Crónica política
Un epitafio inquietante

Crónica política
Un epitafio inquietante

Rogelio Alaniz
A la señora no le ha gustado que el Congreso le rechace a su candidato, el cada vez más impresentable Daniel Reposo. O, lo que es peor aún, que haya sido sometido a un papelón tal, que al hombre no le quedó otra alternativa que presentar la renuncia para detener su propio derrumbe, derrumbe que había transitado desde la falta de antecedentes a la falta de idoneidad moral, y ya estaba a punto de llegar al ridículo. Más allá del mal humor de la señora, conviene insistir en el esfuerzo realizado por los legisladores para frenar a un incompetente. Y conviene insistir, porque una vez más hay que destacar que la oposición es necesaria en una democracia y así como algunas veces no ha estado a la altura de sus responsabilidades, hoy las ha cumplido y las ha cumplido bien.
Se dice que algunos de sus colaboradores le advirtió a la señora acerca de las limitaciones del señor Reposo. Es lo que se dice. Yo a estos rumores los tomo con pinzas, porque el esquema de poder que Ella ha construido impide que ni siquiera su colaborador más cercano pueda decirle algo desagradable o que contraríe sus opiniones y -por qué no- sus caprichos. Como Boudou, Reposo es un invento que la señora sacó de la galera y sus motivos son tan inescrutables como la voluntad del Espíritu Santo.
Se sabe que la gente que ejerce el poder suele aislarse en un clima enrarecido y cerrado que progresivamente lo desconecta de la realidad. Por eso los grandes presidentes de la historia, concientes de la inevitabilidad de ese problema, se han esforzado por reducir los efectos del aislamiento recurriendo a consejeros brillantes, quienes en más de una oportunidad les han dicho lo que no querían escuchar.
A Winston Churchill, se le atribuye haber dicho que la clave de su inteligencia residió en haberse rodeado de hombres más inteligentes que él. John Kennedy se jactaba de contar entre sus asesores a los mejores cerebros de las universidades de Estados Unidos, cerebros a los que recurría para conocer su opinión cada vez que debía tomar decisiones importantes. Al respecto, el historiador Arthur Schlesinger, uno de sus principales colaboradores, cuenta que Kennedy los reunía, planteaba el problema a tratar y se limitaba a escuchar. Después tomaba la decisión que consideraba más conveniente, pero la tomaba disponiendo de ideas originales y creativas.
Charles de Gaulle era orgulloso, soberbio y egocéntrico, sin embargo ninguno de esos atributos le impedía rodearse de hombre brillantes a los que consultaba periódicamente, porque a diferencia de alguien de “cuyo nombre no quiero acordarme”, le gustaba poner a prueba su talento con las inteligencias más reconocidas, no con las mediocridades más célebres. Su relación personal y política con André Malraux -por ejemplo- es un testimonio de la grandeza de un presidente, no de su debilidad.
Valgan estas consideraciones para observar que la señora presidente parece empecinada en hacer todo lo contrario. Ni equipos de gobierno, ni colaboradores inteligentes, ni intelectuales que le observen los errores. La exigencia es la verticalidad, el sometimiento, la obediencia. El poder concebido como patrimonio, mandato de Dios o necesidad histórica produce estas patologías. El líder se cree un ser supremo y no necesita de nadie para actuar. Es más, la inteligencia y la libertad de criterio lo fastidian y en algunos casos lo intimidan. Admitir que alguien puede tener ideas más claras, es algo inconcebible para quien se supone enviado por los dioses. Asimismo, la posibilidad de que alguien en el entorno del poder actúe con independencia, resulta intolerable y temible, porque todo poder personalizado es por definición paranoico.
Con esos presupuestos, se entiende que se privilegie la obsecuencia y se exija obediencia. En ese clima, los alcahuetes, trepadores y toda la fauna de serviles que suelen merodear alrededor del trono, están en la gloria. Abundan las manifestaciones de lealtad, pero faltan las ideas. El favorito, el hijo, la cuñada, suelen tener más influencia que el técnico, el asesor o el intelectual. El pacto político es desplazado por el pacto de sangre.Todo el poder descansa en una persona y más temprano que tarde los límites de esa concepción empiezan a hacerse visibles.
La Argentina de junio de 2012 no está pasando por su mejor momento, pero está muy lejos de transitar por el borde de un precipicio. Sin embargo, la sensación que existe es que todo está mal y que en poco tiempo va a estar peor. No es un pronóstico científico, es una sensación; más que un dato objetivo es una manifestación subjetiva. Un meteorólogo diría que la sensación térmica no coincide con la realidad. A lo que habría que agregar que en política, cuando esta situación tiende a permanecer en el tiempo, la sensación termina por imponerse y las sociedades comienzan a tomar decisiones en nombre de ella, porque ha pasado a identificarse con la realidad.
O sea que hay un desfasaje entre sensación y temperatura real. Ese desfasaje es el que pone en evidencia los límites del gobierno. No son las alteraciones de los mercados mundiales los que están afectando a la Argentina. Tampoco la supuesta labor desestabilizante de la oposición o de los diarios considerados enemigos del pueblo. El principal enemigo del gobierno es él mismo. Las últimas batallas que ha promovido lo han lastimado más a él que sus detestables enemigos.
Se dice que estamos ante un gobierno donde todos hablan demasiado y el exceso de oferta verbal termina cobrando su precio. Yo pienso lo contrario. Yo creo que en este gobierno el problema no son los excesos de ideas sino la falta de ideas. La inercia del poder es alarmante. La señora detenta el poder y lo ejerce como a ella le gusta, pero el poder sin planes, sin hombres capacitados, es frágil, inconsistente y más temprano que tarde corre el riesgo de destruirse.
¿Hacia donde marcha este gobierno? ¿cuáles son sus objetivos, sus metas? ¿con qué recursos humanos cuenta? Hoy no hay respuestas a estos interrogantes. La señora está más preocupada por el aplauso fácil y condescendiente que en proyectar su gestión hacia el futuro, apuesta más a que un golpe de suerte consolide su popularidad que al hecho de que esa popularidad sea la consecuencia de una gestión ordenada y previsible. La señora cada vez habla más y hace menos. La rigidez de sus gestos, la gestualidad levemente histérica, la tendencia cada vez más marcada a transitar por los limites del llanto y la risa, su oratoria compulsiva, ese afán de hablar de todo a cada rato, es la manifestación -conciente o inconciente- de una impotencia, al punto que muy bien podría decirse que hay una relación inversamente proporcional entre sus palabras y sus actos.
La declamada batalla contra el dólar ha dado una vuelta de tuerca más al proceso de paralización de la actividad económica. La señora habla del relato, del crecimiento de matriz diversificada con inclusión social y otras maravillas por el estilo, pero lo cierto es que no hay crecimiento, no hay matriz diversificada y mucho menos inclusión social. Los logros que se registraban en estos temas, hoy no se han perdido, pero se han corrompido y degradado.
En términos prácticos, un gobierno que se reivindica como nacional y popular ha demostrado su absoluta incompetencia para administrar la “cosa pública”. Como dijera un analista político, este gobierno ha revelado un singular talento para “crear” riquezas privadas -empezando por Ella y Él- y una singular y renovada ineficiencia para gestionar los bienes públicos.
Amplío el concepto. La inseguridad, el deterioro de los transportes públicos, la degradación de los sistemas sanitarios, la crisis educativa, el relajamiento institucional, la inflación persistente, dan cuenta de curiosas paradojas: estamos gobernados por una mujer y un puñado de funcionarios que hablan de revolución y, si se los apura un poco, no tienen empacho en decirse socialistas nacionales, pero la única iniciativa política que en los últimos años han podido sostener es la de facilitar el enriquecimiento del sector privado, mientras que la misma iniciativa y el mismo entusiasmo brillan por su ausencia a la hora de evaluar la gestión de la cosa pública.
“Ya nos hemos ganado un lugar en la historia”, ha dicho la señora con su habitual modestia. El lugar está ganado, pero lo que aún se ignora es la evaluación que de él hará la historia. Al cardenal Richelieu, por ejemplo, le preocupaba ese juicio del futuro, por lo que, para anticiparse a los hechos, ordenó escribir en su epitafio: “Aquí yace un hombre que el poco bien que hizo lo hizo mal y el mucho mal que hizo lo hizo bien”. Aconsejaría a la señora meditar sobre el inquietante y actualizado contenido político de ese epitafio.