Las pasiones de Barón Biza

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Portada del libro escrito por el hijo de Baron Biza y Clotilde Sabattini e ilustrado con una pintura de Giuseppe Arcimboldo, artista italiano del siglo XVI.

Rogelio Alaniz

Si en la década del treinta, Raúl Barón Biza se destacó por su enfrentamiento frontal contra el régimen conservador de Agustín Justo, en la década siguiente manifestó la misma energía crítica contra el peronismo. Ni amenazas, ni cárcel, ni persecuciones pusieron límites a su rechazo a un régimen al que calificó con los peores términos. Si en los años treinta desafió a duelo al coronel Patricio Sorondo -de reconocida militancia fascista- y en un bar enfrentó a golpes de puños a una patota de la Legión Cívica, en los cuarenta citó a duelo al jefe de la policía peronista, general Ernesto Bertollo, desafío que concluyó con una temporada en la cárcel.

En esta militancia antiperonista fue muy bien acompañado por su mujer, Clotilde Sabattini, quien se constituyó en esos años en la referente y el símbolo femenino de la oposición, la mujer que según la perspectiva de la enconada oposición de aquellos años reunía los méritos intelectuales, estéticos y morales exactamente opuestos a los de Eva Duarte.

Barón Biza se afilió nuevamente al radicalismo en 1946. Unos meses antes -la fecha merece recordarse: 11 de octubre de 1945, una semana antes del 17 de octubre, “el día del candombe y la mazorca”, como va a escribir- en su mansión de calle Quintana se habían reunido Arturo Jauretche y Amadeo Sabattini para decidir si el caudillo cordobés aceptaba la propuesta del general Avalos de asumir la presidencia de la Nación. Como muy bien lo explican Félix Luna en su libro “El 45” y el propio Jauretche en sus ensayos, Sabattini luego de idas y venidas rechazó esa propuesta que podría haber cambiado la historia argentina.

La militancia radical de Barón Biza en esos meses fue intensa. Para esa época dirigía el periódico “La semana radical” . Sus opiniones sobre Juan Domingo Perón merecen destacarse: “Añoraba el aullido de las masas que había escuchado en la Plaza de Venecia y los estadios germanos. En el cuartel había aprendido que los hombres marchan a la voz de orden. Había contemplado en la Italia del Duce cómo se enloquecían las muchedumbres, cómo se las llevaba al hambre y a la guerra con sólo presentarse con un disfraz o una camisa negra. Con alma de cortesano fue organizando la trama que lo llevaría al poder. Buscó para dirigentes los tránsfugas, los resentidos de los partidos políticos, los trepadores con alma de valet...Les tiró sidra y pan dulce...El pueblo, la masa, creyó en la profecía. Pero el profeta era falso y la virgen no era virgen”.

La victoria del peronismo en 1946 coincidió con una invitación a Clotilde Sabattini para dar un curso en Milán acerca de “Las escuelas hogares en los países de gran extensión”. La pareja viajó a Europa y allí se quedó alrededor de dos años. Regresaron en 1948 y en 1949 se celebró el Congreso Nacional Femenino de la UCR. Clotilde fue elegida presidente a los treinta años.

Ya para ese época se perfilaba como la mujer más importante de la oposición. Era la hija de Amadeo Sabattini y la esposa de Raúl Barón Biza, pero por sobre todas las cosas, era ella misma. En agosto de 1950 las mujeres radicales realizaron un acto en homenaje a Remedios de Escalada en el cementerio de la Recoleta. La policía peronista organizó una redada y la principal oradora, es decir Clotilde, terminó en la cárcel. Las presiones políticas para exigir su libertad se maniferstaron con fuerza. En cierto momento Perón le concedió “la gracia de la libertad” . Clotilde rechazó la oferta: “La libertad es un derecho y no puede otorgárseme como dádiva”, dijo.

Mientras tanto, Barón Biza salió en defensa de su esposa y desafióa a duelo al general Arturo Bertollo, jefe de la Policía Federal. Sus padrinos fueron los radicales Luis Dellepiane y Oscar López Serrot. Pero Bertollo resolvió el trámite de manera expeditiva: ordenó la detención de Barón Biza por desacato. El duelista fue a dar con sus huesos a Villa Devoto durante dos meses. Los jefes de la policía peronista no corrían riesgos innecesarios. Los tiempos del honor y los duelos habían pasado.

A partir de 1951, Barón Biza se exiliará en Montevideo. La “Revolución Libertadora encontró a la pareja en Uruguay. Los escritos de Clotilde son interesantes, sobre todo porque dieciocho años después apoyará la candidatura de Cámpora. Dirá entonces al enterarse de la rebelión de Lonardi: “ Córdoba, hoy la heroica, la que tomó la delantera de la rebelión, la que resistió, la que vio teñirse de púrpura generosa las blancas serranías”.

Pero para Barón Biza los años cuarenta y cincuenta no se redujeron a la militancia política. En 1940 vendió su estancia Myriam Stefford a la firma Otto Bemberg. En 1942 nació su hijo Jorge, el autor de ese extraño libro que se llama “El desierto y la semilla”. Para esa época publicó su segunda novela. “Punto final” con los previsibles escándalos del caso.

La relación amor-odio con Clotilde, estalló en octubre de 1950. Para esa época la pareja vivía en un chalet de La Falda. En algún momento ella abandonó el hogar y se marchó a Villa María. Unos días después él se hizo presente en la casa de su suegro. No iba armado hasta los dientes, como dirán después los diarios, pero llevaba una pistola y tres cargadores.

En la casa de Sabattini la escena fue digna de un culebrón centroamericano. Clotilde escapó por la ventana de su cuarto y Raúl y su cuñado se trenzaron a trompadas. Hubo tiros y heridos Nada cuesta imaginarse cómo habrá impactado el escándalo en una ciudad como Villa María. Sobre todo un escándalo que tuvo como protagonista a la familia más famosa de la ciudad.

Lo cierto es que como consecuencia de lo sucedido el que terminó entre rejas fue Barón Biza y allí se quedará casi un año. Los relatos acerca de cómo sucedieron los hechos son contradictorios. Nunca quedará del todo claro si Barón Biza viajó a Villa María para cometer un crimen o para suicidarse. Es probable que tampoco él lo haya sabido. Lo seguro es que viajó armado y que llevaba balas como para enfrentar a una patrulla. Finalmente Clotilde se reconciliará con su marido y poco tiempo después nacerá Cristina.

Los motivos por los cuales una pareja se odia y se ama son difíciles de develar. Se dice que a él cada vez le costaba más soportar que el protagonismo social lo tuviera su mujer; que ella fuera la famosa, la inteligente y que su rol quedara reducido al de escritor maldito. Algo de verdad puede haber en esta hipótesis. Pero solo algo. Barón Biza siempre apoyó a su mujer, alentó sus estudios, lo enorgullecía su inteligencia,.

Cuando ella fue designada por el gobierno de Arturo Frondizi presidente del Consejo Nacional de Educación, esas desavenencias se profundizaron. A mediados de 1959 él intentó suicidarse por tercera vez. Al protagonismo de su mujer se sumaron los rumores acerca de una relación de ella con Frondizi. La situación no se suavizó por el hecho de que Clotilde hiciera diligencias para que a él le otorgaran la concesión de las gallerías subterráneas que pasan por debajo del Obelisco. De todos modos no dejaba de ser una inquietante casualidad que el subsuelo del obelisco porteño fuera administrado por el hombre que en Alta Gracia había construido el obelisco más alto del país

En 1963 publicó su última novela “Todo estaba sucio”. La ilustración de la portada es una pintura del artista boliviano Benjamín Mendoza Amor. Barón Biza nunca se enteraría porque ya estaba muerto, pero en 1970 este hombre intentará asesinar al Papa Pablo VI en Manila. Hasta después de muerto, Barón Biza seguía llamando la atención.

Lo demás es historia conocida. Barón Biza se suicidó el 18 de agosto de 1964 en su departamento porteño de calle Esmeralda, luego de haberle destrozado el rostro a su mujer con vitriolo. Para referirse a ese hecho, su hijo Jorge escribirá luego: “Yo era el único que sabia que este final era inevitable. Mientras moraba con él sentí rechazos por sus violencias cada día mayores y sus novelas que yo consideraba cursis...pero también sentía de manera inevitable cierta admiración por su coraje en la pelea, su disposición a jugarse entero, hasta la vida. Todos hablaban con respeto de su proverbial temeridad, incluso los que habían sufrido sus furias. Cuando me dijeron que se había suicidado tuve un gesto equivalente al de la reverencia por el guerrero caído en su ley, aunque estaba horrorizado por la agresión contra la mujer que amaba y la mujer que lo amó”.

“Que mi tumba no tenga nombre, ni flores ni cruz” escribió en “Todo estaba sucio”. No sé si es un final digno, pero sin duda es un final coherente. Sus cenizas están enterradas debajo de un olivo, al lado del gigantesco monumento que levantó en homenaje a su primer amor.