Las nuevas batallas

Las nuevas batallas

Rogelio Alaniz
Las mesas de fin de año tienen un toque especial. Son más ruidosas, el café es desplazado por el liso o la copa de vino, abundan los brindis y los juramentos eternos de amistad. Lo que no cambia es la costumbre de hablar de política. Costumbre o vicio. Ganas de discutir, de ponerse en contra sin saber de qué se está hablando, de ponerse en contra por el simple gusto de discutir. A Unamuno, gran habitué de la mesa de café, se le atribuye la anécdota de haber llegado a una mesa de amigos y decir: “No sé de lo que estais hablando, pero desde ya me opongo”.
Fiel a esa línea Abel defiende a la policía de la provincia de Buenos Aires.
-¿Pero no es que siempre estuviste en contra de la cana? -pregunta José extrañado.
-Siempre estuve en contra de la policía corrupta, no de la policía que cumple con su deber -responde Abel.
-¿Y a vos te parece -insiste José- que cumplen con su deber los que apalean a lo chicos de la Cámpora?
-Yo creo que, efectivamente, estaban cumpliendo con su deber -replica Abel.
-Te recuerdo -interviene Marcial, dirigiéndose a José- que fue Scioli el que los puso en ese lugar y les ordenó que no dejaran pasar a nadie.
-Es lo de siempre -digo- si los hubieran dejado pasar los habrían sancionado por no cumplir las órdenes. Y como no los dejaron pasar los sancionan por no interpretar las órdenes.
-Ellos no tenían órdenes de agarrar a garrotazos a un grupo de pibes -dice José.
-Ese grupo de pibes -dice Marcial- se transformó en una banda de energúmenos y patoteros que querían pasar a cualquier precio para silbar e insultar a Scioli .
-La pregunta a hacerse en este caso -digo- es la siguiente: ¿Qué tenía que hacer la policía... dejarlos pasar o no dejarlos pasar?
-Si se trataba de militantes debían dejarlo pasar -responde José.
-Pero Scioli puso la policía allí, no porque iba a llegar la barra brava de Gimnasia y Esgrima de La Plata, sino porque iban a llegar ellos -exclama Abel.
-La policía tiene que saber distinguir a alborotadores de militantes -insiste José.
-En el caso que nos ocupa, son los mismos -retruca Abel- pero ya es hora de que la policía no sea la variable de ajuste de las rencillas miserables de los políticos.
-Ahora resulta que los policías de la bonaerense son uno santitos -comenta José asombrado.
-No son unos santitos -digo- pero al lado de las trapisondas que perpetran personajes como Mariotto o el propio Scioli, son unos nenes de pecho. Lo grave es la disputa salvaje de Scioli con Mariotto; lo grave es el afán tramposo y algo suicida del kirchnerismo de conspirar contra Scioli.
-¿Y los chicos de la Cámpora que rol juegan en todo esto? -pregunta Marcial, risueño.
-Son militantes populares, jóvenes idealistas que quieren hacer las cosas diferente.
-Por ahora lo que han hecho -contesta Marcial- es lo mismo que sus mayores: manotear cargos públicos y cuanto mejor rentados, mejor.
-En eso se parecen a los sushis de De la Rúa -digo.
-Aníbal Fernández dijo que se parecían a “Guardia de Hierro” -dice Abel.
-Les faltan convicciones, lecturas y huevos para parecerse a los soldados del gallego Álvarez -digo.
-Dale la vuelta que les des -agrega Marcial- sus referentes más inmediatos son los sushis.
-Ustedes, como siempre -acusa José- en contra de los jóvenes.
-Yo no estoy en contra de los jóvenes -observa Marcial- pero no estoy dispuesto a chuparles las medias por el hecho biológico de ser jóvenes.
Ser jóvenes en política -agrego- no es garantía de nada. La política reclama para ejercerse de sabiduría, experiencia, reflexión, todos atributos que en general no ejercen los jóvenes.
-Pero también la juventud es entusiasmo, idealismo... -se defiende José.
-En algunos, no en todos -digo- y además con el entusiasmo y el idealismo no se resuelven los desafíos políticos.
-Yo voy a decir algo que seguramente muchos de ustedes estarán en desacuerdo -dice Abel- a la hora de hacer política, de hacer política en serio, yo prefiero entenderme con quienes representan intereses concretos, mensurables y materiales.
-¿A dónde querés llegar con ese razonamiento? -pregunta intrigado José.
-Quiero decir que prefiero entenderme con Moyano y no con mocosos irresponsables y codiciosos. Unos porque creen que hacer política es algo parecido a asistir a un recital de “Los caballeros de la quema” o “Los redonditos de ricota”, y otros porque han descubierto que hacer plata es lo mejor que les puede pasar en la vida.
-¿Y a vos te parece que Moyano no es mejor? -pregunta José, ahora amoscado.
-No sé si es mejor -responde Abel- pero sé desde qué lugar hablar, qué intereses representa. Un tipo como Moyano tiene poder, pero también tiene límites y está obligado a responder por un montón de gente. ¿Los chicos de la Cámpora, a quién tienen que responder?
-A mi me llama la atención -reflexiona José- que los gorilas de siempre, los gorilas que toda su vida atacaron a los sindicatos acusándolos de fascistas, matones y corruptos, ahora los defiendan en contra de la juventud.
-No los defiendo -dice Abel- simplemente admito que prefiero negociar con quien representa algo en serio y por lo tanto tiene algo que perder, que negociar en el aire.
-Si me permitís -digo- te recuerdo que a los políticos peronistas que se enfrentaron con los sindicatos no les fue muy bien. Te recuerdo el caso de Cafiero cuando perdió con Menem por haberse tirado en contra de la burocracia sindical. Y hay más ejemplos que no quiero recordar porque corrió mucha sangre.
-Lo que pasa es que los Montoneros se la tienen jurada a los sindicatos -agrega Marcial.
-Eso que dijiste es una boludez en todo el sentido de la palabra -responde José- la presidente lo que quiere es ponerle límites a estos burócratas irresponsables y corruptos. Lo que quiere es que la economía no estalle con reclamos salariales desmesurados. Lo que quiere es que las obras sociales dejen de ser una coartada para que se enriquezcan los dirigentes. Lo que quiere, insisto, es ponerle límites.
-¿Y a ella quién se los pone? -pregunta Marcial.
-Creo que tu presidente -digo- se equivoca y fiero si cree que la batalla política la puede dar sin el apoyo del peronismo real o apoyándose en un puñado de mocosos irresponsables.
-No solo están los mocosos -dice Abel guiñando un ojo- también están Boudou, Guillermo Morenmo, el propio De Vido, todos reconocidos militantes nacionales y populares.
-No comparto -concluye José.