En Familia

Bajemos un cambio

a.jpg

Rubén Panotto (*)

[email protected]

En estas fechas, se produce un particular estado de transición en las actividades cotidianas y sobre todo en el ánimo de las personas, frente a la situación generada entre los que pudieron salir de vacaciones -y regresan con sus baterías cargadas- y los que se quedaron usando su imaginación para pasarlo lo mejor posible. De todas maneras, es inevitable aunque positivo que la mayoría se esté proponiendo encaminar sus compromisos para el año, con nuevos criterios de tiempos y oportunidades, aplicando mayor tranquilidad en ese proceso.

Pocos años atrás, la expresión que hoy nos sirve de título tomó rápidamente repercusión popular, instándonos a “bajar la velocidad” de nuestra existencia en este mundo globalizado, con el fin de transitar la vida con razonable placer. En la actualidad existe un movimiento llamado slow food, que pregona la conducta de “comer y beber despacio”, dándose el tiempo para saborear los alimentos, disfrutando la convivencia en familia y amigos, sin prisa y con calidad en la relación. La idea es contrarrestar el estilo fast food, de la comida rápida, que no ha conseguido otro resultado que una vida alocada y de baja calidad.

El cuestionamiento principal está en la prisa y locura generadas por la impuesta globalización, que se sustenta en un nivel de vida medido en la “cantidad” de bienes materiales, en contraposición a la “calidad de vida” o “calidad del ser”.

Por dónde empezar

Habremos de posicionarnos en nuestro aquí, presente y concreto. Por consiguiente, para poder ordenarnos en función a una mejor calidad de vida se hace necesario retomar los valores esenciales del ser humano, de los pequeños placeres cotidianos, de la simplicidad de la vida y la convivencia, incluyendo la religión y la fe. Asimismo, se puede influir positivamente en un ambiente de trabajo para lograr que sea menos competitivo, más alegre, más llevadero y por ende más productivo, donde cada persona pueda realizar con placer todo lo mejor que sabe hacer. Podemos rescatar aquellos refranes de nuestros abuelos italianos, como el “Piano, piano se va lontano” que en nuestro florido castellano vale decir: “Paso a paso se llega lejos”; como aquel atribuido a Napoleón: “Vestidme despacio que estoy apurado” o “La prisa es enemiga de la perfección”.

¿Acaso no deberíamos preguntarnos si no sería sumamente útil que desde nuestra íntima comunidad familiar, pasando a las escuelas, las empresas, la ciudad y el país, iniciáramos el desarrollo de programas serios de “calidad sin prisa”, incluso para aumentar la productividad y calidad de los productos y servicios, sin desmedro de la “calidad de ser”?

En la secuencia del filme “Perfume de mujer”, se presenta una situación en que un ciego invita a una muchacha a bailar y ella le responde: “No puedo, pues mi novio llegará en pocos minutos”; a lo que el hombre contesta: “Pero es que en un momento se vive una vida”, y entonces salen a bailar. Y es la escena, de no más de dos o tres minutos, más emotiva de la película.

Muchos estamos corriendo detrás del tiempo, ansiosos por vivir mejor el futuro y no tenemos en cuenta que el presente es el único tiempo que realmente existe. Una canción tomada de las palabras de Jesús dice: “¿Por qué se preocupa el hombre por el comer y el vestir, como si sólo en su cuerpo se reflejara el vivir?”. No se trata de una reflexión facilista e irresponsable, sino más bien un llamado a vivir la vida como un regalo, depositando el futuro por fe en los designios del Creador.

Todo ser viviente tiene por igual veinticuatro horas en el día. La diferencia está en cómo aprovechamos el uso de ese tiempo. El desaparecido John Lennon decía que “La vida es aquello que sucede mientras planeamos el futuro”.

El valor de la vida

El afán y la ansiedad están presentes en nuestra cotidianidad, y son buenos reflejos mientras estén bajo control; no obstante la Biblia dice “por nada estén afanosos...”. Esas palabras tienen una semejanza en su raíz pero no significan lo mismo. El afán está relacionado a la preocupación como una carga en nuestra mente, que en su estado enfermizo nos moviliza compulsivamente a cubrir supuestas necesidades que se darían en un futuro. Un ejemplo muy común es la preocupación excesiva por la salud. Justamente muchos consumen buena parte de su salud trabajando duramente para estar asociados a la prepaga más costosa y sofisticada, y por otro lado están los que no pudiendo tenerla, se enferman de ansiedad por ello.

El prefijo “pre” significa antes. La pre-ocupación entonces es mental, pues no tengo el problema que deba resolver ahora. Por otra parte, la ansiedad significa ansias, deseos, anhelos que nos llevan a tomar decisiones buenas o equivocadas, según sea nuestro dominio sobre determinado deseo.

La mejor recomendación para los padres y madres en este mes de preparativos costosos para la educación de sus hijos, su bienestar y felicidad, está en una enseñanza que dejó Jesucristo cuando estuvo en este mundo: “No se preocupen por su vida, qué comerán y qué vestirán, ¿no tiene la vida más valor que la comida y el cuerpo más que la ropa?... ¿Quién de ustedes por mucho que se preocupe puede añadir una sola hora al curso de su vida?... el Padre sabe que ustedes necesitan estas cosas. Más bien busquen primeramente el Reino de Dios y su Justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. No se angustien por el día de mañana el cual tendrá sus propios afanes, porque cada día trae ya sus problemas”.

(*) Orientador Familiar