Al margen de la crónica
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James Bond por un día
Los secretos mejor guardados del mundo del espionaje han quedado al descubierto en una exposición en Nueva York, donde se revela que las agencias de inteligencia pueden obtener la información más delicada valiéndose ya sea de la alta tecnología de un satélite espacial, o de una simple caja de fósforos.
“El espionaje es una herramienta que los países usan para protegerse y asegurar la estabilidad de las naciones”, sostiene Jim Arnemann, director del museo Discovery Times Square.
En sus instalaciones se exhiben sorprendentes objetos cedidos por agencias como la CIA, el FBI o la legendaria KGB soviética.
La lista es larga y se compone de artilugios abracadabrantes como un robot con forma de pez gigante llamado Charlie o una cápsula que permitía tomar imágenes desde un satélite espacial, así como de cámaras diminutas hábilmente camufladas en cajas de fósforos, paquetes de cigarrillos, tostadores o alarmas de incendios.
Tampoco faltan los dispositivos de escucha instalados por los servicios de inteligencia checos en las suelas de unos zapatos destinados a un embajador estadounidense, que recuerdan al “zapatófono” del superagente 86, Maxwell Smart.
También hay ejemplos de que nada es lo que parece, como una cáscara de nuez capaz de albergar microscópicos documentos.
Algunos de los objetos se convirtieron en peligrosas armas, como el hacha que causó la muerte de Leon Trotsky a manos del agente español del NKVD Ramón Mercader, cuyas gafas, rotas en el forcejeo que mantuvo con los guardaespaldas de Trotsky tras asesinarlo, también se exhiben en esta muestra.
Otras armas no resultaban tan aparentes, como un paraguas ideado por el KGB, con el que se mató al desertor búlgaro Georgi Markov en 1978, inyectándole un perdigón de veneno, o un simple alfiler, también impregnado con veneno, que los espías llevaban oculto en el interior de una moneda de plata, para suicidarse en el caso de ser capturados.
Todo ello para luchar “contra el comunismo, el terrorismo o los cárteles de drogas”, según explica Arnemann, y en escenarios tan diversos como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, o en el desierto de Afganistán luego del atentado contra las Torres Gemelas en 2011.
“El cine, con películas como las de James Bond, hizo que el espionaje intrigue al público pero, en ocasiones, la realidad es mucho más excitante que la ficción. Y aunque este mundo no contiene pantalones que explotan ni coches extravagantes, las cosas simples que se usan para recabar información a veces las superan”, apuntó Arnemann.
El visitante, además, tiene la posibilidad de convertirse en agente secreto por unos momentos a través de distintas propuestas interactivas.
Entre ellas la de una cabina que distorsiona la voz o una habitación que se ha de cruzar esquivando una telaraña de rayos láser para no hacer saltar las alarmas y exponer los secretos más recónditos de la exposición.