Máximo Ravenna
Máximo Ravenna
“Comer de más y no cuidarme también es una elección”
El titular del centro médico que lleva su nombre brindó una charla a quienes concurren a su franquicia santafesina. Habló de su método y la delgada línea que separa los gustos de lo saludable.

“El gusto de una vida no puede ser lo que como, sino cómo como y qué otras cosas hago además de comer”. Foto: Luis Cetraro
Florencia Arri
Libertad/dependencia; gustos/disgustos;estético/saludable. En boca del Dr. Máximo Ravenna, las personas nos debatimos en la delgada línea que distingue entre uno y otro en la interminable lucha por alcanzar o mantener el peso ideal que, más allá de toda fórmula, no es otro que “el que cada uno quiere tener”, según sus propios términos.
El titular del centro médico que lleva su nombre, dedicado al tratamiento de la obesidad y otros desórdenes alimentarios, visitó nuestra ciudad y brindó una charla a quienes concurren a su franquicia santafesina. En los momentos previos, conversó con este diario sobre los fundamentos de esta profesión que desarrolla desde hace treinta años y respondió a quienes critican su método que “la verdadera respuesta” está en sus “55 mil pacientes”.
Distendido, explicó que lo que nutre su orgullo son resultados que no sólo mide en kilogramos, sino en “el cambio físico, reestructuración emocional, reinserción social y tantas otras cosas que envuelve el verdadero trastorno alimentario”. A la hora de explicar lo que esto implica, recurrió al plural de modestia para hablar de otros en primera persona. A sus ojos, la obesidad “es un tema que en cada uno abarca mucho tiempo: el perdido en pensar en dietas, en lo que voy a comer, en lo que tengo que bajar y lo que no logré... Todo, con un porcentaje de ‘no éxitos’, tendencias que son difíciles de modificar porque son producto de problemas personales que requieren de la colaboración de cada paciente”. Según su criterio, es “un problema existencial” y, a la vez, “libre: si uno quiere se va, quiere comer y engorda. Por eso se dijeron tantas barbaridades, como si uno fuera inocente de empezar a comer. Comer de más y no cuidarme también es una elección”.
Tendencias
El comentado método Ravenna trabaja el concepto de corte inmediato con los excesos, la medida en la porción, el cuerpo y la ropa; y la distancia entre y con la comida. Su fin es que cada uno alcance “su peso ideal”. Además del índice de masa corporal -que asocia el peso y la talla de un individuo- este médico trabaja con “el concepto de la satisfacción personal de quien lleva el problema. Si esa persona no está enferma, no está en un índice de masa corporal elevado que le traiga trastornos clínicos, puede decidir. Hoy se habla de un concepto muy interesante: si la obesidad sin daño es enfermedad o tendencia. Se puede tener una obesidad de índice de masa corporal 30 sin complicaciones y elegir quedarse como está porque es un volumen corporal que no le molesta, en ese caso no tengo derecho a hacerlo bajar de peso. Puedo, como médico, advertirle que engordar en un momento puede terminar con una diabetes, colesterol o hipertensión si bien es una tendencia, no una certeza”.
“Uno debe tener en claro que el canal de la vida va por un lado, con problemas y alegrías y conflictos, y el canal de la alimentación por otro -agregó-. Que tiendan a cruzarse es lógico, pero no es bueno. Cuando me alimento sin límites, busco el placer y lo encuentro, voy a seguir buscando más placer. Ahí genero una relación desagradable porque mi cuerpo se empieza a ir, y lo que era placer ya no lo es, porque me engorda”.
En sus palabras, el mentado “peso ideal” es “el que cada uno quiere tener. Si alguien tiene unos kilos de más porque está con mucho trabajo y come muchos sándwiches, por ejemplo, puede seguir siendo bello pero la ropa no le entra. Hay un peso ideal, saludable, siempre en función de lo que hago con mi cuerpo. Puedo pensar que estoy fantástico hasta que voy al médico y me dice que tengo colesterol, presión alta, y me pide que baje unos kilos”.
Cuando los gustos son disgustos
En esta lucha interna entre quienes ejercen su libre elección y aquellos que ven coartada su voluntad ante cada comida se dibuja la figura de la seducción: “Darse los gustos en vida’, así dice la gente que se muere cuando los gustos son disgustos por la cantidad de malos gustos que uno se da -sostuvo-. El gusto de una vida no puede ser lo que como, sino cómo como y qué otras cosas hago además de comer”.
Ravenna recomendó “elegir alimentos de bajo índice glucémico, no tan exquisitos: que no sean tan atractivos como una amante sino tan agradable como una hermana. Que no generen una sensación de estímulo al nivel del sistema nervioso central sino que me den saciedad; ahí estaremos cómodos con lo que comemos”.
Sucede que esta “dependencia hacia la comida” es “generada por un sinfín de factores. La mitad de la población está engordando por el hábito de comer, el de la quietud y del estrés”, expresó el doctor. En este marco halló en los alimentos “una de las causas, porque son atrapantes: generan que una persona crea que puede dar una ‘pitada de pizza’, como digo a menudo, o tomar ‘un traguito de chocolate’ y quedar enganchado, no parar y volver a engordar. Uno tiene que estar cuidándose, atento”.
A quienes lo esgrimen como razón, Ravenna expresó que “dependiente no significa ser adicto sino tener características de alguien que no es libre”. Para ello, echó luz sobre las “comidas de enganche que terminan siendo muy atrapantes”. Más allá de los pormenores químicos, las razón se halla en que “quiero volver a comer porque sé sacar de la comida lo que otros sacan del alcohol, o de la droga, de la anfetamina o el antidepresivo. Otras personas son dependientes porque son excesivos, desbordados, no se conforman con poco y quedan enganchados”.
En pos de aclarar conceptos, concluyó en que “hay tres tipos de personas respecto de este tema: el que está normal y hay que educar; el que está con sobrepeso y hay que avisarle y decirle ‘comé un poquito menos, pará la mano’; y el que está muy gordo y hay que decirle ‘pará porque te enfermás, o te morís’ porque no dan más, y son lo que piden ayuda. Los gordos no se van porque los maltratás como dicen los necios, sino porque los tratás demasiado bien: los dejás comer de más y cuando quedan atrapados por lo que comen les da vergüenza seguir viniendo. Le ponés un límite, como cuando le decís a tu hijo con énfasis ‘soltá el porro’. Si el chocolate es un porro, soltalo. Si tengo que decírtelo firme, como lo digo de corazón para que te vaya bien no tengo problema de que algunos, que siguen siendo gordos, me consideren antipático”.