Edición del Martes 27 de marzo de 2012

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Elizabeth Taylor en el recuerdo - Edición Impresa - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Una vida tumultuosa

Elizabeth Taylor en el recuerdo

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Ni la lluvia pudo empañar la belleza de su rostro. Fotos: Archivo El Litoral

La actriz hubiera cumplido 80 años el último 27 de febrero. Fue uno de los rostros más bellos de la historia del cine.

 

Ana María Zancada

Nació un 27 de febrero de 1932, en Inglaterra. Al poco tiempo sus padres emigraron a Estados Unidos huyendo de la guerra. Su nombre completo era Elizabeth Rosemond Taylor.

Es imposible resumir su vida en pocos caracteres, pero trataremos. Siempre la acompañó la belleza. Dueña de unos hermosos ojos de un color indefinido, muchos afirmaron que eran violetas. A los 10 años conquistó para siempre los primeros planos de las cámaras de la MGM. En la película competía con la perra más famosa del cine: Lassie.

No le sucedió como a muchos niños prodigio y su fama y belleza crecieron con ella. No sabía ni cantar ni bailar, no era muy expresiva pero su rostro era el de una muñeca y luego estaban sus increíbles ojos. George Cukor no dudó: Liz sería su estrella.

Desde su debut rodó dos o tres películas por año. Filmes inolvidables como “Mujercitas”, “El padre de la novia”, “Ivanhoe”, “Una Venus en visón”, “De repente en el verano”, “La gata sobre el tejado de cinc caliente”, “La fierecilla domada”, “Quién le teme a Virginia Woolf”, entre otras. Con Cleopatra, por muchos motivos ocupó las primeras planas durante meses. A raíz de este trabajo, fue la primera actriz en ganar un millón de dólares; se suspendió la filmación varias veces, pero lo más importante, conoció a Richard Burton. Imposible saber si fue el amor de su vida, pero sí con el que tuvo la relación más prolongada, haciendo las delicias de la prensa del corazón.

¿Qué fue más notorio en su vida: sus actuaciones, sus amores, sus reiterados matrimonios, su adicción a las joyas, las drogas y el alcohol, su belleza o sus enfermedades?

Lo que sí es indudable es que fue una insaciable coleccionista de maridos, joyas y enfermedades. Pero también supo ser fiel a sus amistades como Rock Hudson, Montgomery Cliff y Michael Jackson. Todo eso contribuyó a que su nombre y su presencia fuesen requeridos por los paparazzi y las columnas de la prensa internacional.

Maridos y enfermedades

A los 18 años, se casó por primera vez con Conrad Hilton, heredero millonario de la famosa cadena de hoteles, unión que duró escasamente un año. El segundo matrimonio, dos años más tarde, con el actor inglés Michael Wilding, duró el tiempo necesario para tener dos hijos.

El tercer marido, tal vez, a creer por sus declaraciones, fue el hombre de su vida: Mike Todd. Tal vez el hecho de que éste muriera en un accidente de aviación en 1952 contribuyó a idealizar su recuerdo. Con él tuvo su tercera hija.

Pero su gran amor no fue suficiente para que a los seis meses de su viudez, sin ningún remordimiento, le birlase el marido a su mejor amiga, la dulce Debbie Reynolds, que prudentemente se hizo a un lado. Así Eddie Fisher quedó ante el mundo como una marioneta que se usa y se deja en un rincón cuando pasa el entusiasmo de la novedad. Con este matrimonio, la niña mimada se convirtió al judaísmo. La prensa no la trató muy bien entonces. Pero a Liz esos detalles no le importaban demasiado.

Estaba a las puertas de una consagración mayor. En 1962, comienza la filmación de lo que en ese momento sería el filme más costoso en la historia del cine, “Cleopatra”. Y allí conoció al hombre, que según sus propias palabras, sería el amor de su vida. No importó que Richard Burton estuviese casado. Liz ya había dado acabadas muestras de que esa nimiedad nunca fue un obstáculo para hacer su voluntad.

La relación entre ambos fue un ir y venir de peleas, escándalos y reconciliaciones. Se casaron dos veces, en 1964 para divorciarse a los diez años. Al año siguiente, en 1975 se volvieron a casar, para divorciarse definitivamente al año. Frivolidades y caprichos de quien lo tiene todo y quiere más.

En 1976, ocupa los titulares mundiales al contraer matrimonio con el senador John Warner, del que se divorcia en 1982. Pero reincide con el que sería su último marido, un obrero de la construcción, Larry Fortensky. Esta unión duró cinco años. Sobrevivió a un tumor cerebral, cáncer de piel, dos brotes de neumonía y una insuficiencia cardíaca permanente, amén de una lesión en la columna, a raíz de una caída de un caballo en sus primeras filmaciones, que sufrió de por vida.

Trabajo, fama y gloria

A partir de la década del ‘60 sus actuaciones en cine se van espaciando. No así su fama. En la década del ‘70, el teatro y la TV son su lugar de trabajo. En 1989, participa en la película para TV “Dulce pájaro de juventud”. En 1994, realiza lo que será su último trabajo para el cine, en “Los Picapiedras”. No le teme al ridículo, su nombre ya es un sello propio. Una de sus últimas apariciones fue en 2007 cuando participó en una función benéfica con la obra teatral “Cartas de amor”, compartiendo cartel con James Earl Jones. Las entradas costaban 2.500 dólares y la recaudación fue para su fundación en la lucha contra el sida, obra que emprendió luego de la muerte de su amigo Rock Hudson.

La fama y las joyas

Si bien su fama se debió en gran parte a sus escandalosos romances, no se puede negar su destacada y fructífera carrera, durante la cual se hizo acreedora a dos Oscar, por su labor en “Quién le teme a Virginia Woolf” y “La Venus en visón”, cuatro premios Globo de Oro, una distinción del Sindicato de Actores, Premio Golden Laurel y Premios Baffa, así como en Festivales Internacionales: de Berlín, el David de Donatello, y la Asociación de Críticos de Nueva York, además de las distinciones por su labor humanitaria. En 1992, recibe el premio Príncipe de Asturias por su lucha contra el sida y en el 2000 fue nombrada Dama del Imperio Británico por la Reina Isabel II.

En 2011, fue declarada la actriz más fotogénica por una encuesta en un sondeo de 1.500 personas.

Pero hay otro perfil digno de destacarse en su vida y fue su amor por las joyas. Su nombre siempre fue sinónimo de belleza, lujo, frivolidad y escándalos. Su voracidad por coleccionar maridos sólo puede compararse con su pasión por las joyas así como su mal gusto y extravagancia para elegir sus atuendos.

Desde la chaqueta diseñada por Versace cuajada de piedras, strass y lentejuelas, con su rostro caracterizada de Cleopatra, su célebre gargantilla, aros y pulsera de brillantes y esmeraldas, el diamante Elizabeth Taylor de 33,19k, el diamante Taj Mahal en forma de corazón, engarzado en rubíes con cadena de oro, diseño de Jean Cartier, la gigantesca perla La Peregrina, que Felipe II integró a las joyas de la corona española en otro diseño exclusivo de Cartier, coronando una soberbia gargantilla de perlas, brillantes y rubíes. La extravagancia y el lujo formaron parte de su vida.

Dueña de uno de los rostros más perfectos que dio el mundo del cine, su vida fue una sucesión de hechos y situaciones extremas, caprichos, deseos, acciones, movidas y nacidas al influjo de una personalidad que siempre bordeó los límites.

Cuando cumplió 60 años declaró: “He conocido los valles más profundos y las cumbres más altas. He tenido tragedias y grandes momentos de felicidad”. Andy Warhol, autor de una de sus mejores litografías-pinturas, tenía claro que gran parte del encanto y la fuerza de Liz consistía en la manera de comportarse como una emperatriz y al mismo tiempo ser sumamente vulgar.

Fue dueña de un mundo de lujo y excentricidades. Pero nada fue necesario en el momento en que la muerte, presencia inevitable en la vida, llamó a su puerta. Despojada de todo fue, a los 79 años, sepultada en el Forest Lawn Memorial Park, en Glendale, a 24 km de Los Angeles, conocido como el “cementerio de las celebridades”. Allí reposan entre otros, Walt Disney, Humphrey Bogart, Errol Flyn, Clark Gable, Nat King Cole y su gran amigo Michael Jackson.

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En “Gigante”, una de sus emblemáticas actuaciones junto al mítico James Dean.

La nota
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Junto a otro de sus grandes amigos, Paul Newman, en “La gata sobre el tejado de zinc caliente”.

Una instantánea en la céntrica plaza de Trafalgar, en Londres.

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Las joyas costosas fueron otras de sus inocultables pasiones. Su labor solidaria fue muy destacada, sobre todo tras la muerte de su entrañable amigo Rock Hudson. Fue cuando creó una fundación de lucha contra el sida.

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En la plenitud de su carrera, durante unas vacaciones en S’Agaró, España.



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Martes 27 de marzo de 2012
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