La muerte de un gobernador
Rogelio Alaniz
El hombre que murió en la casaquinta de Paso Córdova se llamaba Carlos Soria. Era el gobernador de la provincia de Río Negro, pero no fue la política la que lo mató, por lo menos no hay indicios de que así haya sido. ¿Y entonces? Como se dice en estos casos: Soria no se suicidó, no fue víctima de una conspiración criminal y no fue asesinado por un delincuente. Teóricamente no quedan muchas alternativas. O accidente o crimen pasional. O las dos cosas. La prudencia y las propias exigencias del sistema judicial exigen ser cautos con las conclusiones.
A Soria le gustaban las armas, las reuniones con los amigos y, según se dice, las mujeres. Para el ejercicio del poder demostró ser astuto y decidido. Desconfiaba de todos y consideraba que su casa era el único lugar seguro. A la residencia, la tenía amurallada como si fuera una fortaleza. Los custodios privados la protegían día y noche. La última línea de defensa al presunto ataque de algún enemigo, eran sus armas. Soria amaba las armas y las coleccionaba. Su arsenal incluía revólveres, rifles y una Itaka. No sólo coleccionaba armas, sino que le gustaba exhibirlas. Caprichos del destino. Alguna vez se le escapó un tiro que casi mata a su mujer.
A un amigo le confió que en la mesita de luz de su dormitorio tenía un 38 cargado. “Por cualquier cosa”. El “cualquier cosa” pasó. Pero no a su favor sino en su contra. No sabemos si al 38 lo usó su mujer o si forcejearon. Lo seguro es que la bala que lo mató salió de allí. Creer o reventar: el enemigo de Soria no estaba afuera, estaba adentro. En su mesa de luz, en la mujer que dormía con él. O en él mismo. A los hombres del poder con una marcada carga paranoica la vida les suele tender estas celadas.
DISTINCIONES
Por lo pronto, según informaciones de último momento, su mujer, Susana Freydoz, ha sido imputada. Su destino, el destino de Freydoz, está en manos de la Justicia; lo demás pertenece al campo estricto de la política. Como nunca, la distinción entre lo público y lo privado es necesaria. Indagar sobre la muerte del gobernador tendrá que ver con su vida de pareja, con los problemas matrimoniales de una pareja cuyas disidencias, según las crónicas de los diarios de la región, eran públicas, evidentes y, en más de un caso, escandalosas.
Episodios como éstos suelen suceder en la vida. Sin ir más lejos, hace veinte días Iván Heyn también murió como consecuencia de pasiones desatadas en su contra. Moraleja: los políticos saben llegar al poder y manejarlo, pero no siempre saben manejar sus pasiones. No hay que escandalizarse por ello. El mundo de las pasiones suele ser oscuro, borrascoso y sórdido. Inmanejable en definitiva, sobre todo para quienes suponen que manejan todo y pierden de vista que el enemigo letal aletea muy cerca de ellos.
Admitamos de todos modos que el crimen pasional o el “accidente pasional” ocurre y, a veces, ocurre con demasiada frecuencia, pero no es habitual que la víctima de estas pasiones desatadas sea un gobernador. Tampoco es habitual que un desenlace trágico se produzca tres horas después de haberse iniciado el nuevo año. No es lo habitual, pero la historia de la humanidad ha enseñado que la relación entre poder, pasión y muerte suele producir estos resultados.
Soria ya ha sido enterrado. El trámite ha sido ágil y discreto. Los familiares así lo exigieron, tal vez porque su muerte no ha dejado margen para que un político de raza y a tiempo completo como era Soria pueda ser velado con todas las ceremonias oficiales del caso, incluida la convocatoria popular que estas ceremonias promueven y que suelen coronar una trayectoria política de toda la vida.
IRONíAS
Soria luchó veinticinco años para acceder al gobierno de su provincia. Lo logró hace unos meses, pero sólo pudo ejercer el poder durante 21 días. Ironía del destino o ironía trágica, pero ironía al fin. Fue un político a tiempo completo, un político que reunía en su persona las virtudes y los vicios de este singular y controvertido oficio. Soria era polémico, tan querido como resistido. El peronismo fue su destino; el de su padre, el suyo y el de su hijo, actual intendente de General Roca. Los que lo conocieron aseguran que podía ser tan agradable como odioso. Sus enemigos internos le reprochaban su condición de derechista. Yo no sería tan concluyente. Soria, como se dice en estos casos, no era ni de derecha ni de izquierda, era peronista.
El hombre creía en el peronismo y creía en el poder. No venía de abajo, pero le gustaba presentarse como un hombre del pueblo. Su padre había sido carnicero, pero él era abogado. Gestionar un local de venta de carne es un oficio tan decente como cualquier otro, pero en el mundo de los prejuicios y las jerarquías sociales pareciera que no es tan así. Por lo menos Soria presentaba esa identidad como un motivo de humillación por parte de las clases altas. Toda una filosofía y una identidad política, incluida su carga de resentimiento, se expresaba en este hecho.
Su biografía partidaria es típica. Estuvo con Luder, con Menem, con Duhalde y con Kirchner. Al ochenta por ciento de los dirigentes peronistas les ha pasado lo mismo y nadie debería sorprenderse que así haya sido. Para bien o para mal, el peronismo históricamente está marcado por ese itinerario y, por lo tanto, nadie tiene autoridad política para imputarle a un peronista haber estado con los diferentes gobiernos peronistas que se sucedieron en la Argentina. En ese sentido la biografía política de Soria no es diferente a la de Kirchner, Menem, Duhalde o Gioia. Lo demás pertenece al exclusivo campo ideológico de Horacio Verbitsky.




