Al margen de la crónica
Al margen de la crónica
La más alegre de la selva
Guillermo Dozo
Para quienes son un poco más jóvenes, las imágenes y la voz de Tarzán se hicieron famosas con una serie que protagonizó Ron Ely. La entrega comenzaba con el característico grito del Hombre Mono parado sobre una cascada y la secuencia mostraba la reacción de los animales ante la sonora presencia del atlético humano que, criado por un grupo de chimpancés, logró reunir un grupo de cualidades que lo hacían prácticamente invencible.
Tiempo atrás, el protagonista cinematográfico indiscutible había sido Johnny Weissmuller, el atlético nadador estadounidense, puesto a actor y que encarnó como nadie la piel de Tarzán en el celuloide. El también caracterizó ese grito que interpelaba a la selva para que sepan todos que estaba él, el hombre que era capaz de vencer a un león en una lucha cuerpo a cuerpo con la única consecuencia de que la gomina desaparecía y el protagonista tenía que pasar su mano por las mechas para recomponer su imagen. No había en su cuerpo ni un rasguño.
En nuestra infancia copiar las hazañas de Patrón de la Selva nos llevó a cosechar moretones y magulladuras varias cuando se pretendía colgarse de una soga como lo hacía Tarzán con las lianas: raspones contra los troncos de los árboles o caídas sobre el duro piso desde alturas que nos parecían magníficas, eran las consecuencias que -con orgullo- exhibíamos a nuestras madres que corrían a buscar un frasco de agua de oxigenada o de Alibour.
El hombre mono tenía la potencia de un rinoceronte, era tan sigiloso como una pantera, nadaba como un gran pez, corría y saltaba obstáculos como una gacela y era capaz de deslizarse con las lianas como una serpiente capaz de elegir en milésimas de segundos el tiento que lo llevaría más lejos.
Con el tiempo aparecieron los personajes que acompañaron al héroe africano: Jane, su compañera; Boy, su hijo y era, además, amigo de muchos animales. Tantor era su fiel amigo elefante, Terk el mono y, su más grande compañía, Chita, la mona que le puso la alegría a la saga. Aquella que saltaba de alegría cuando su hermano sin pelos se demoraba en la espesura luego de enfrentar algún peligro; la que hacía travesuras en la casa ubicada en la copa de los árboles para que Jane tenga que poner las cosas en orden; y fue aquella que era imitada por miles de niños en todo el mundo que comprendían el humor que le era un poco ajeno a Tarzán.
Para aquellos millones de niños de todo el mundo que peinamos canas o no peinamos más nada por no necesitar de peine alguno, la noticia es devastadora: hoy murió la Mona Chita a los 80 años de edad víctima de una insuficiencia renal. Para más de uno la sorpresa vino por saber que aún vivía aquel animal simpatiquísimo en una reserva llamada Suncoast Primate Sanctuary ubicada en Perl Harbour.
La selva -real o de estudio- ha perdido dos de los sonidos más característicos. Ni Ron y Johnny están para despertar a la selva en su conjunto ni estará Chita haciéndonos reír con sus gracias y su risa chillona.