Crónica política

Hegemonía y narcisismo político

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Julio Cobos, Ricardo Alfonsín y Antonio Gramsci. El derrumbe de un partido histórico tradicional sin una alternativa superadora es siempre un retroceso para el conjunto del sistema político.

Rogelio Alaniz

Imputarle al peronismo vocación hegemónica es un clásico de la política criolla. La ha tenido desde siempre y la seguirá teniendo si las circunstancias se empeñan en repetirse. Por razones históricas y doctrinarias el peronismo posee vocación hegemónica, pero algo parecido se le atribuía a la UCR en los mejores tiempos de Yrigoyen, con lo cual hay que admitir en principio que el hegemonismo político es una práctica social y una manera de concebir el poder, internalizado históricamente en nuestras clases dirigentes. Este vicio tal vez sea uno de los rasgos distintivos de la política latinoamericana, afirmación que han sostenido numerosos cientistas sociales, afirmación que, de todos modos, convendría relativizar porque en Chile, Brasil y Uruguay estos presupuestos no se dan o dejaron de darse.

Puede que en la Argentina el hegemonismo y su manifestación, el caudillo, sean producto de contextos sociales y políticos precisos que responden a tradiciones históricas fuertes, pero, si bien a las condiciones estructurales se las califica como el producto de condiciones que operan al margen de la voluntad de los individuos, una reflexión más amplia debería incluir en el análisis el componente subjetivo. Esto quiere decir que las estructuras tienen su peso, gravitan, pero ellas mismas incluyen una voluntad de poder que interviene en la historia y la modela.

El hegemonismo, desde este punto de vista, sería también el resultado de una decisión, pero al mismo tiempo esta voluntad de poder ha podido consolidarse porque lo que ha fallado es la voluntad de poder de la oposición, sus visibles errores y torpezas que en más de un caso parecen ser funcionales a la supuesta vocación hegemónica del peronismo.

Con esto quiero decir, entonces, que la victoria del kirchnerismo no es el producto de la fatalidad, sino la consecuencia de aciertos, por un lado, y errores, por el otro. Dicho con otras palabras; lo sucedido no se lo debe atribuir exclusivamente a implacables leyes históricas, sino a la acción previsible e imprevisible de la política. Hace ocho o nueve años -mi memoria no es infalible- la señora Chiche Duhalde dijo que el peronismo era efectivamente hegemónico, pero no era justo atribuirle la responsabilidad de esa culpa. Lo decía con un discreto tono irónico, como dando a entender que disfrutaba de una situación que colocaba al peronismo en un lugar deseable sin pagar por ello ninguna consecuencia.

Hoy no sé si la señora de Duhalde insistiría en esa consideración pero, más allá de sus vacilaciones actuales, no deja de ser interesante pensar que hoy la vocación hegemónica del peronismo dependería más de los errores de la oposición que de los aciertos o de la voluntad de poder del peronismo. Contemplada la realidad desde esta perspectiva, correspondería decir que el peronismo no es culpable de hacer lo que todo partido político debe hacer: conquistar el poder y mantenerlo. Como se dice en estos casos, si Unión le ganó a Colón dos a cero no se le puede reprochar a los “tates” que hayan hecho los goles. O si Monzón nockeó a Benvenutti, el italiano no puede enojarse porque su rival haya hecho bien aquello para lo cual se había preparado.

Es verdad que la concentración de la decisión política en un exclusivo centro de poder, el manejo discrecional de los recursos económicos y, como consecuencia de todo ello, el control social a través de subsidios, la seducción a los sindicalistas y el financiamiento a lo que se conoce como el “capitalismo de amigos”, crea condiciones favorables para conquistar una significativa mayoría sobre la base de una oposición deshilachada e impotente.

A este panorama un tanto desolador para la oposición, habría que agregarle que uno de los datos distintivos del siglo XXI es la crisis de los partidos políticos tal como funcionaron y los entendimos hasta ahora, crisis que se expresa en su incapacidad para asumirse como proyecto colectivo con voluntad nacional. Indagar sobre las causas de esta crisis excede las posibilidades de esta nota, pero estimo que no hace falta abundar en datos y testimonios para registrar la presencia de la crisis. El problema se agrava porque los partidos manifiestan señales visibles de agotamiento, pero no se observa en el horizonte alternativas superadoras.

A Antonio Gramsci se le atribuye, casualmente, haber dicho que hay crisis cuando lo viejo ya no funciona pero lo nuevo aún no tiene capacidad de expresarse. La crisis -para Gramsci- se manifiesta en ese vacío existente entre lo que muere y lo que nace. Gramsci es también el teórico de la creación de una voluntad nacional-popular capaz de expresar las necesidades históricas de la nación. Esa voluntad, que en su momento fuera expresada por el “Príncipe”, ahora debe ser sustituida por un proyecto de voluntad colectiva que se llama partido. Ese partido para Gramsci es el Partido Comunista, pero más allá de sus necesidades políticas concretas, lo que importa en este caso es reflexionar acerca del rol de los partidos, una reflexión que al autor de “Cuadernos de la cárcel” le permitía decir que estudiar el despliegue histórico de un partido significa estudiar la historia misma de la nación. Los partidos, y esto es bueno entenderlo, son expresiones de necesidades profundas de un pueblo y mientras sigan expresando esas necesidades su presencia en el escenario publico es insoslayable.

Un partido debe ser entendido entonces como una tradición y un proyecto, un pasado y un futuro. Cuando esta relación se pierde el partido entra en crisis, cuando esta articulación entre la memoria y la esperanza se extravía un partido empieza a perder su razón histórica. Algo de esto puede estar pasando ahora con los partidos opositores y, muy en particular, con su expresión histórica más visible: la UCR. Discutir si esto es bueno o malo para la nación es un debate estéril, en todo caso lo que la experiencia permite decir es que el derrumbe de un partido histórico tradicional sin una alternativa superadora es siempre un retroceso para el conjunto del sistema político. La agonía de más de cien años de historia es también la agonía no sé si de la nación, pero si de una “parte” (partido proviene de “parte”) de la nación.

Retornemos a la supuesta voluntad hegemónica del peronismo. Se me ocurre que no descubro la pólvora afirmando que esa voluntad existe. Decir que el peronismo tiende a ser hegemónico es decir la verdad, pero no toda la verdad. Porque a diferencia de lo que sucedía en tiempos del primer peronismo, cuando todo el sistema funcionaba para impedir por vía legal e ilegal que la oposición ejerza su rol, hoy existen libertades y marcos jurídicos aceptables para actuar políticamente. Estas libertades y estos espacios de legalidad no son perfectos pero son reales y el problema de la oposición es que no ha sabido hacer uso de ellos.

Las responsabilidades de la oposición en ese sentido son insoslayables. Y muy en particular las responsabilidades de la UCR, que como partido histórico tenía la obligación de haber articulado una oferta política capaz de representar socialmente a la oposición. Los propios radicales admitieron en su momento que la crisis del 2001 golpeó con dureza al partido. Un año después su claque política recurrió al fraude para bloquear la candidatura de Rodolfo Terragno y promocionar a un candidato que obtuvo el dos por ciento de los votos. Un rasgo típico de los partidos en crisis son estos comportamientos suicidas.

La 125 y el azar le permitieron a la UCR instalarse ante la consideración pública con Julio Cobos. La muerte de Raúl Alfonsín proyectó a su hijo. El azar y el duelo abrían otra oportunidad para la UCR, al punto que para el 2009 el partido tenía tres referentes nacionales con los cuales iniciar la reconstrucción del partido. Lamentablemente hicieron exactamente lo contrario de lo que debían hacer. Creyeron que al salir de terapia intensiva el narcisismo partidario era lo más aconsejable.

La euforia sobre bases tan endebles proyectó todos los vicios y muy en particular el más reiterativo: el internismo estéril, la creencia de que los problemas internos son más importantes que los grandes problemas de la nación. A partir de allí todos los absurdos tuvieron su lugar. El partido que hizo de la interna un vicio congénito decide no hacer internas justamente cuando todo el sistema se lo pedía. El partido que se propuso como una alternativa de centro izquierda creyó que la ausencia de votos en provincia de Buenos Aires se solucionaba por el camino más fácil: aliarse con el peronismo, con los que ellos mismos calificaron un año antes como lo peor del peronismo. No se puede en tan poco tiempo cometer tantos errores sin pagar un precio por ello.