Opinión

Disquisiciones sobre el ajuste

Las declaraciones de las presidentes Dilma Roussef y Cristina Kirchner contra los ajustes económicos, tienen mayor valor retórico que real, ya que a nadie escapa que hasta los gobiernos más sensibles al problema de la pobreza, en algún momento deben plantearse controlar el gasto público, ya que guste o no, el desborde de las cuentas públicas se traducirá en graves desajustes económicos que golpearán sobre la sociedad.

Esta realidad crítica ya la han asumido los Estados Unidos y Europa, víctimas del endeudamiento excesivo. En el caso de EE.UU., la Reserva Federal ha inyectado en la economía una enorme cantidad de dólares para salvar a los bancos y evitar una catástrofe social. Sin embargo, la reactivación es más lenta de lo esperado, realidad que incomoda a Obama porque las elecciones se acercan y a pocos le interesan los cuestionamientos dirigidos contra Alemania por su ortodoxia en el combate de las crisis.

Que los dirigentes sindicales se opongan a los ajustes económicos, es previsible y responde a una lógica sectorial. Menos entendible es que los gobiernos manifiesten un comportamiento parecido, aunque en América latina el populismo ha impregnado las políticas y fomentado la irresponsabilidad que supone imputar todos los males de la economía a las multinacionales, el imperialismo y los economistas neoliberales.

En parte, la reacción es entendible por los daños que en su momento ocasionaron las políticas -igualmente irresponsables- de un neoliberalismo a ultranza. Pero la inversión lisa y llana de la polaridad político-económica es otro dislate. La seriedad, la sobriedad y la prudencia exigen un análisis más sereno, inteligente y consistente, no sólo en la Argentina, sino en países como España, Grecia o Francia, cuyos gobiernos no vacilan en responsabilizar a las disciplinadas prácticas gubernamentales de Angela Merkel por sus desgracias.

El reclamo luce arbitrario e injusto. Porque a la hora de la verdad, el precio de la fiesta de los últimos años deberá ser pagada por los contribuyentes alemanes, que tienen recursos porque el gobierno no los ha dilapidado. Para Hollande, como para el premier griego, el ajuste debería ser desplazado por políticas de crecimiento que reclaman un mayor gasto público. Entre tanto se habla poco de los abrumadores niveles de evasión fiscal en Grecia y del gasto indiscriminado de los fondos aportados por la UE para promover su economía.

Lamentablemente la realidad circula por otros carriles y la economía capitalista globalizada es mucho más compleja que las pretensiones humanitarias -y muchas veces oportunistas- de algunos jefes de Estado. Por duro que sea, quienes han vivido durante años por encima de sus posibilidades deben afrontar las consecuencias de sus conductas. Lo que se debe discutir, en todo caso, es la racionalidad del ajuste para que el remedio no sea peor que la enfermedad. Pero los que se excedieron deben afrontar su error y aprender de él.