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El zeitgeist de la literatura estadounidense

Por Fabricio Welschen

Actualmente la idea de una gran obra estadounidense, la llamada “The Great American Novel (La Gran Novela Americana)”, es un concepto que aún sigue vigente en nuestros tiempos, un concepto que no deja de asimilarse con aquellas novelas, surgidas en la literatura actual de aquel país, que tienen la fortuna de sobresalir nacional e internacionalmente por algún motivo intrínsecamente estético o de algún otro orden.

Este concepto de Gran Novela Estadounidense (una clasificación geopolíticamente más adecuada que la traducción literal del término) ha vuelto a actualizarse, al cumplirse el año pasado una centuria del fallecimiento de Mark Twain, escritor de gran genio que además es autor de una de las novelas merecedoras de ostentar el título de Gran Novela Estadounidense: Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), obra controvertida en su tiempo por mostrar una mirada mordaz de la población sureña de los Estados Unidos pre-Guerra Civil, a través de los ojos de un muchacho de habla vulgar y cuya idealización de vida y libertad se aleja del convencionalismo puritano e hipócrita al cual se ve obligado a vivir al principio de la novela, pero que también actualmente ha causado algunas controversias por su supuesto racismo, lo cual ha dado pie a propuestas de adulterar mínimamente el texto original.

Uno de los requisitos para que una obra pueda considerarse la Gran Novela Estadounidense es mostrar el espíritu de una época determinada del país, el espíritu dominante de una época: los tipos humanos, las costumbres y convencionalismos, las tensiones socio-existenciales, el contexto social, etc. El término es la palabra alemana Zeitgeist, el “Espíritu del tiempo”. Las aventuras de Huckleberry Finn cumple con este requisito; en la obra maestra de Mark Twain vemos reflejado durante la travesía de Huck junto a Jim, el esclavo fugitivo, por el Mississippi, el espíritu de una época y de un contexto social (el sur estadounidense antes de la Guerra Civil).

Pero también la selección de la Gran Novela Estadounidense ha sido funcional a intereses de mayor envergadura: entre finales de los siglos XIX y principios del XX, Estados Unidos comenzó a concebir la idea de proyectarse al mundo como una gran nación (proyecto que fue tomando una de sus primeras formas tras la victoria en la Primera Guerra Mundial), un proyecto nacional en el que se incluía a la literatura. A imitación de otros países que presentaban sus grandes obras, como Guerra y Paz en Rusia, Don Quijote de la Mancha en España, La Divina Comedia en Italia y La Odisea en la Antigua Grecia, Estados Unidos pensaba presentar al mundo su gran epopeya nacional. Estaba, por supuesto, Las aventuras de Huckleberry Finn, indiscutidamente la obra de un genio; pero esta novela no se adecuaba a las expectativas del gran proyecto nacional. Se buscaba una obra de mayor alcurnia. Es en este contexto, a principios del siglo XX, que se revaloriza la obra publicada por Herman Melville en 1851: Moby Dick, una novela que se adecuaba perfectamente al concepto que se tenía de gran novela nacional, debido a los aspectos alegóricos y épicos que presentaba. Una novela que establecía un paralelismo con la Biblia desde su primera frase (“Llamadme Ismael”), una novela en donde recurrentemente se identifica a las ballenas con el Leviatán, un monstruo marino relacionado con el Mal, y justamente es un cachalote el objeto de la caza marina del barco Pequod del cual algunas interpretaciones han sugerido que podría tratarse de una maqueta alegórica de la humanidad, ya que la tripulación se encuentra constituida por personas pertenecientes a distintos países, etnias y lenguas del mundo. Si Moby Dick es la representación alegórica del Mal en la novela, podría preguntarse, ¿Entonces el capitán Ahab, quien persigue al cachalote, es la representación del Bien? No. El Capitán Ahab es un personaje monomaníaco, como lo son otros personajes de la literatura universal -Don Quijote o Raskolnikov, por ejemplo-; su comportamiento y acciones se encuentran por fuera de una clasificación ética. Una novela que, por último, presenta como único sobreviviente de la descabellada empresa marina al narrador, de nacionalidad estadounidense, quien, además, comparte el nombre con aquel personaje bíblico hijo de Abraham del que Dios dirá: “Yo haré de él una gran nación”, detalle que puede haber escapado a Melville pero no a quienes revalorizaron la obra.

El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, es la otra novela a la que también se ha etiquetado como la Gran Novela Estadounidense. Publicada en 1925, esta obra también ha sido revalorizada tiempo después de su publicación, aunque en un lapso mucho menor en comparación con Moby Dick. En la obra más conocida de Scott Fitzgerald volvemos a encontrar el concepto de zeitgeist, puesto que la obra es un vivo reflejo de la llamada “era del jazz”, período que transcurre durante los años posteriores a la Primera Guerra Mundial hasta la crisis de 1929 y la consiguiente Gran Depresión.

Una novela sencilla de escenas breves y concisas, en la cual es fecundo la utilización del diálogo. Podría sorprender que una novela de estas características se valorice poco más por encima de novelas como El ruido y la furia o ¡Absalón, Absalón! de William Faulkner, que se presentan con un estilo y un lenguaje de suma complejidad e innovación (fiel a la tradición a la que pertenece James Joyce). Lo mismo cabe decir con respecto a Lolita, del escritor ruso nacionalizado estadounidense Vladimir Nabokov, una obra magnífica y divertida, que rebosa de erudición literaria, guiños intertextuales y artificios ficcionales dignos del Quijote.

Pero en comparación con las tres novelas antes mencionadas es El Gran Gatsby la que muestra más significativa y certeramente el espíritu de una época en los Estados Unidos: el protagonista de la novela, Jay Gatsby, y su trágico final no dejan de ser una representación, un tanto alegórica, del llamado “sueño americano” y de cómo dicho ideal acuñado nacionalmente es atropellado por la marcha de los acontecimientos históricos, el crack del ‘29 o las guerras mundiales.

Comúnmente son estas tres novelas a las que se suelen considerar como la Gran Novela Estadounidense. Pero en la actualidad la utilización del término sigue siendo fecundo; no por falta de conformidad respecto de estas tres obras por parte de los estadounidenses, sino tal vez para reactualizar cada cierto tiempo la vigencia de su literatura.

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“Route 6 Eastham”, de Edward Hopper.

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Símbolo de “Escritores en América”

Foto: Servicio Cultural e Informativo de los EE.UU.



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