En Familia

Cuando falta la esperanza

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Por Rubén Panotto (*)

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Presunciones de gurúes y pensadores sociales vaticinan para el siglo XXI la era del escepticismo y la melancolía. Vivimos, en este preciso momento, en una contradicción inexplicable entre el orgullo y satisfacción por el avance de la ciencia, que ha elevado la sobrevida, y el uso de esa misma ciencia para acortar esa expectativa, con que sólo medie la voluntad personal de terminarla, mediante la llamada muerte digna. Así, el determinismo ante un futuro incierto, doloroso y desesperanzado prioriza una muerte digna antes que la finalización natural de la existencia. Si quiere otro ejemplo: la ciencia ha descubierto la inseminación in vitro para posibilitar la procreación de la vida, en casos de insuficiencias orgánicas que no lo permitan naturalmente, en contradicción con la propuesta abortiva del pensamiento seudoprogresista. ¿Cuál es el punto medio de este dilema; dónde está la razón de decidir por uno u otro camino? Pareciera que las realidades de los casos que mencionamos no pasan por acceder a una vida más llevadera y placentera, sino por la falta de esperanza y la ausencia de un auténtico propósito que le dé sentido a la propia existencia. Es un hecho indiscutible que los impulsos suicidas proceden de pensamientos oscuros y desesperanzados, ante los cuales el mejor antídoto es luchar, ¿pero cómo, cuando no tenemos el control sobre lo que está ocurriendo a nuestro alrededor? Tengamos en cuenta que la esperanza es un estado de ánimo en el cual vemos como posible lo que deseamos, no obstante depende de nuestra lucha para salir de la crisis que nos paraliza. Pensemos que una crisis personal también pasará, aunque los índices y mediciones de situaciones adversas que vivimos los humanos indiquen un futuro incierto.

Gestando un cambio

Cuando uno se siente incapaz de producir un cambio en algo que es importante, la falta de esperanza complica aún más nuestra situación, por la imposibilidad de obtener eso que deseamos con mucha pasión. En la anatomía de la desesperanza, se manifiesta la depresión por la impotencia -insisto- de cambiar por nosotros mismos nuestras crisis. Nadie nace con esperanza, porque se trata de una actitud que aprendemos en el transcurrir de nuestra existencia, al enfrentar con valentía los problemas y vicisitudes sobre los que no tenemos control. Si recordamos al personaje estadounidense Macgyver, un ligero nerviosismo nos invade, recordando situaciones atravesadas por este héroe y que nosotros no hubiésemos podido cambiar, mientras él inventaba herramientas y salidas que le salvaran la vida hasta con un trozo de alambre. ¿No deberíamos adoptar una actitud de esfuerzo perseverante para ayudar a que nuestros sueños no desaparezcan? ¿Acaso la historia de los mejores descubrimientos y de vidas célebres no han sido sueños que se hicieron realidad a través del esfuerzo y la esperanza?

Una historia relata el caso de un ex soldado que había ido a recibir a un profesor que llegaba para dictar una materia en su escuela, y durante el trámite de recoger el equipaje, el joven se alejó repetidas veces para ayudar a personas que mostraban dificultades para trasladar sus maletas. Cuando regresó, el profesor le preguntó dónde había aprendido a comportarse así, a lo que el muchacho respondió: “En la guerra”. Entonces le relató su experiencia en una misión en Vietnam, que consistía en limpiar campos minados. En ese tiempo había visto cómo varios de sus compañeros encontraban una muerte prematura y dramática. “Me acostumbré a vivir paso a paso, porque nunca sabía si el próximo iba a ser el último; tenía que sacar el mayor provecho posible del momento entre alzar un pie y volver a apoyarlo en el suelo. Llegué a pensar que cada paso era toda una vida”, comentó ese joven tan particular. Esta anécdota nos ilustra que nadie puede saber lo que sucederá mañana. Si lo supiéramos perderíamos todo incentivo para vivirlo, sería muy triste la vida, y estresados por anticipado. La actitud de cambio depende de nosotros, de la esperanza que forjemos hacia adelante. Después de todo, al final no importará cuántos recursos materiales hayamos acumulado, sino cuánta esperanza se haya alcanzado en nuestro peregrinaje, para disfrutar una vida plena en este mundo y el más allá.

Acompañar a crecer

Si decimos que la esperanza se aprende, debería haber un lugar y alguien que la enseñe. En el concepto actual de familia, el sujeto adulto tiene la tremenda responsabilidad de ser referente visible y de promover la fe, la esperanza y el amor ante los niños, niñas y adolescentes. En nuestro país tenemos una ley que creó el Sistema Integral de Protección de Derechos para este segmento fundamental de la población que son los niños y adolescentes. En ella se reconocen y establecen las responsabilidades de padres y adultos, como así también del Estado y la sociedad. La psicóloga Eva Giberti, directora de la maestría en Ciencias de la Familia de la UN de San Martín Argentina, expresa que “las familias deben saber que criar no equivale a mandar, sino a acompañar a crecer”. No hay otra manera de hacer crecer a una persona sin el condimento de la esperanza en el porvenir, en la posibilidad de forjar entre todos un mundo mejor.

Como siempre en la Biblia, como el libro de la sabiduría, encontramos esta expresión: “Recordemos que antes, separados de Cristo, estábamos excluidos y ajenos a sus promesas, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Jesucristo, Dios nos ha acercado”. Lo que nos mantiene vivos es la esperanza ¿no le parece?

(*) Orientador Familiar