La vuelta al mundo

Chávez y la cita con lo ineludible

Rogelio Alaniz

“Morir es una costumbre que sabe tener la gente”, dice Jorge Luis Borges en su “Milonga a Manuel Flores”. La costumbre nos puede gustar o no, pero no hay manera de eludirla. Podemos hacernos los distraídos, podemos acudir al auxilio religioso, pero nada de lo que hagamos impedirá lo inevitable. Lo dijo Manrique hace casi mil años: “...Contemplando, cómo se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando...”.

La exclusiva virtud de la muerte es su carácter democrático: vale para todos, no excluye a nadie, no perdona a nadie. Calígula y Nerón no podían hacerse cargo de que a ellos también los alcanzaría. Tanto poder, tanta riqueza y no logran evitar la muerte. Esa paradoja, esa impotencia, los enloquecía aún más. Ocurre que a los hombres del poder la promesa de la vida eterna no los consuela. Para ellos el Paraíso es el poder y sus placeres, no hay eternidad que desplace esa satisfacción.

Las monarquías absolutas, sostenían que el rey ocupaba ese cargo por designio de Dios. Que el hombre designado por Dios en algún momento se muriera era un misterio imposible de descifrar. La resolución política a ese enigma se expresó en la consigna: “El rey ha muerto, viva el rey”. De una manera discreta, tácita, se empezaba a privilegiar la continuidad del orden social sobre la vida particular de un monarca. La Ilustración y el Iluminismo avanzaron aún más en esa dirección. No hace falta esperar a que el gobernante muera, porque su poder es breve: un mandato o dos, a lo sumo. Su muerte pude provocar dolor, congoja, pero no afecta al sistema, cuyos mecanismos de sucesión están previstos. Para el orden ilustrado un dirigente es importante, pero no es indispensable. La democracia, a diferencia del despotismo, sostiene el principio de que todas las personas valen y que, como dijera Napoleón y lo probara con su propia vida, cada soldado lleva en su mochila el bastón de mariscal. No deja de ser una paradoja desde el punto de vista de la filosofía política, que sostiene al individuo como punto de partida inexcusable de todo orden o creación política, al mismo tiempo, como consecuencia lógica de ese punto de vista, no deposite en una persona exclusiva la salud del orden social.

Estas verdades parecieron quedar claras en el siglo XIX, pero el siglo XX fue el siglo de la legitimación de las dictaduras y los dictadores. El fhürer, el duce, el caudillo, el jefe, el líder desplazaron el principio igualitario de la democracia. El bastón de mariscal de aquí en más descansa en una sola mochila. Los argumentos para defender este principio son diversos, pero coincidentes. El dictador sostiene su mandato por la gracia de Dios, la garcia del pueblo, la gracia de la Providencia o la gracia de la necesidad histórica. En todos los casos, de lo que se trata es de legitimar la presencia insoslayable del dictador en la historia de un pueblo. Los argumentos pueden ser de izquierda o de derecha, pero en todos los casos lo que importa es sostener la perpetuidad del poder en una persona.

El populismo latinoamericano ha recreado estas teorías en el siglo XXI. A los caudillos y dictadores bananeros clásicos les ha sucedido el líder popular. En todas las circunstancias se violenta el principio democrático de que cualquier persona en el dominio normal de sus facultades podría llegar a ser gobernante. Para este punto de vista, el conductor nace, no se hace; el conductor es alguien dotado de una infalibilidad tal que ningún humano podría estar a su altura.

Si en el mundo antiguo la religión le daba letra a los déspotas, en la actualidad la religión ha sido desplazada por esa suerte de superstición que sostiene que es el pueblo, como masa indiferenciada, como objeto, ícono o becerro de oro a idolatrar, el que otorga esa legitimidad. ¿Pero no es así la democracia? No, no tiene nada que ver con la democracia. Por el contrario, es su opuesto. La masa subordinada al líder, al jefe o al caudillo, es una construcción de poder que despoja al hombre de carne y hueso de su individualidad, para transformarlo en un objeto, un tornillo o una pieza de un engranaje superior que sólo el jefe interpreta. El pueblo de los populistas es exactamente igual al rebaño de los fundamentalistas de la edad media y esa concepción, como se podrá apreciar, está en las antípodas de la filosofía de la democracia, cuyo punto de partida es el individuo dueño de sus derechos y de su integridad espiritual y racional.

El problema que se le presenta a los dictadores eternos, es la muerte. Se puede engañar a todos, se puede entusiasmar a todos, pero lo que no se puede es eludir la cita con esta señora distinguida, como le gustaba decir a Henry James. Esta elemental lección de sentido común es la que está aprendiendo Hugo Chávez en estos meses. No sé si podrá recuperarse del cáncer que le han diagnosticado los médicos, pero lo que está claro es que el cáncer ha puesto en evidencia que él también es mortal y que a esa celada es muy difícil eludirla con bravuconadas, discursos rimbombantes o desafíos al cielo y al infierno. No viene al caso discutir si su muerte es o no deseable. Pensemos los hechos desde la perspectiva de la política y la historia y cuál debería ser la respuesta de una sociedad civilizada a la probable enfermedad o muerte de un jefe.

En primer lugar, un sistema democrático ya hubiera puesto en funcionamiento los mecanismos de sucesión. En nuestro país algo parecido fue lo que se hizo con Manuel Quintana en 1905 y Roque Saénz Peña en 1914, dos presidentes que fallecieron durante su mandato y fueron sucedidos por sus vices, sin que haya ningún trastorno institucional.

Este escenario es imposible pensarlo con Chávez, porque él no se concibe como un presidente más, sino como un héroe, una suerte de Dios a cargo de una épica que sólo él puede llevar a cabo. En un país normal, el presidente hubiera pedido licencia para atender su salud y eventualmente hubiese presentado la renuncia. El poder hubiera quedado a cargo del vice o de quien esté previsto por la ley y, en principio, no debería haber tropiezos importantes, porque se supone que una gestión colectiva de poder no puede depender de la figura exclusiva y excluyente de un hombre.

Nada de esto ocurre en Venezuela. Dios puede estar enfermo, pero nunca deja de ser Dios. Incluso, puede darse el lujo de irse a otro país con toda su corte, pero como los chicos caprichosos, al poder lo lleva bajo el brazo.

Como dicen las crónicas, en 118 días Chávez ha gastado 18 millones de dólares en La Habana. Allí se han trasladado ministros, secretarios, colaboradores, y custodios. Desde allí se gobierna o se simula gobernar. Cada vez que hace uso de la palabra, Chávez niega el carácter complicado de su enfermedad, pero además insiste de una manera patética, que Venezuela necesita de él. En una misa reciente, el sacerdote mayor, es decir, él, le pidió a Dios que le diera salud porque Venezuela lo necesitaba. Notable. Desde los tiempos de las monarquías absolutas que no se escuchaba una oración tan reveladora acerca del rol providencial del déspota.

Insisto. No viene al caso discutir si Chávez es o no un buen gobernante. O si es deseable que viva o muera. No es ése el tema que propongo como reflexión. En cualquier país, la muerte de un presidente en ejercicio provoca alguna crisis, pero en cualquier país normal esa desgracia se repara rápidamente. Hollande, Rajoy, Merkel, Obama, son importantes, pero institucionalmente su muerte está prevista por el sistema y a nadie se le ocurriría pensar que el país se hundiría en el caos por ello. Repito: Hollande, Rajoy, Merkel u Obama son importantes, pero Francia, España, Alemania o EEUU son mucho más importantes. Lo mismo no se puede decir en Venzuela, porque Chávez está convencido de que él es más importante que Venezuela.

Alguien dirá que a todos nos cuesta asumir la muerte. Es verdad. Pero acá no se trata de asumir la muerte, sino de asumir que el poder no es eterno y que lo que él hace, lo puede seguir haciendo cualquier otro. Me recordarán que los líderes existen y que no se puede desconocer su gravitación individual. Es cierto. Pero es mucho más cierto que las sociedades sobreviven a los líderes, y que nunca es aconsejable y justo suponer que existen personajes infalibles. Es verdad que en toda sociedad se constituye una clase dirigente, que en toda sociedad hay hombres que disponen de más poder que otros, pero la clave esperanzadora de la democracia consiste en seguir apostando a que como dijera un filósofo ruso, “viviremos en una sociedad libre cuando hasta la más modesta ama de casa pueda estar en condiciones de dirigir el Estado”.

La concepción del Chávez es otra. Existen el líder y la masa, el caudillo y el rebaño, el jefe y la tropa. Todo muy agradable, hasta que la señora muerte se hace presente, para recordarle al gran conductor que a la hora de la verdad somos todos iguales y que, no hay poder humano que pueda eludir la cita con la muerte.

Chávez y la cita con lo ineludible

El viernes pasado Chávez regresaba a Venezuela luego de once días de tratamiento en Cuba. Cada vez que hace uso de la palabra, niega el carácter complicado de su enfermedad e insiste, de una manera patética, que Venezuela necesita de él. Foto: Archivo El Litoral