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“El tajo feroz”

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Alberto Lagunas, en ocasión de recibir un premio de la Asde, en Santa Fe, en 1999. Foto: Archivo El Litoral

Raúl Fedele

 

Félix Altazor es vidente del presente, del pasado y del futuro, de esta vida y de las otras, de las reencarnaciones y de los sueños. El 7 del 7 del 77 empieza (y termina) de escribir su historia. La historia de sus videncias y la confluencia de pasos que lo llevan a realizar un gran milagro y a la cárcel.

Sobre esta base Alberto Lagunas despliega una novela que, aunque se reconoce en una de las mejores tradiciones narrativas argentinas (la que encuentra un momento crucial en la confluencia de autores como Silvina Ocampo, Beatriz Guido, Manuel Puig y, en especial sintonía, Juan Rodolfo Wilcock), resulta de una originalidad singular y de una presencia única en los alicaída literatura argentina actual.

El tiempo lineal (que no existe, y menos para un vidente) transcurre desde la década de 1950 hasta el mencionado día en que, en plena dictadura militar, Félix escribe su historia. Las primeras páginas nos refieren su nacimiento y su infancia. Desde chico, cuenta, fue perseguido por dolores de cabeza. “Era como si entre las paredes de mi cráneo se encerrara un verdadero alud, una corriente de piedras que por algún lado debiera salir. Como si me comieran cucarachas y nancuspias. La gente que me rodeaba creyó que mis dolores de cabeza comenzaron por mi trauma inicial: el aceite de ricino que tan elegantemente recibí -y sin cargo- a poco de mi nacimiento”. Una purga propinada para que “largara el mal” vaticinado ya ancestralmente, el mal que sería su “unión con la otra orilla”, su capacidad visionaria propiamente dicha. “Desde chico, aprendí latín sin que nadie me lo enseñara. ‘Nascentes morimur’, había leído y traduje ‘Nacer es empezar a morir’”.

Apenas salido de su niñez, Félix cae en las manos de las psicólogas Elisa Pietra y Olivia Nell, y las historias de esas mujeres irrumpen terrible, desopilantemente, abriendo las compuertas a los muchos personajes que poblarán la vida de Félix y de El tajo feroz (novela publicada por Cuenta conmigo Ediciones, de Rosario).

Los encargados de la salud mental, de todos modos, constituyen un buen puñado estelar en la novela: Elisa decide estudiar psicología porque le va a salir más barato que seguir pagando a su propio terapista, un tal doctor López que por las noches, remedando algún ritual de origen árabe que se traslada después al Muro de los Lamentos, grita y escupe en una lata de arvejas vacía insultos y maldiciones dirigidos a sus pacientes, enterrando después la lata en su jardín. Elisa confunde la Tabla de Logaritmos con la Guía de Teléfonos, y la leche en polvo de su hijito con Puloil. Por supuesto, por fuera lleva una fachada segura y lógica.

La psicoterapeuta Olivia Nell también está loquita. “De muy chica había buscado en el diccionario la palabra ‘pene’ y había leído ‘miembro vil’, lapsus por ‘miembro viril’ que mantuvo toda su vida”.

Más adelante, por boca de Rosa Edgarda conoceremos el cuento de un psicólogo rosarino que va al circo de Moscú y queda prendado del enano que juega equilibrios sobre la grupa de un caballo, lo invita a vivir con él y lo incita a estudiar. El enano, ya abogado, se enamora de un chanta, y el psicólogo vive carcomido por los celos y el despecho. Rosa Edgarda cuenta esta historia de amor desgraciado (como tantos que pueblan El tajo feroz) y pide a sus oyentes que reflexionen sobre la moraleja. Una de ellas reza: “Siempre encontrarás un enano escondido debajo del diván de un psicólogo rosarino”.

Pero hay una lectura más oculta y profunda de esta novela entretenida, ágil, llena de humor, y atañe a también a la penetrante clarividencia con la que Lagunas logra auscultar el destino de la historia argentina en los destinos individuales de constantes y repetidas fraternidades signadas por la enemistad, la incomprensión o la traición.

El hermano del protagonista, un médico, odia el benevolente y ético comportamiento profesional de Félix, desplegado en sus artes de “curandero”, y terminará acusándolo de extraviado. Uno de los pacientes del narrador vive hostigado por la avidez y el rencor de sus hermanos y de sus respectivas esposas. Y la historia que cierra la novela y el destino (en esta reencarnación) de Félix Altazor tiene que ver con la salvación (nada menos que más allá de la muerte) de un amigo que en otra vida fue su hermano, una salvación que se revierte en su contra, ya que el resucitado no perdonará ese milagro y procurará por todos los medios destruir a su salvador. “¿Qué amistad puede fundarse sobre el barroso terreno de una traición?”.

Este brillante libro nos habla de la fraternidad imposible que ha desangrado la historia universal, pero que en grado más notable atañe a la historia argentina, por cercana y porque quizás no existen en verdad impedimentos tan insalvables para soñar con un amoroso abrazo y una armoniosa relación. No es casual que el libro termine con una impetración de Thomas Mann: “Amigo mío, Patria mía, que Dios se apiade de vuestras almas”.


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