Al margen de la crónica
Al margen de la crónica
“El argentino querido por el mundo”
Desearía ser eterna, sólo para volver a leer mil veces cada uno de sus libros. Es uno de esos escritores cuyos relatos se entrelazan con todas las etapas de la vida, sobre todo la adolescencia. Calculo que a muchas personas les pasa lo mismo con Julio Cortazar.
El padre de los “cronopios” nació en Brusellas, en 1914 y residió en Buenos Aires hasta sus cuatro años. Pero gracias a una beca otorgada por el gobierno francés, se mudó a París, ciudad que vería nacer a la mayoría de sus obras.
Considerado como uno de los autores más originales de su tiempo, Cortázar instituyó una nueva manera de narrar. Con “Rayuela” rompió todas las estructuras preestablecidas, escapando a la linealidad temporal, otorgándole a sus personajes una profundidad psicológica pocas veces vista, y al lector autonomía en el destino que les daba a estos personajes.
Gran parte de su trabajo zigzaguea entre lo real a lo fantástico, demostrando la magnitud de su genialidad. Fue quien nos dio un invalorable “Manual de instrucciones” para la vida, quien nos asombró haciendo vomitar a un hombre infinitos conejitos, e invadió nuestra casa con misteriosos vecinos. Con “Los reyes” nos dejó una preciosa versión del clásico mito del Minotauro, quizás sólo comparable con la adaptación del mismo mito escrita por Borges.
Resulta imposible narrar en tan pocos caracteres la inmensidad de la obra literaria de Julio Cortazar. Pero seguramente, al leer este pequeño espacio, muchos lo recuerden con una melancólica sonrisa y dediquen parte de su domingo a reencontrarse con alguno de sus relatos.
Un día como hoy, pero de 1984, “el” fuego se apagaba en su amada ciudad de París.
Sobre su muerte, Gabriel García Márquez escribía: “Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo. Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estar muriéndose otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo”. Queda poco más que agregará.