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Crónica política

Tambores de guerra

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Rogelio Alaniz

La señora asumió el poder hace una semana y ya tiene abierto tres frentes de tormenta: con Scioli en provincia de Buenos Aires, con la CGT liderada por Moyano y con la prensa, debido a su afán de controlar la venta de papel de diario. Podríamos agregar un cuarto: con Gerónimo Venegas y el estatuto del peón rural, una consigna que en su momento fue uno de los íconos del peronismo histórico y que hoy un gobierno peronista parece poner en tela de juicio.

Se suponía que después de haber obtenido el 54 por ciento de los votos el horizonte de gobernabilidad estaba asegurado. Es lo que se suponía. Sin embargo, en algunas de estas columnas, escribí que la debilidad de la oposición política no significaba la desaparición de los conflictos. En efecto, en una Argentina diversa y plural como la nuestra -decía- las tensiones y conflictos que no se canalizan a través de los partidos opositores, se expresarán a través de los sindicatos, las corporaciones empresarias, los factores de poder o la propia lucha interna.

Acerté, pero a medias. Acerté, porque los conflictos salieron a la luz, pero con sinceridad confieso que nunca esperé que estallarían en tan poco tiempo y que, en todos los casos, serían estimulados por la señora. ¿Lo hace porque está en su mejor momento y porque, como se dice en estos casos, si no lo hace ahora después no podrá hacerlo? Es una explicación. Una explicación que a mi no termina de convencerme.

Yo postulo que todos estos conflictos podrían haberse evitado o reducido a su mínima expresión. La guerra declarada a Scioli por Mariotto es torpe y autodestructiva; la ofensiva contra la libertad de prensa evoca los tiempos de Alejandro Apold, es decir, las peores épocas del peronismo; el conflicto con Moyano da cuenta de una disputa política y corporativa con final imprevisible.

No conozco el desenlace de estos conflictos -nadie puede pronosticarlos- pero los argentinos tenemos derecho a no esperar nada bueno de ellos. Puede que todo se reduzca a una negociación donde lo que se termina arreglando no tenga nada que ver con lo que se dice en público. Es una posibilidad. Moyano dice luchar por lo salarios de los trabajadores, pero tal vez esté luchando por su libertad. Dice defender la salud de los trabajadores, pero tal vez esté defendiendo su bolsillo. En todos los casos, los dos, Moyano y la señora, están jugando con fuego. Porque la otra posibilidad es que los acontecimientos se desborden y la interna derive en una interna salvaje que termine despedazando a las instituciones. Los argentinos algunas experiencias tenemos acerca del precio a pagar por las riñas internas de los peronistas.

Tan importante como saber que los conflictos existen, es encontrar una explicación a ellos. Se trata de refriegas libradas en el centro del poder, refriegas en las que es muy difícil hallar un hilo conductor que permita establecer una lógica inteligible. Veamos. Según se mire, los reclamos de Moyano pueden ser justos. Exige aumentos de salarios, protesta por los impuestos a los trabajadores, denuncia de hecho la manipulación de las cifras oficiales.

Un observador que ignorara los antecedentes de Moyano, diría que se trata de un socialdemócrata avanzado. Los que lo conocemos sabemos que esa calificación no le cabe ni siquiera como chiste. Pero convengamos que para quienes siempre hemos reclamado por buenos salarios o por la independencia del movimiento obrero, la conducta de Moyano satisfacería todas nuestras exigencias.

Así parece haberlo entendido -por ejemplo- Luis Barrionuevo, pero hete aquí que a nadie se le escapa que el apoyo de Barrionuevo no proviene de su proverbial sensibilidad por el destino de los trabajadores, sino de su proverbial vocación oportunista para la rosca. No es este el único contraste de Moyano. El hombre dice renunciar a los cargos del “pejota” , pero no a la lucha. Los que lo conocemos traducimos esta consigna “evitista” de la siguiente manera: renuncia a los honores, puede renunciar a la lucha, pero a lo que nunca va a renunciar es al poder, al poder que da el sindicato. El y sus hijos. ¿Está en su derecho? Puede ser, pero que no nos venda gato por liebre.

Después están los mitos, ese terreno donde la leyenda y los deseos se confunden con la mentira. Moyano habla del peronismo de los años cincuenta para oponerse al peronismo del 2011. Invoca el pasado para justificar el presente. Moyano podrá decir que la señora no es Evita. Y tiene razón. Pero ella podría decir que Moyano no es Espejo, el dirigente sindical leal a Evita, y también tendría razón. En definitiva, no descubro la pólvora si digo que la política del 2011 no tiene nada que ver con la de 1950 y que toda comparación que pretenda hacerse no es más que un acto torpe y grosero de manipulación política.

Digamos, a modo de conclusión, que hay buenas razones para apoyarlo a Moyano y muy buenas razones para apoyar a la señora .Quienes hemos defendido la democracia sindical siempre reclamamos que el gobierno le ponga límites a estas corporaciones. Quienes tenemos memoria histórica, siempre hemos recordado que el peronismo negó el derecho de huelga, un recordatorio que la señora tuvo el buen gusto de verbalizar en su acto de asunción. Quienes hemos defendido la estabilidad democrática, siempre nos hemos opuesto a las huelgas salvajes y extorsivas.

Ahora bien: ¿son éstas las razones de fondo que movilizan a la presidenta para enfrentarse con Moyano? ¿Es creíble que la misma persona que engordó a Moyano con concesiones generosas, ahora haya descubierto que es necesario ponerle límites? ¿Hay alguna otra interpretación que permita clarificar lo que está sucediendo? Algunas hay, pero no son del todo convincentes.

Se dice que a la señora no le gusta Moyano. Es feo, sucio y malo. Ocurre que la estética de la señora pareciera circular por otras salas de exposiciones. A ella le gustarían los chicos lindos y cultos, parecidos a Lousteau, Boudou, Abal Medina. Y no esos personajes patibularios, vomitados por los bajos fondos, a los que solía frecuentar su marido. Es lo que se dice. Así presentados los hechos, evocaría a esas esposas de mafiosos que parecieran ignorar que el poder que disfrutan, él lo acumuló intrigando y conspirando con facinerosos y rufianes de toda calaña. Como dijera Beatriz Sarlo: “Estamos ante una princesita peronista”

Estos argumentos pueden tener alguna cuota de verdad, pero no terminan de convencerme. La señora está muy lejos de ser Rosa Luxemburgo como creen algunos de sus epígonos, pero no es tan tilinga como suponen sus rivales más enconados.

La señora también ha movilizado sus tropas K contra el gobernador de Buenos Aires. También en este caso pareciera que se trata de una movilización contra la derecha representada por Scioli, el mismo que le viene salvando la ropa al kirchnerismo desde hace años. ¿Por qué lo atacan con tanta saña? ¿Porque es de derecha? ¿Acaso Boudou es de izquierda o De Vido es troskista? Nada de eso. Scioli es un problema para los Kirchner, no porque sea de derecha, sino porque tiene poder propio. Esa es su falta imperdonable para una lógica de poder cada vez más centralizada, una lógica en la que la hija entrega la banda presidencial, el hijo imita los gestos del padre y ella jura por “El”.

Con respecto a los diarios, el campo del conflicto parece estar mejor trazado. En este punto el kirchnerismo recupera sus tradiciones autoritarias de Santa Cruz, tradiciones que se dan la mano con el peronismo histórico que clausuró La Prensa. El argumento público fue el de luchar contra las corporaciones mediáticas; el argumento real fue ahogar cualquier manifestación opositora.

Por lo tanto, si queremos saber lo que pasa, debemos esforzarnos por distinguir lo que se dice de lo que se hace, lo que se nombra de lo que se calla. La verdad del poder se descifra a través de esa relación viscosa, esquiva y, en más de un caso, sórdida. Las decisiones de la señora y los conflictos que ella promueve no se los debería interpretar con categorías ideológicas. La señora no es de derecha o de izquierda. Tampoco progresista o reaccionaria. O popular o antipopular. La señora es peronista.

¿Estoy diciendo lo obvio? Más o menos. Sobre todo si además de atender lo obvio, nos esforzamos por entender al peronismo como un dispositivo de poder, como una fuerza política donde la pulsión por la acumulación de poder -pulsión psicológica, política e histórica- explica y justifica las diferencias. La pulsión incluye el afán de expandirse. Así lanzado, el único límite al peronismo son las resistencias que encuentra, resistencias que en sociedades modernas siempre terminan siendo más poderosas que las pulsiones iniciales. El tema es para pensarlo. Pensarlo, aunque más no sea como consuelo.

Scioli es un problema para los Kirchner, no porque sea de derecha, sino porque tiene poder propio. Esa es su falta imperdonable para una lógica de poder cada vez más centralizada.

El único límite al peronismo son las resistencias que encuentra, resistencias que en sociedades modernas siempre terminan siendo más poderosas que las pulsiones iniciales.



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