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La fuerza del azar
El narrador es un jugador de ley, entregado a su vicio con pasión (y espanto) pero también, y ésto es lo raro, con extrema sensibilidad y lucidez. Sus apuestas preferidas se realizan en el canódromo de Londres, y en él se plasman y esfuman los sueños de propietario o de viajero echado en una isla a leer, otra de sus afeciones (o vicio inocente). Vive modestamente en un barrio bajo de la ciudad (Lowlife es el título original de la novela, que la editorial La Bestia Equilátera presenta en castellano como Jugador, en la muy buena traducción de Teresa Arijón) y en un vecino departamente de su edificio se instala una pareja con su hijito. La mujer es una resentida que no soporta tener que codearse con los pobres e inmigrantes del lugar; el hombre es un mediocre empleado que pasa todo su tiempo libre estudiando con la esperanza de ser ascendido en su trabajo; el chico es una criatura desvalida y caprichosa. El chico y el hombre caen subyugados ante el jugador y sus mentiras de riqueza (y ante su culpa, abandonar un hijo hebreo en plena ocupación nazi en Francia).
No es casual que el narrador se manifieste admirador de Zola, de Chandler y de Hammett; con ellos Baron comparte una penetración inusual para indagar en ambientes sociales, caracteres singulares y vidas oscuras. Es verdad que al género policial Baron deba también un pequeño pero evidente tropiezo de la novela, cuando el narrador se enfrenta victorioso a tres temibles matones, en unas páginas “de acción” mal cabidas en la economía general de la novela.
Sobre esta base, y sobre los empecinamientos del azar en premiar a los indiferentes y castigar a los necesitados, Alexander Baron (seudónimo de Joseph Alexander Bernstein, Inglaterra 1917-1999) escribió un texto ineludible sobre el tema, situándose con honor junto a textos antológicos como El jugador, de Dostoievski, o el cuento “As”, de Antonio Di Benedetto.