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Especulaciones de verano: la lectura

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Ricardo Miguel Fessia (*)

Es bien cierto que el verano es propenso para varias actividades, pero brevemente quiero referirme a una de ellas; la lectura. Los que tienen unos días de descanso, aprovechan la tranquilidad para ponerse al día con esas páginas que el trajín no deja resquicio para abordar.

Pero para dar una vuelta más de rosca, quiero atenerme a las lecturas de la playa, tomando como tal aquellas que discurren sobre la arena.

No pertenece a un género literario, por lo que debemos catalogarlo por el lugar de su concreción; el sujeto sobre una poltrona, en su idea más amplia; arriba el cielo abrasador o interrumpido por un cielorraso de lona; debajo, el cálido sablón.

Ese conjunto de cuartillas, en estas circunstancias, tiene dos particularidades: atrae toda nuestra atención, no sólo por la calidad de las mismas nunca garantizadas en tiempos de incontinencia editorialista-, como por apagar el hastío de las horas destinadas al “dolce far niente”. Por otra parte el ejemplar debe padecer las más variadas desventuras que siempre atentan contra su integridad; comparten el bolso o canasto con botellas de agua o gaseosa, se intercala entre el mate y el termo, sufre el peso del recipiente plástico con los sándwiches de la vianda para salvar el ragú de media tarde, son humedecidas por la toalla o el short de uno de los chicos, un bronceador mal cerrado deja un lamparón indeleble sobre la tapa, el fino sábulo se filtra entre las páginas. Podría seguir con otras tantas desventuras del libro estival que debe sufrir esencialmente del descuido de quién lo porta y requiere de actitudes casi fanambulescas para conservar su forma originaria.

La lectura de playa es un recurso válido contra cierto tedio que llega luego de transcurrir los primeros quince minutos de exponerse al sol. Ese estado solo se puede interrumpir por un quitasol que salga eyectado por una ráfaga repentina, algún incidente en el agua y el paso de una figura sobresaliente esto depende mucho de la playa que uno elija.

De mi propia cosecha y en el devenir de esta temporada, pude advertir que no son muchos los lectores. Al propio tiempo, son más las mujeres que los hombres y dentro de ese subgrupo, la mayoría es dominada por las que cargan por lo menos tres décadas. Claro que estos datos no tienen rigor científico y tomando solo un universo limitado, del que casi a hurtadillas pude observar.

Entre los hombres, la lectura motiva más a los maduros, en comparación, a los que rondan los cincuenta.

Pero el punto en común de edades y sexo, es la necesidad de evadirse del aparente gozo de la rivera, de librarse del sonido estridente de algún inoportuno vecino que decide escuchar música con elevado volumen o bien puede ser uno de los paradores tan de moda, de la queja plañidera de una criatura y su correspondiente devolución materna a los alaridos, del palmoteo colectivo que convoca a un rescate infantil del tumulto. Para todo esto y otras tantas situaciones, el volumen de verano es el mejor antídoto.

Se advertirá que no todo ejemplar es propicio para tan específico fin. El ideal es el de lectura rápida y que en forma sencilla permite estar en ese otro mundo, en otra parte. Claro que no se excluye a ninguno, solo que un policial o alguno del vasto mundo de la literatura fantástica es una herramienta mucho más eficiente para el atribulado lector.

En el género podemos agregar alguna biografía, un ensayo, una novela histórica tan de moda en los últimos años, hasta algunos de los clásicos. Lo esencial es que nos lleve lo más recto hacia esa vía de escape.

La industria editorialista maneja muy bien el jugoso negocio que está detrás de la letra de molde. Sabe cuándo y dónde lanzar una edición y este detalle del verano no es para nada menor. Pruebas al canto; hace un par de temporadas hasta los que no son lectores tenían un ejemplar de “El código Da Vinci” y la arena estaba salpicada del rojo de su tapa con la imperturbable imagen de la Gioconda. Sin llegar a compartir en su totalidad aquellos críticos que ponen la obra de Dan Brown como el más claro ejemplo de la mala literatura, ni indagar sobre el endiosamiento de Jesús desde el Concilio de Nicea del 325 al influjo de las manipulaciones de Constantino, sin dudas fue un fenómeno comercial que muy buenas ganancias ha deparado. Tiene los ingredientes necesarios para ello: trama policial, vinculaciones de lo religioso con el mundo de la política, una pizca de pretendidas elaboraciones filosóficas, alguna incursión en un erotismo sin estridencia y una escritura lisa.

Este verano, y tal como era de esperar, arrasó el último tomo de la tetralogía que pergeño Carlos Ruiz Zafón con esa idea del cementerio de los libros olvidados; “El prisionero del cielo”. Daniel Sempere, el mocetón de la “Sombra del viento”, es ahora un hombre que lleva de la mano al lector por la Barcelona de la posguerra recorriendo calles y personajes que traman sus intrigas. De lectura agradable a la segunda línea transporta al lector al limbo impermeable a las vicisitudes playeras.

(*) Abogado, articulista, profesor titular ordinario de la Facultad de ciencias jurídicas y sociales de la Universidad nacional del litoral.

La lectura de playa es un recurso válido contra cierto tedio que llega luego de transcurrir los primeros quince minutos de exponerse al sol.

El libro estival debe sufrir esencialmente del descuido de quién lo porta y requiere de actitudes casi fanambulescas para conservar su forma originaria.



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