Edición del Jueves 13 de octubre de 2011

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Una novela sobre las paradojas del arte - Edición Impresa - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Una novela sobre las paradojas del arte

Tres pintores y un escritor entretejen historias que fusionan distintos tiempos históricos pero un mismo afán en “La luz es más antigua que el amor”.

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A partir de un enigma, el autor Ricardo Menéndez Salmón despliega una mirada sobre el lugar que ocupa hoy la literatura en su proceso de desenfoque y simulacro de la realidad. Foto: TÉLAM

 

De la Redacción de El Litoral

Escrita por el asturiano Ricardo Menéndez Salmón, la novela expone cuestiones como la doble condición creadora-destructora del arte y el compromiso del artista frente a las distintas encarnaciones del poder.

La nueva obra de este licenciado en Filosofía por la Universidad de Oviedo supone un desafío crucial para un lector que es interpelado todo el tiempo por los reiterados cambios de registro que impone un texto complejo, que sobrevive a medio camino entre la ficción, el ensayo y la autobiografía velada.

“La luz es más antigua que el amor”, obra editada por Seix Barral, recorre la historia de tres maestros de la pintura -dos ficcionales y el tercero real, el artista de origen letón Mark Rothko- cuyas vidas son recuperadas por el relato de un escritor llamado Bocanegra, que a su vez aparece retratado en tres episodios decisivos de su vida: el nacimiento de su vocación, la muerte de su esposa y su consagración en 2040.

A partir de un enigma -el destino de una obra titulada “La Virgen barbuda” de Adriano de Robertisù- el autor de obras como “La noche feroz” y “La ofensa” destacó que su libro “despliega una mirada sobre el lugar que ocupa hoy la literatura en su proceso de desenfoque y simulacro de la realidad”, destacó la agencia Télam.

— ¿Su obra se puede leer necesariamente como una novela o como un ensayo con componentes ficcionales?

— Este libro va con el espíritu de los tiempos que recorren la narrativa actual: se enrola en aquello de aceptar que la ficción pura ya es compleja de sustentar, que hay un cierto cansancio de los géneros puros y que quizá sea en estas aguas híbridas o mestizas entre biografía, ensayo y ficción donde se está jugando hoy la literatura. Tengo la sensación de que los antiguos modelos ya no sirven para dar cuenta del mundo.

— ¿Borges tenía razón cuando hablaba de que la ficción no es lo contrario de la verdad sino una instancia complementaria?

— En “La pesquisa”, de Juan José Saer, el protagonista, Pichón Garay, dice algo así como que “la verdad de la experiencia y la verdad de la ficción no necesariamente discurren por el mismo camino, pero pueden llegar a funcionar como verdades complementarias”.

En línea con esto, se podría pensar que a veces para arrojar luz sobre la realidad no hay mejor expediente que acudir a la ficción, y a veces para dudar también de los atributos de la ficción no hay mejor experiencia que acudir a la realidad.

Hay una desconfianza hacia los grandes relatos, pero al mismo tiempo hay una certidumbre, como quizá no la haya habido nunca, en torno a que la ficción es un lugar de amparo y de discurso tan problemático y al mismo tiempo tan poderoso como la realidad.

Arte y poder

— En la novela, varios personajes trabajan sobre la relación entre arte y poder. ¿En qué medida se podría decir que este vínculo ha sido condicionante y en qué medida necesario si tenemos en cuenta el rol decisivo de los mecenas?

— La dialéctica entre arte y poder se ha dado siempre y se seguirá dando. Lo que pasa es que hoy es mucho más sutil y al mismo tiempo más transparente. El Estado y la Iglesia ya no generan gran influencia sobre el arte. El poder al que se enfrenta ahora el artista está encarnado por el mercado, el capital, el sistema. Hoy son más sutiles los mecanismos por los que se puede ensalzar o destruir una obra o una carrera literaria artística.

—¿Y cómo sobrevive bajo estas nuevas coordenadas el carácter subversivo del arte?

— En un tramo de la novela, a propósito de (Kazimir) Malevich, se sostiene que todo lo que nace como vanguardia se termina convirtiendo en tradición.

Creo que trasladado al terreno literario y a nuestro tiempo, al mercado editorial por ejemplo, eso podría significar que el mercado tiene una capacidad asombrosa para desactivar todo lo subversivo y absorberlo.

En España, en los últimos años, hubo una especie de movimiento literario que se suponía con una postura rebelde y francotiradora, que publicaba desde afuera del mercado para socavar y atentar contra el canon. Sin embargo, las grandes editoriales se apuraron a fichar a estos escritores y lograron “domesticarlos”.

Creo que hoy quizá sea mucho más subversivo escribir desde dentro del mercado y aceptar que uno forma parte del sistema editorial, con plena conciencia de que no hay un fuera del sistema, pero al mismo tiempo con el objetivo de intentar construir una obra cuyo componente subversivo sea que intenta recuperar para la literatura su gran tradición y pensar que puede jugar un rol central en nuestro modo de comprender la realidad.

Arte y autodestrucción

— Los tres pintores que circulan por la novela, a medida que construyen su obra se van destruyendo a sí mismos. ¿Esta relación entre arte y autodestrucción es inevitable?

— No siempre. Hay trayectorias que transcurren con igual satisfacción entre la vida y el trabajo. Aún así, creo que uno de los grandes temas del libro es que la creación tiene una parte luminosa y una parte de condena. No quiero decir que el artista tenga que ser una persona infeliz, pero de alguna manera el motor de la creación -y hablo de manera personal- es la insatisfacción.

Hay algo de enfermedad en el acto de la escritura, en el sentido de que brota de una necesidad muy difícil de racionalizar y de explicar a alguien que no escribe. Y no porque cumpla una función terapéutica ya que para mí la escritura no tiene nada de terapéutico: si no escribiera, seguro que no me dedicaría a degollar ancianas por ahí.

La literatura no es una válvula de escape de pulsiones oscuras, pero sí es cierto que hay una especie de necesidad de fondo en función en intentar encontrar alivio en la palabra, con lo que eso tiene siempre de fracaso, ya que la palabra va siempre un paso por detrás de la realidad y, además, en el momento en que uno trata de expresar un pensamiento en palabras, finalmente lo empobrece.

— Qué contradicción vivir entonces sabiendo que a medida que se acerca a la felicidad, se aleja de la escritura...

— Creo que si fuera una persona plenamente feliz y satisfecha no necesitaría de la escritura. Sí me haría falta la lectura, la música y la pintura. De hecho me parece una aspiración legítima dejar de escribir, como una manifestación de que uno ha logrado una ataraxia, una suerte de lugar donde contemplar el mundo sin necesidad de emborronarlo.

Una novela sobre las paradojas del arte

“Número 15”, obra de Mark Rothko. Fotos: Archivo El Litoral

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“Nº 6 Amarillo, Blanco, Azul sobre Amarillo en Gris”, de Mark Rothko.

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“Homage to Matisse”, de 1953, obra de Mark Rothko.



Jueves 13 de octubre de 2011
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