Edición del Jueves 09 de febrero de 2012

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El Flaco Spinetta: entre “Muchacha” y “Gricel" - Opinión Opinión

El Flaco Spinetta: entre “Muchacha” y “Gricel"

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Rogelio Alaniz

Lo mío es el tango, no el rock. Lo digo sin orgullo y sin culpa. Simplemente lo digo. No sé si está bien o está mal, pero es así. Alguna vez, hace muchos, muchos, años, creí que había una competencia entre el tango y el rock y en esa competencia yo estaba del lado de Carlos Gardel, Edmundo Rivero y el Polaco Goyeneche. Después aprendí que lo mío más que un juicio de valor era un prejuicio, un prejuicio tonto pero persistente como todo prejuicio.

Hoy creo haber superado esos límites. Tanto creo haberlos superado que más de una vez he llegado a preguntarme si mi distancia con el rock no me significó haberme perdido algo importante. No es este el momento para enredarme en esas disquisiciones, pero a esta altura del partido puedo estar en condiciones de decir que soy un tanguero que escucha rock nacional sin ponerse colorado y sin sentir culpas.

El que me enseñó a salir de los esquemas fue el Flaco Spinetta. Nunca lo conocí, nunca pedí una entrevista con él y nunca se me ocurrió ir a un recital de rock paro escucharlo. Pero aprendí a disfrutar de su música. Aprendí a respetar su audacia creativa, su inconformismo, sus permanentes búsquedas, esa capacidad para darle un sonido diferente a cada canción, para no repetirse, para no ser anacrónico.

Nadie como él para percibir lo concreto, pero percibirlo como poeta, es decir, como creador. Su talento para cambiar siendo siempre el mismo, me resultó tan novedoso como su permanente vigencia. Pocos, muy pocos en la Argentina pueden darse el lujo que lo lloren tres o cuatro generaciones con auténticas lágrimas de dolor y agradecimiento. Que a un veterano de más de sesenta años se le llenen los ojos con lágrimas parecidas a las de una adolescente de quince que muy bien podría ser su nieta, es algo muy raro. Esa novedad, esa suerte de alianza generacional Spinetta pudo trazarla a fuerza de genio, inspiración y decencia intelectual.

Yo lo descubrí a Spinetta a través de “Muchacha”. Siempre en estos casos las recomendaciones son importantes. Sobre todo si vienen del mismo “palo”. En este caso se trató de un amigo que hacía muy buena música y que disfrutaba de la poesía de Ungaretti y Bretón y de los tangos de Contursi y Expósito. Fue él quien me dijo que prestara atención a esos “flacos”. Me lo dijo varias veces. Hasta que una vez le hice caso. Le hice caso y no me arrepiento. No era lo mío, pero me gustó. Y me gustó mucho.

“Muchacha” me pareció un poema hermosísimo cantado de una manera extraña. Después supe que esa manera “extraña” de cantar era la marca en el orillo del Flaco Spinetta. Siempre me gustaron las letras que cuentan historias. Bellas historias de amor. “Muchacha” pertenece a ese linaje. No se quién me dijo una vez que la historia real trata de una chica que a alguna hora de la madrugada abandona el cuarto, abandona al hombre que está durmiendo con ella y sale sola a la ciudad dominada por una extraña angustia. En ese vagabundeo nocturno, muere.

No sé si esa historia es real o ficticia. Mi información sobre el mundo del rock, sus leyendas y sus mitos son incompletas. Tampoco importa demasiado que la historia sea cierta, porque lo que vale en todos los caso es el poema, sus imágenes, la manera singular de interpretarlo. Se dice que la heroína del poema se llama Cristina Bustamante. Es lo que me dijeron. Datos menores que inevitablemente acompañan a un gran poema, pero que no deben de hacernos perder de vista lo importante. ¿Y se puede saber qué es lo importante? Como no. La calidad de la letra, la complejidad innovadora de los arreglos musicales, la manera singular de interpretarla por parte del Flaco Spinetta.

El pibe que decía llamarse Luis Alberto Spinetta entonces tenía diecisiete años. Era un mocoso, me dijo un tanguero. Le recordé que esa edad debe de haber tenido Celedonio Flores cuando escribió “Mano a mano”. Y mucho años más no tenía ese gordito que tocaba el bandoneón como los dioses en el Marabú y que nadie sabía que se llamaba Aníbal Troilo. Era un mocoso, claro está, pero no cualquier mocoso escribe “Muchacha”.

Se dice que “Muchacha” se estrenó en el Instituto Di Tella. El célebre Di Tella de los años sesenta. El Di Tella de Marta Minujin y Romero Brest. El Di Tella de los experimentos vanguardistas, el de los “happening”, los sótanos y las exposiciones de pinturas abstractas. Allí se presentó la banda que decía responder al nombre de “Almendra”, integrada entonces por Emilio del Guercio en el bajo, Rodolfo García en batería y Edelmiro Molinari en guitarra. Como Julio César los muchachos podrían haber dicho sin exagerar: “Vini, vidi, vinci”.

Insisto, gracias a “Muchacha”, “Laura va” y “Ana no vuelve”, superé mis prejuicios contra el rock nacional. Después vinieron otras novedades que me sacudieron: “Avellaneda Blues”, “Catalina Bahía”, “Mañana del Abasto”, “Lunes otra vez”, “Yo vivo en esta ciudad”, “De regreso Mirta”. El tango y el rock en sus mejores expresiones no eran tan diferentes. Y en más de un punto se parecían porque, como dijera Fontova: “El tango es como un espíritu, siempre está ahí”.

Después -claro está- tuve que vencer la otra tentación: la de creer que el rock era la versión actualizada del tango, que los muchachos de hoy eran los herederos de los muchachos de antes, que entre “Mi noche triste” y “La Balsa” o entre “Milonguita” y “Muchacha” o entre “Afiches” y “Cantata de los puentes amarillos” había un hilo de continuidad.

También fue Spinetta el que me enseñó que estaba equivocado. Que eran diferentes y estaba bien que lo fueran. Que en todo caso lo que había en común era una ciudad y las historias de amor en una ciudad. Pero nada más. “Aunque me fuercen/ yo nunca voy a decir que todo tiempo pasado fue mejor/ mañana es mejor”. En la tradición tanguera esa afirmación sería insostenible. Allí vale el pasado, lo importante está en el pasado. Entre otras cosas porque el héroe del tango es un hombre con pasado, mientras que el héroe del rock, para bien o para mal, es un presente proyectado hacia el futuro.

El héroe del tango es siempre un hombre o una mujer mayor. No importa la edad que tengan: son mayores en lo que importa: en el dolor, en el desencanto, en la pérdida de las esperanzas, en la nostalgia. El héroe del rock es más matizado. Los personajes destilan juventud por los cuatro costados. Pueden estar vencidos, enfermos, derrotados, pero siempre son jóvenes. Pueden tener cincuenta o sesenta años, pero como Dorian Gray, han firmado un pacto con el diablo. Como el Flaco. Como Fito. Como Charlie.

A los tangueros les costó y les cuesta mucho aceptar el rock nacional. Curiosamente la apertura vino desde el rock hacia el tango y no a la inversa. Fueron Spinetta y Charlie García los que se subieron a un escenario poblado de tangueros para rendirle un homenaje a Troilo. Fueron ellos los que interpretaron sin complejos un tema complicado como “Gricel”. Y fueron ellos los que admitieron que se hacía muy difícil en la Argentina hacer música y poesía prescindiendo de la gravitación cultural del tango, de su poesía, de su calidad musical, de su capacidad increíble para fundar mitos.

Decía que “Muchacha” me reconcilió con el rock y los rockeros. No con todos, pero sí con los más importantes. Empezando por Spinetta. En estos casos hay que admitir que cada uno elabora sus propias justificaciones y crea sus propias coartadas. “Muchacha” y las demás heroínas de Spinetta se sumaron sin dificultad a mi galería de heroínas creadas por el tango. Su leyenda la incorporé a la leyenda de “María”, “Malena”, “Gricel”, “Rubí” “Tamar”. La Muchacha que recorre una ciudad que se parece mucho a la que describe “Garúa”. Una “muchacha” que tiene el corazón de tiza y la piel de rayón.

La muerte de Spinetta duele. Y duele a muchos. Como dicen los rockeros, el Flaco nunca fue careta, pero su muerte ocupó la tapa de todos los diarios. Son pocos, muy pocos en este mundo los que se dan ese lujo. Spinetta fue uno de los privilegiados por los dioses. No era careta ni le gustaba exhibirse. No alentaba idolatrías ni divismos. Tampoco posaba de “reventado”. Esa fue otra de sus grandes virtudes. Fue un tipo consagrado a lo suyo. Y a lo suyo lo hizo con inspiración y dignidad. Fue un poeta, un músico, un cantor. Un artista en definitiva. Los que lo conocieron aseguran que fue un gran tipo. Derecho, austero, ajeno a la demagogia y los golpes bajos de la farándula.

Con él se va un testigo privilegiado de su tiempo. Para los que somos mayores una butaca importante del teatro quedó vacía. Lo vamos a extrañar. Y el consuelo de escuchar su música va ser un paliativo importante a la ausencia, pero nunca va a dejar de ser un paliativo. La muerte tiene esas cosas.



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