Tribuna de opinión

La libertad de agremiación en los estudiantes

Alberto E. Cassano

“Somos una libertad y llenamos vuestras calles. Somos una libertad y la libertad no calla”. J. M. Estrada.

Interrumpo la serie que estoy escribiendo sobre educación por un tema que me parece que debe ser abordado con actualidad. Ordenando mi colección de páginas de El Litoral que me pueden interesar en el futuro, encontré una noticia en la edición del día Jueves 24 de noviembre, que me había sorprendido y que luego el cúmulo de obligaciones de fin de año me hizo olvidar. El título es “Ley para los centros de estudiantes”. Se propone la creación de un Centro ÚNICO en los establecimientos secundarios y universitarios. Se fundamenta el proyecto en la defensa de la libertad de agremiación, la necesidad de la participación estudiantil solidaria y la conveniencia de erradicar el egoísmo individualista. ¡Fantástico! Pero impone por ley el “unicato”.

Es un proyecto de ley aprobado en diputados que me parece totalmente regresivo, volviendo la historia cuarenta años para atrás. Parecía que desde 1965 en adelante, esa posición doctrinaria ya había sido abandonada. A lo mejor la ley ya se sancionó (aunque no la pude encontrar en el Boletín Oficial). En ese caso, este artículo sólo servirá para dar testimonio de una posición contraria a establecer los centros únicos por ley. Si todos están de acuerdo, me parece bien que haya un solo organismo. La expresión democrática por excelencia, en mi opinión, debería dejar que eso lo resuelvan, en cada caso y en cada momento, los propios estudiantes y no una ley. Porque se debe prever el derecho de los que aún no ingresaron y que podrían tener una forma distinta de pensar.

Sobre todo si su participación en el “gobierno de las instituciones”, al menos en las universidades nacionales, está contemplada en los diferentes estatutos que establecen el voto obligatorio de todos los estudiantes para elegir a sus “representantes en los cuerpos directivos”. Cosa que me parece totalmente correcta. Se inscriben y pasan a ser ciudadanos de la república universitaria, con derecho a elegir a quienes van a actuar en defensa de sus intereses.

En este caso, si la participación está asegurada de esta forma, la existencia de una ley que fija la obligatoriedad de un único centro para el manejo de las “cuestiones estudiantiles”, me parece una imposición más propia de los regímenes totalitarios que suelen tener también, un único partido político legalizado. Y si los centros únicos, servirían también para elegir a los representantes estudiantiles, sin pasar por el voto obligatorio y universal que fijan los estatutos, me parece que no es razonable. Y si además, se estableciera la afiliación automática y obligatoria a ese centro único en el momento del ingreso al colegio o universidad, creo que sería un despropósito. Se atentaría contra la libertad de agremiación que es lo que se procura afianzar.

En el año 1953 ingresé a la Facultad de Ingeniería Química, producto de una disputa familiar porque quería dedicarme a la Sociología. Entré a la universidad sin prejuicios específicos respecto de la política universitaria porque en aquellos años en los colegios secundarios lo único que existía formalmente era la UES (Peronista). Pero ciertamente era un egresado de “mi Colegio” con una estructura de lógica típicamente jesuítica que hasta hoy no he perdido y me enorgullezco de ello. Y además, desde muy chico me gustó la política y ya en 1954-55 con diecinueve años estuve entre los fundadores del Partido Demócrata Cristiano.

Lo primero que encontré fueron tres agrupaciones: El Centro de Estudiantes (reformista), la Confederación General Universitaria (CGU, peronista) y el Ateneo Universitario (social-cristiano a partir de 1957). La CGU sólo lucraba con los beneficios de ser oficialista (hasta 1955 y luego, al poco tiempo, desapareció) y no actuaba activamente en mi Facultad. Ésta, hasta pocos años atrás, se caracterizó por ser una de las más politizadas de país y, en esa época, sólo era superada por la Facultad de Ingeniería de la UBA con su famoso Centro la “Línea Recta”. Por lo tanto, la disputa ideológica estaba entre el Centro y el Ateneo que se trasladaba a otros campos también, como el cine (Cine Club y Gente de Cine), el teatro, el coro y el rugby (Universitario versus Ateneo era el clásico de la época).

Hubo dos elementos que hicieron que desde pocos meses después de ingresar y hasta hoy, no fuera “Reformista”. Las posiciones que el Centro de Estudiantes tenía sobre la Libertad de Enseñanza y sobre la Libertad de Agremiación. La mayor parte del resto de los postulados de la Reforma los compartía, como no podía ser de otra forma.

La primera, aunque muy deformada por la discusión, es conocida. En mi opinión, entre 1956 y 1958, en lugar de discutir como correspondía y en el nivel universitario, entre la “Enseñanza Pública y Privada” y la “Enseñanza exclusivamente Pública”, se planteo la famosa dicotomía Laica-Libre. Obviamente, una parte del la opinión, llevada por un profundo anticlericalismo típico de esa época y pensando que las Universidades Católicas iban a invadir el escenario nacional con cuantiosas fortunas para imponer su ideología, entablaron una frontal, honesta y noble oposición a los proyectos en danza. Personalmente, desde 1955 era el Presidente del Ateneo que defendía la primera posición. Pero esto, en estos momentos, es harina de otro costal.

Respecto de la libertad de agremiación, en aquella época había tres posiciones bien definidas. La reformista, vigente casi desde el momento en que el Dr. Josué Gollán pudo ejercer su influencia, sostenía la afiliación automática y obligatoria a un centro único. Éste elegiría los representantes estudiantiles para los organismos directivos, recibiendo también un mandato único, proveniente exclusivamente de la posición mayoritaria resultante de las votaciones en asambleas(1), (2). Su máximo y formidable dirigente era Guillermo Estévez Boero, bastante mayor que yo y de quién, a través de las disputas, aprendí muchísimo.

Las Ligas Humanistas, también con una orientación social-cristiana, propiciaban la existencia de una asociación única, como consecuencia del libre acuerdo de las partes interesadas, pero sin establecer la afiliación automática y obligatoria. Según los lugares, aceptaban el mandato único de las asambleas (Buenos Aires y La Plata) o dictámenes por la mayoría y la minoría (Sur, Tucumán y, en Córdoba, bajo la forma del Integralismo).

El Ateneo diferenciaba entre la “representación para el gobierno de la universidad (facultad)” donde proponía un régimen casi exactamente igual al que rige actualmente, con el voto obligatorio de todos los estudiantes para elegir a los delegados de los cuerpos directivos, y representación por mayoría y minorías y el “gobierno de los estudiantes”. Para éste, si había acuerdo, podía existir una agrupación única, pero sin la obligatoriedad de la afiliación automática (como ocurre ahora) o podía haber una pluralidad de instituciones organizadas de acuerdo a las diversas ideologías, si así lo decidían los propios estudiantes (como ocurría en aquellos momentos). Pero en principio, el sistema era pluri-intitucional, del que, por propia decisión podía, en un determinado lugar y momento, estar actuando sólo una. Había Ateneos también en Rosario y en Buenos Aires, pero sin ninguna vinculación con el de Santa Fe, porque se orientaban estrictamente por la doctrina social de la Iglesia Católica (que no es lo mismo que el social cristianismo en el que yo creo) y además eran mayoritariamente nacionalistas.

Por este motivo, publiqué en 1956 mi primer librito: “La libertad de agremiación, las asociaciones estudiantiles y el gobierno de la universidad”, (23 páginas) cuyo financiamiento se ocupó de conseguir Atilio Rosso, por aquel entonces estudiante de la F.I.Q. Sigo pensando que es la más apropiada.

Mientras yo estaba estudiando en EE. UU. el Ateneo sufrió una profunda transformación a partir de 1966 cuyos detalles no conozco muy bien. Cuando regresé en 1968, ya había desaparecido y la gran mayoría de sus dirigentes pasaron a organizar la Juventud Universitaria Peronista que luego sostuvo la ideología de la patria socialista y que, como los que me conocen lo saben, no lo digo en sentido peyorativo. Personalmente había abandonado toda actividad política partidista, aunque mantuve mi simpatía por el P. D. C. mientras en sus filas hubo personas del calibre de H. Sueldo y, un poco, C. Auyero. Pero hace bastante tiempo que no me siento representado por lo que queda de él.

(1) Laicismo y agremiación automática. FUL, noviembre de 1955.

(2) Porqué postulamos la agremiación automática. FUL, diciembre de 1955.