Cristología de la Palabra

“La Sagrada Familia del roble”, de Rafael Sanzio.
Cristología de la Palabra

“La Sagrada Familia del roble”, de Rafael Sanzio.
María Teresa Rearte
“La Palabra se hizo carne / y puso su morada entre nosotros, / y hemos contemplado su gloria, / gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Jn 1,14).
Los evangelistas aportan cada uno un enfoque sobre Jesús y su misión. Para el evangelista Juan, Jesús es el Verbo hecho carne. La más grande expresión de la revelación de Dios es, por lo tanto, el verbo encarnado: Jesucristo. Él es la Palabra del Padre, que ha manifestado su Gloria y Sabiduría.
Pero Jesús no sólo es la presencia y la revelación en el mundo de lo que Dios es. Sino que también es la expresión de lo que Dios, por pura gracia, ha querido ser para el mundo. De modo que, en el ámbito histórico del mundo que habitamos, ha plantado su tienda la infinitud.
Refiriéndose a la cristología de la palabra, Benedicto XVI afirma que “la condescendencia de Dios se cumple de manera insuperable con la Encarnación del verbo. La palabra eterna, que se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un hombre ‘nacido de mujer’. (Gál 4,4)”. (VD 11) Es decir que, aquí, la Palabra de Dios no se expresa por medio del discurso. Tampoco de modo conceptual o normativo. Sino que estamos ante Jesús. Su singularidad es propia de la palabra definitiva, mediante la cual Dios se comunica con la humanidad. De modo que uno de inicia en la vida cristiana no por medio de una decisión de carácter ético. Tampoco motivado por una gran idea. Sino por el encuentro con una persona: Jesucristo. Para ilustrar el tema puede ser útil mencionar lo sucedido con Edith Stein, la gran pensadora judía de Breslau y también mártir en Auschwitz.
Conocido es el episodio en el que, estando Edith en casa de unos amigos, tomó de su biblioteca un ejemplar de la “Vida de Santa Teresa de Jesús escrita por ella misma. “Pasó la noche entera sin poder dormir, entregada a la lectura. Y cuando al final cerró el libro, exclamó: “Esta es la verdad”. ¿A qué verdad se refería Edith Stein? No a la verdad filosófica, detrás de la cual ella andaba inquieta. Sino que se refería a la verdad filosófica, detrás de la cual ella andaba inquieta. sino que se refería a la verdad del amor, de una persona: Jesucristo, entrevista en la autobiografías teresiana. De aquí en más, todo cambia en la vida de Edith. Y luego de un tiempo de preparación pediría el bautismo en la Iglesia Católica.
En medio del ajetreado, y hasta alterado andar de nuestro tiempo, ¿qué puede significar que la palabra se hizo carne? La Encarnación del Verbo es el descendimiento de Dios para traer a la humanidad su aliento de vida, que ésta ha perdido y no tiene. Con ese descenso o venida totalmente gratuita, Dios ha querido mostrar su amor por los hombres. Por lo tanto, el misterio de la Encarnación sobre el que necesitamos reflexionar para conocer la relación que Dios entabla con la humanidad, es el misterio del descenso de Dios. Es todo lo contrario de lo que estamos acostumbrados a plantearnos, acerca de la apoteosis de los héroes antiguos que, después de alcanzar y superar todos los grados de los posibles logros humanos, obtienen como premio su divinización.
La Encarnación del Hijo de Dios no se refiere, por lo tanto, a lo sucedido con un hombre que, alcanzadas las elevadas cotas de lo humanamente sublime, e incluso excepcional, es apartado del común de los hombres. Y se le asigna un trono y los títulos propios de Dios.
Recurriendo a un interesante testimonio del pasado siglo, María Clara Bingemer, teóloga brasileña, nos acerca la figura de Simone Weil (1909-1943), filósofa judeo-francesa, a la que describe como “un intelecto herido por la compasión”. Y afirma que “Cristo, Verbo Encarnado, sumerge a Weil en persona en una realidad jamás ‘prevista’. Su razón es vencida por una presencia a la que describe con rasgos totalmente personales”. Y citando a Simone Weil, continúa diciendo que es “la presencia de un amor análogo a aquél que se lee en la sonrisa de un rostro amado”. (*)
Por la palabra hecha carne se han establecido vínculos permanentes entre Dios y el hombre, no ya como perteneciente al viejo tronco de Adán. Sino a un nuevo tronco, con una vida nueva cuya raíz es Cristo. Él es el único Mediador entre Dios y los hombres. Por Él hemos sido salvados. Es como si Dios mismo corriera el cerrojo de nuestro yo profundo. Y dejará la puerta abierta para que su gracia y su amor nos inunden y recreen.
Pablo VI señalaba que “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que son testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son testigos.” (EN 41) El texto citado sirve al propósito de mostrar que la Navidad no es un recuerdo relegado al pasado. Ni se limita a un festejo. Sino que la fe nos hace conscientes de que Dios sigue actuando en la historia humana. Que el reconocimiento de Jesús como el Hijo de Dios, el Salvador enviado que consumó en la Cruz la Redención de los hombres, ha llevado a muchos cristianos a comprometerse con la fe. Y a conjugar la fe con el respeto por la dignidad y el valor del hombre. Con el servicio. En esa línea quiero mencionar el martirio sufrido de manos de integristas islámicos, el 21 de mayo de 1996, en Argelia, por siete monjes trapenses, asesinados por su fidelidad a Cristo y al evangelio. A su compromiso monástico y con la comunidad islámica. Lo cual ha sido reflejado en la película “De dioses y hombres”, que hace relativamente poco tiempo fuera exhibida en distintas ciudades.
Es importante saber de la existencia de mártires cristianos en el siglo XX. Y comprender que no se trataba de personajes legendarios, devorados por leones del circo romano. Así como tampoco el cristianismo es una leyenda. O un hecho que pertenece a tiempos pretéritos. Sino un acontecimiento de salvación, que continúa actualizándose.
Quiero concluir con una enseñanza de Benedicto XVI, que dice así: “La Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en el pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance. Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret”: (VD 12).
(*) María Clara Bingemer: Simon Weil. Una mística en los límites.
(EN) Pablo VI: Evangelii nuntiandi.
(VD) Benedicto XVI: Verbum Domini.