Editorial

El riesgoso juego de las palabras

En diversos foros locales e internacionales la presidenta se manifestó en sintonía con la mayoría de los dirigentes políticos respecto de que el proteccionismo económico no es la solución más prudente para un mundo que tiende a globalizarse. Sin embargo, da la impresión de que esa posición no es del todo consistente. Es más, en una reciente reunión de la Cámara Argentina de la Construcción declaró que la Argentina no está dispuesta a importar ni “un clavo”.

Es verdad que hay discursos que se hacen para la tribuna, pero esas palabras tienen connotaciones riesgosas ya que en el mundo moderno la contracara de las exportaciones son las importaciones, y del equilibrio dinámico de esos intercamboios depende el desarrollo. Desde el punto de vista teórico no se le compra a un país que a su vez no le compra a otros. Y, además, hay una enorme cantidad de bienes que el país no produce y necesita comprar afuera, ya sean insumos, bienes de capital y de consumo.

Mal que les pese a los defensores de la autarquía, no hay posibilidades de sostener esas fantasías. Los EE.UU. o Alemania, las dos mayores potencias económicas mundiales, no podrían darse el lujo de cumplir con el sueño que acaba de formular en voz alta nuestra presidenta.

De todos modos no es el nacionalismo económico el que está en juego cuando se discuten estos temas, sino aspectos más puntuales como el desequilibrio de nuestra balanza comercial provocado, entre otras cosas, por la pérdida de competitividad del peso, las dificultades de nuestras empresas para captar nuevos mercados y la necesidad de comprar energía en el exterior a precios cada vez más elevados, en un contexto donde el valor de nuestros productos exportables encontraron un techo.

El recurso clásico para enfrentar esta situación ha sido el de la devaluación, pero el precio a pagar por una decisión de este tipo sería una escalada inflacionaria de consecuencias imprevisibles. Ello explica las diferentes iniciativas que están tomando Guillermo Moreno y otros funcionarios para ponerle límite a las importaciones. El problema de estas políticas son las represalias, como las que en su momento tomaron China y Brasil respecto de nuestros productos exportables. No obstante, habría que decir que por el momento no hay demasiados motivos para atemorizarse ya que como nuestras exportaciones son principalmente productos primarios o de bajo valor agregado, no suelen generan protestas en los países industriales.

De todos modos, a nadie escapa que si no fuera por el explosivo desarrollo de la producción agroindustrial en las últimas décadas, la Argentina no tendría una presencia significativa en la economía mundial. Y este dato, que marca la competitividad mundial en este segmento, es importante como base de sustentación aunque insuficiente en términos de una economía madura que amplíe la participación de los productos del conocimiento y diversifique la oferta de bienes al mundo.