La vuelta al mundo

La tragedia de Guatemala

La tragedia de Guatemala

Un grupo de mujeres guatemaltecas esperan para entrar al centro de votación el pasado domingo, A pesar de la persecución y el exterminio que sufrieron los mayas en los últimos años, Rigoberta Menchú sólo obtuvo el voto del 2% del electorado. foto:efe

Rogelio Alaniz

Es muy probable que el general Otto Pérez Molina sea el nuevo presidente de Guatemala. El conteo de votos lo daban arañando el cincuenta por ciento, con casi treinta puntos de diferencia con sus rivales Eduardo Suger y Manuel Baldizón. Si las elecciones no se resuelven hoy se definirán en una segunda vuelta prevista para el 6 de noviembre, pero en cualquiera de los casos lo más probable es que Pérez Molina, un militar de reconocida filiación derechista, sea el sucesor del socialdemócrata Álvaro Colom.

Preguntarse cuál es la diferencia entre un socialdemócrata y un derechista en este país devastado por la violencia de los sicarios y los parapoliciales, es casi un ejercicio esotérico o bizantino. El supuesto giro a la derecha de Pérez Molina tal vez sea un tema interesante para la reflexión académica, porque para la vida cotidiana de los millones de pobres de este país esas diferencias no existen o carecen de relevancia.

En efecto, la impotencia o la incapacidad de Colom para cambiar el destino de esta pobre Nación ha sido tan evidente, que su sucesor será un clásico representante de la derecha que supuestamente él vino a combatir. La diferencia, en todo caso, es que esta derecha ahora no viene de la mano de un golpe de Estado, sino llevada en andas por el voto popular.

¿Los pobres votan a sus verdugos? Sería fácil responder afirmativamente a este interrogante básicamente mal planteado. Las realidades sociales y políticas suelen ser más complejas que estos dilemas sencillos. Lo que la historia enseña es que cuando las propuestas políticas existentes no satisfacen las necesidades de una sociedad, el votante se aferra a la certeza mínima de orden que es la que suele esgrimir el clásico candidato autoritario de la derecha.

Pérez Molina y los otros candidatos derechistas han hecho la campaña electoral prometiendo mano dura. ¿A quién? A los delincuentes, los narcotraficantes y los subversivos. Dudo de que puedan avanzar en este terreno. Y lo dudo porque las redes del narcotráfico hoy están aprisionando la estructura del Estado y los negocios que esta actividad ofrece han despertado la codicia de muchos de los que se rasgan las vestiduras prometiendo orden y mano dura.

El narcotráfico hoy es un negocio de los poderosos. Corrompe, soborna, financia campañas electorales y en ese camino define una propuesta de orden que no es otra cosa que luz verde a sus negocios. Seguramente la mano dura caerá sobre algunos sicarios menores, pero básicamente quienes la seguirán sufriendo serán los mismos que -según los historiadores- vienen padeciendo sus “beneficios” desde la época de Hernán Cortés. Exageraciones cronológicas al margen, lo cierto es que las certezas de la represión a la población indígena puede verificarse sin necesidad de ir al siglo XVI o al siglo XIX. En Guatemala, a diferencia de lo que ocurre -por ejemplo- en la Argentina, puede hablarse de genocidio en el sentido más preciso de la palabra: exterminio en regla de una etnia y un pueblo a través de métodos brutales que incluyen la sangre, la tierra arrasada y el sometimiento a diferentes variantes de explotación semiesclava de los vencidos.

En la década del setenta de este siglo se estima que el número de mayas asesinados por las campañas punitivas del ejército y las bandas parapoliciales, superaron las sesenta mil personas. Los cálculos en estos casos son estimativos porque en Guatemala -en esto también hay abismales diferencias con la Argentina- los muertos no son fáciles de identificar, entre otras cosas porque muchos de ellos ni siquiera estaban anotados en los registros públicos y otros fueron literalmente hundidos en la condición de desaparecidos.

La matanza de indios para apropiarse de las tierras se reforzó con la práctica más inhumana del racismo y la violación de los más básicos derechos humanos. En Guatemala, a los mayas los mataron no por lo que hacían sino por lo que eran. Y esa diferencia es sustancial para definir la condición de genocidio. Es verdad que estas masacres se vienen perpetrando desde los tiempos coloniales, pero en las últimas décadas las campañas de exterminio se han visto reforzadas por la disponibilidad de armamentos y recursos tecnológicos capaces de provocar matanzas en gran escala.

Guatemala, como la mayoría de los países centroamericanos -la excepción sería Costa Rica- reúnen las condiciones sociales, políticas y culturales de lo que se conoce como la típica dictadura bananera. Tal vez no sea casualidad que la primera gran novela parodiando y satirizando al dictador la haya escrito ese gran guatemalteco que fue Miguel Ángel de Asturias en 1946. Me refiero al “Señor presidente”, el anticipo literario de una saga a la que luego se habrían de sumar Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier y Mario Vargas Llosa, entre otros.

En el texto de Asturias están trazados los rasgos decisivos de este personaje despreciable. Todas sus lacras: la egolatría, el instinto criminal, la corrupción, el encanallamiento, están presentes en el personaje de Asturias, el escritor que honra con su literatura a Guatemala, aunque como consecuencia de su coraje civil y literario debió pasar la mayoría de sus años en el exilio y en esa condición falleció en 1974. Como se recordará, Miguel Angel de Asturias vivió en Europa, pasó largas temporadas en Buenos Aires -donde hay un monumento que lo recuerda y una casa que ha sido declarada histórica en su homenaje- y murió en España. Como todo gran hombre en un país envilecido se lo recuerda más en el extranjero que en su Nación.

En el siglo veinte, los períodos de paz, relativa prosperidad y respeto mínimo a las libertades, existieron en Guatemala como pequeños y desconectados oasis. La constante fueron los regímenes de fuerza, los atropellos a los pobres y los ajustes de cuentas entre las diferentes facciones de poder. Guatemala no sólo que es el testimonio histórico de un genocidio impune, sino también uno de los territorios donde el crimen político exhibe con más desparpajo su rostro cadavérico.

Uno de los períodos de bonanza más destacados fue el llamado “decenio democrático” que se extendió desde 1944, con el gobierno de Arévalo, hasta 1954, el momento en que la CIA y los marines en acuerdo con las clase propietarias y el guiño cómplice de la United Fruits, derrocaron al presidente Jacobo Arbenz e instalaron en el poder a Castillo Armas, un títere que se mantuvo como dictador hasta 1957, año en que que fue asesinado, crimen que en su momento fue festejado por muchos demócratas de América latina, aunque los asesinos del dictador demostraron enseguida que no eran mucho mejores que él.

Hace unos años a Rigoberta Menchú le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz. El reconocimiento fue merecido porque su figura es el emblema de la explotación y exterminio padecido por los mayas. De todos modos, hay que admitir que la distinción a esta mujer hoy es más conocida en el extranjero que en Guatemala. Rigoberta Menchú es la candidata de la izquierda en estas elecciones, pero las encuestas más optimistas le atribuyen el dos por ciento del electorado. ¿Los indios no la votan? No, no la votan, por lo menos mayoritariamente no la votan. Rigoberta recibe más apoyos de intelectuales, militantes sociales y estudiantes, que de la masa de indios históricamente sumergidos. Una vez más puede apreciarse que el principio que postula que cuando los pueblos están más dominados y sometidos a la explotación más salvaje, las posibilidades de rebelión se reducen o se extienden sólo a una minoría.

Hace algo más de veinte años que Guatemala recuperó la democracia después de años de dictaduras militares. Lamentablemente, la instalación de la democracia no ha promovido mejoras importantes para la sociedad y las instituciones. A la guerra civil de los años setenta y ochenta le ha sucedido el narcotráfico, los sicarios y el auge de la violencia delictiva. Sería ingenuo sumarse a un optimismo facilista y decir que la agonía de Guatemala está llegando a su fin. A diferencia del “Mayo francés”, a los guatemaltecos no les queda ni siquiera la alternativa de adherir a un final espantoso como consuelo a un espanto sin fin. Ni Facundo Cabral pudo eludir las balas.