los mínimos gestos, las neurosis, son interpretados con benevolencia, con ironía vagamente maliciosa, con un candor y una tolerante participación de la que no está excluida una velada vena erótica que nada concede a la banalidad.

En verdad, mucho ha significado para Postogna el encuentro con el arte latinoamericano con su autonomía sensual y sanguínea respecto del intelectualismo europeo, con su capacidad de expresarse en forma culta o popular: pienso en particular en un artista que descubro en las figuras de Postogna, Diego Rivera.

Pero quiero también afirmar que la cultura pictórica del artista ha asimilado y traducido en modo personal mucho del arte figurativo del Novecento europeo e italiano, desde el Picasso de los años ‘20, al Italo Cremona de los años ‘30, al Guttuso, sobre todo de los años ‘40.

No resultan inmediatamente evidentes, pero están presentes con sus grandes legados, acogidos con gratitud en la certeza de que ninguno es hijo de sí mismo, que el mundo, también aquel del arte no comienza y termina en nosotros.

Hay además que aludir a la elección cromática de Postogna que, a primera vista puede parecer demasiado calma. Me parece, por el contrario, teniendo en cuenta además de la obra juveniles muy densas, de un color fuerte, a veces oscuro, que ello contribuye en mucho a subrayar aquel camino de clarificación, de decantación, que le permite mirar la condición humana sin excesos forzados, reconocer la propia identidad en una participación solidaria con la vida en común, en la adquirida consciencia que los colores de la pasión, las más de las veces, en la existencia, dejan lugar a los más suaves cromatismos de la cotidianeidad.