crónicas de la historia

Sarmiento en Chile

Sarmiento en Chile

Rogelio Alaniz

Sarmiento vivió más de quince años en Chile. Su formación política, intelectual y literaria, se consolidó en aquellos años. Su ingreso a la vida pública fue a través del periodismo. La nota que lo consagró en el mundillo intelectual de entonces estuvo referida a la batalla de Chacabuco y, para conocer la reacción que provocaba en los círculos de Santiago y Valparaíso, no la firmó con su apellido.

Durante la década de 1840 Sarmiento fue el periodista estrella de Chile. Sus artículos y editoriales se consumían como pan caliente. Sus polémicas eran tan ácidas como ingeniosas. Fiel a su estilo, algunas de ellas concluyeron a las trompadas y los escupitajos. Con motivo de una de esas refriegas, su amigo y protector, el ministro Manuel Montt, le gestionó una beca para que viajara a Europa.

Durante casi dos años Sarmiento peregrinará por Europa, Africa y los Estados Unidos. El viaje cumplirá las funciones de un aprendizaje y una revelación. Sarmiento no viajaba para divertirse, aunque a juzgar por algunas de las anotaciones en su libreta de apuntes, muy de vez en cuando asistía a alguna fiesta o a algún prostíbulo. El recorrido por el mundo le permitirá consolidar algunas de sus ideas políticas y modificar otras. Contra lo que machacan sus críticos, Sarmiento se desilusionará de Europa, cuestionará la corrupción de su clase dirigente, la pobreza de los obreros y la suciedad de las calles. “¡Europa! Triste mezcla de grandeza y de abyección; de saber y de embrutecimiento. Sublime y sucio receptáculo de todo lo que al hombre eleva o lo tiene degradado: reyes y lacayos, monumentos y lazaretos, opulencia y vida salvaje...”, escribe.

Europa lo desencanta, pero encontrará en el modelo norteamericano la alternativa política que estaba buscando. Temas tales como la educación popular, el federalismo, la democracia municipal y la reforma agraria, los descubrirá en Estados Unidos. También descubrirá el racismo en sus variantes más salvajes y no vacilará en criticarlo con las palabras más duras. Estados Unidos es el futuro, pero a ese futuro hay que traducirlo a la realidad argentina y esa traducción sólo se puede hacer desde la práctica política. Ni copia, ni imitación, traducción, esfuerzo creativo para pensar una nación tomando como ejemplo las experiencias más avanzadas del mundo.

Como consecuencia de ese periplo por el mundo, Sarmiento publicará uno de sus libros más destacados: “Viajes”. Un dato a tener en cuenta: toda la obra literaria del sanjuanino, sus reflexiones y ensayos más agudos y originales se desarrollarán en Chile. Desde “Mi defensa” a “Campaña del Ejército Grande”, pasando por “Facundo”, “Recuerdos de provincia”, el mencionado “Viajes” y los textos de educación popular, se traza un itinerario en el que se despliega una de las obras más originales del siglo XIX.

Nunca más Sarmiento escribirá como lo hizo en Chile. Luego habrá fragmentos, chispazos de creatividad, momentos de inspiración, pero esa consistencia, esa profundidad y calidad literaria nunca más podrá expresarlas con esa intensidad. Es probable que él no se haya hecho demasiada mala sangre por esa aparente mutilación de sus facultades. Sarmiento siempre se pensó como un político, como un hombre de acción, como un realizador de grandes emprendimientos prácticos. Recurrió a la escritura para fortalecer esa estrategia, pero jamás se le ocurrió o se le cruzó por la mente, la idea -tan cara y tan obsesiva en otros escritores- de sacrificar la política por la literatura.

¿Por qué Chile? ¿por qué allí la creación literaria? No hay una explicación exclusiva a este interrogante. El mismo no dice una palabra al respecto. Es probable que la juventud, la distancia geográfica, la impotencia del exilio, la exclusión de la política práctica, expliquen por qué los mejores momentos de su obra -que son al mismo tiempo los mejores momentos de la literatura nacional- se hayan desarrollado en Chile.

Sarmiento era más o menos conciente del desgarramiento existente entre el escritor y el político. Lo expresa o lo insinúa en algunas de sus cartas. Hoy se sabe con certeza que al autor del “Facundo” es imposible pensarlo al margen de su escritura. Es más, sus momentos políticos más lúcidos provienen -extrañamente para algunos- de esa facultad maravillosa que dispone para percibir luces y tonos de lo real que contradicen sus propias posiciones políticas.

El Sarmiento que se “contradice”, el escritor que descubre de pronto que en el Chacho Peñaloza hay virtudes que se deben explorar; o que se sorprende de percibir en los hombres de Rosas una fe y una afecto que lo desborda, es el Sarmiento más valioso porque son estos los momentos en donde la política y la ficción se conjugan para iluminar la realidad con un poético resplandor

Se dice que para Sarmiento la literatura fue un tema menor. No fue un poeta y los pocos poemas que escribió en San Juan -y que se los envió a Alberdi para que los juzgara- son malos y dieron lugar a que el autor de “Las Bases” después se burlara de sus aficiones poéticas. No fue un poeta, pero fue un formidable ensayista, un heredero de Montaigne, Chateaubriand y Larra. Sarmiento es un escritor porque trabaja con las palabras y provoca efectos literarios con el lenguaje. Es también un escritor porque conoce los secretos del ritmo y la musicalidad de las palabras. Pero, sobre todas las cosas, es un escritor porque dispone de esa extraña e inquietante facultad de “ver” más lejos o percibir con más profundidad. Jorge Luis Borges, Ezequiel Martínez Estrada, José Ortega y Gasset, Paúl Groussac, Leopoldo Lugones, José Martí, Miguel de Unamuno, ponderan estas facultades.

Sarmiento relativizó más de una vez sus valores literarios. Ese es un lujo que él podía darse, pero es una licencia que nosotros no podemos permitirnos. Sin su obra literaria y sus facultades literarias, a la biografía de Sarmiento le faltarían sus capítulos más intensos y probablemente más bellos, pero tampoco su obra política -como lo demuestra Sánchez Sorondo- se hubiera podido expresar con todo su vigor.

En ese contexto hay que decir que el periodismo para Sarmiento fue decisivo para definir el estilo de su escritura, ingresar en los círculos intelectuales de Chile y fustigar a sus enemigos políticos. Como Ernest Hemingway, Sarmiento descubrió la literatura a través del periodismo. Del valor de su obra escrita era plenamente conciente y cada vez que tenia la oportunidad lo expresaba con su habitual inmodestia. Un amigo le propone publicar sus editoriales, pero como no están firmados le solicita que separe lo que son suyos. La respuesta de Sarmiento no se hace demorar: “No se puede equivocar. Leálos a todos: los mejores, son los míos”.

Alguna importancia debe haber tenido como periodista para que Juan Manuel de Rosas envíe a Mendoza primero y a Santiago de Chile después, una delegación de diplomáticos y escritores destinados a reducir su influencia. En Mendoza se fundó un diario rosista para refutar -en primer lugar- a Sarmiento. Las presiones del Restaurador incluyeron un pedido al presidente chileno, Manuel Bulnes, para que pusiera límites a los escritores argentinos que se dedicaban a agraviar alegremente al gobierno de la Confederación.

El gobierno chileno de Bulnes escuchó las quejas, dijo que se iba a interesar por el tema y dio por concluida la entrevista. Por supuesto que Sarmiento nunca fue molestado por estas diligencias, pero con motivo de esos incidentes oyó hablar por primera vez de Bernardo de Yrigoyen, el joven federal que tres décadas más tarde lo habría de acompañar políticamente para zanjar el conflicto diplomático con Chile por los límites fronterizos en la Patagonia.

Para esa época Sarmiento empezó a escribir el “Facundo”. Nosotros hoy lo conocemos como un libro, pero los chilenos entonces lo conocieron como un conjunto de artículos publicados en el diario “El Progreso”. No sabemos en qué momento maduró esa obra, lo que sí sabemos es que la dueña de la pensión, la modesta pensión en la que se alojaba, estaba preocupada e incluso estuvo a punto de hacer una denuncia a la policía porque todas las noches escuchaba carcajadas, gritos destemplados, golpes de puños contra las mesas y las sillas, insultos y luego más risas. Meses después, esa buena señora se enteraría de que todo ese batifondo provocado en el inmenso silencio de la noche, era promovido por Sarmiento mientras escribía la que habría de ser, junto con el “Martín Fierro” de José Hernández, una de las dos obras cumbre de la literatura nacional.

(Continuará)