Edición del Viernes 14 de octubre de 2011

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“Ciruja” con título docente - Opinión Opinión

llegan cartas

“Ciruja” con título docente

Elsa Isabel Gonella.

DNI. 6.198.378.

Señores directores: Soy docente de una escuela pública de gestión privada interesada en seguir mensualmente muy de cerca los costos internacionales del barril de petróleo, de la tonelada de celulosa o del trigo. Usted lector pensará que necesito en forma urgente la jubilación anticipada que se está sugiriendo en este momento: cuán equivocado está. Estoy más despierta que nunca. Colaborando en el mantenimiento de la escuela en la que presto mis servicios, tengo la responsabilidad de reunir un monto de $ 900 mensuales para poder abonar los gastos de luz, teléfono, internet, alarma, etc.

¿Cómo se reúne este dinero?: “cirujeando”. De acuerdo a lo que convenga vendemos papel, cartón u otros elementos. Si sube el barril de petróleo vendemos botellas y tapitas de plástico; si el trigo tiene la temporada subsidiada que haga que el harina no se encarezca mucho, vendemos fideos, pizzas, etc. ¿Cómo logramos reunir estos desechos? Pidiendo colaboración a otras instituciones escolares, oficinas, empresas privadas...

Ahora expongo: La sociedad está formada por personas con buen pasar económico y otras no tanto. Siempre fue así y siempre lo será. O sea que hay desigualdad social, pero en educación todos los programas actuales se jactan hablando de “igualdad de oportunidades”. ¿De qué igualdad hablan? Las instituciones escolares que colaboran con nuestra escuela (a las que agradecemos muchísimo), realizan con sus alumnos tareas solidarias reuniendo algunos de aquellos elementos, después se sacan fotos, hacen carteles y finalmente, nos los traen a nosotros. Pero “nosotros” somos sus pares, mayores y adolescentes con las mismas capacidades, las mismas ilusiones, pero evidentemente con otro destino, que se agrava por estas diferencias de oportunidades.

Para los docentes sería distinto si el dinero recaudado se destinara a los alumnos para que en algún momento pudieran viajar, o tener un SUM para los días de lluvia, frío, calor, etc. o una sala de audio. Pero no. Este dinero es simplemente para los gastos. Gastos que en las escuelas oficiales los paga el Estado.

Y nosotros... ¿en qué nos diferenciamos? ¿En que el propietario de la obra es el Arzobispado? Pero el Arzobispado tienen que destinar sus recursos para solucionar otras falencias, principalmente de índole económica, que sofocan a la sociedad.

Me pregunto, ¿no podrían dialogar Estado e Iglesia para solucionar de una vez por todas este problema, que no es sólo nuestro?

¿Antes de llegar al ocaso de mi carrera —que no falta mucho— podré vivir la tan mentada “igualdad de oportunidades”?



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Viernes 14 de octubre de 2011
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