llegan cartas

Almuerzo con ex alumnos

Prof. M. Carlos Visentín.

DNI. 2.389.173.

Señores directores: Cuando recibo alguna invitación de reunirme en un almuerzo o cena con ex alumnos voy con cierto recelo. Me siento como un pez lanzado en tierra firme, porque conozco que mi persona va a ser estudiada detenidamente, que mejor dicho se me hará una autopsia total de mi cuerpo y de mi alma, para ver si sigo siendo el profesor que antes muchos admiraron.

Me encuentro no ya con niños que ingresaron con 13 años de edad para iniciar el secundario, sin tener aún ideas propias, sino con adultos profesionales en distintas áreas, algunos de ellos con un reconocido prestigio. Si debo dar una clase de las que llaman indebidamente “magistral” me defiendo hablando no de mí sino de ellos, recordando algunas anécdotas, presento algún chiste para provocar risas, lo que es fundamental para el éxito de la clase, y que la misma no sea muy extensa, para no cansar, dejando al auditorio con ganas de seguir escuchando, sin que se alcance a descubrir las neuronas que me faltan.

Pero mi temor no es la clase sino la “hora cultural” que en toda comida sobreviene luego del lomo con champiñón regado con abundante tintillo. En la última, un abogado, con tendencia al socialismo, para ponerme en apuros me preguntó “Profe, ¿qué opina de los pobres en el país y de la falta de vivienda?”. Le respondí: “Los pobres están presente en todos los países del mundo. Le podría decir, mi estimado ex alumno, que habitan a 10 km de ‘ninguna parte’ y sin caminos; los ricos viven en la calle central y en hermosos palacios. El problema es muy profundo, tiene muchas aristas, y la base para solucionarlo no alcanza sólo con mucha plata, hace falta también el deseo de hacerlo, que no se lo tiene, pero ese tema me viene bien para transmitir la enseñanza que todo educador debe dejar a sus alumnos; que nosotros prometamos hacer ‘un bien’ todos los días, a alguien personal o a la comunidad”.

“Profe”, me dijo otro, “¿usted cree que se llegará a un día en que todos hagamos un ‘bien diario’?”. “Eso sería lo ideal, pero el diablo existe y sólo se lo podrá desterrar mediante la educación. Es imposible hacerlo de otra manera, ni por las armas ni con el castigo de la justicia. Para ello hay que transformar ‘a todo el país’ en una escuela, en donde no sólo se enseñen conocimientos sino también cultura y los valores del ser humano. Gobierno y pueblo deben tener en claro que hay que enseñar que el bien individual no está por encima del bien general, que el corte de rutas, caminos y calles es un delito, que existen códigos de convivencia que hasta los asaltantes debieran respetar -si no hay resistencia de la víctima, no se lo debe golpear y mucho menos asesinar-.

Hoy en día todo esto está ausente. La simple toma de los colegios, que son casas de enseñanza, por los alumnos, hecho normal en la actualidad, representa para este viejo profesor como para la justicia, una violación a la Constitución, que es la madre de las leyes. Y con esto, queridos ex cadetes, como en el truco cantemos ¡está todo dicho! y dejemos lugar para gozar del postre”.

En esta carta, trato de analizar los comentarios efectuados en un almuerzo con una promoción del querido y recordado Liceo Militar General Belgrano, de Santa Fe y lo conversado creo que nos viene bien a todos, sin excluirme a mí mismo.