Génesis
Génesis
Por Carlos Catania
Una querida amiga confesó que se había aburrido en Grecia: “No había más que ruinas”, dijo. Barrunté que, en realidad, conocía sólo el nombre de Grecia. Al igual que tanta gente, ignoraba las significaciones del objeto. Recordé al señor que durante una cena denostó la figura de Karl Marx. Lo interrogué acerca de las obras que había leído del filósofo, sociólogo y economista alemán. Respondió que ninguna pues “no le hacía falta” (sic). Respuesta, por cierto, delatora de un alto grado de ingenuidad y también de estupidez, muy común en esta época.
Me pregunto de qué sirve visitar Praga si desconocemos la obra de Franz Kafka. Se me objetará que la capital de la República Checa es una de las ciudades más bellas del planeta, y su historia (que incluye la ocupación alemana, la rusa, su famosa “Primavera”, etc.) resulta tan apasionante como dolorosa. De acuerdo. Sin embargo, en lo que a mí respecta, me inclino por respirar el aire, pisar el suelo e indagar rincones de los permanentes, con una suerte de devoción y asimismo de altanería. “Estoy donde estuvieron ellos”. Pero ésto necesita un escolio.
Volvamos a Grecia.
Aparte de un vibrante sentimiento general, experimenté dos encuentros conmovedores. En horas del atardecer, al descender de la Acrópolis, me introduje en las ruinas del teatro de Dionisio o Dioniso (Baco para los romanos), que aún conserva su forma original. De pie en medio del “escenario”, recité unos versos dirigidos a mi esposa Indiana, que me oía claramente pese a hallarse sentada en lo más alto de la gradería. De pronto, saliendo de la nada, se presentaron los que han sido para mí grandes amigos: Esquilo en primer lugar. De sus ochenta obras, siete han llegado a nosotros. Pude ver a los actores, con sus máscaras y coturnos, representar Prometeo encadenado, quien robó el fuego de los dioses para entregarlo a los hombres.
Después apareció Sófocles (496-406 a. de C.) y los actores me ofrecieron Edipo Rey, que comparte con Electra y Antígona el sitio de mis predilecciones. El determinismo, irrevocable y casi mágico, poder divino que influye en los destinos humanos rige las acciones. Pensando en nuestra época podemos aventurar concomitancias. No se trata de “volver” al pasado, ni pensar que ese pasado fue mejor. La astucia consiste en destacar también las diferencias entre los “valores genéticos” (valga) que nos legaron como cuna que fueron de la civilización occidental y la idiosincrasia de “las civilizaciones” actuales.
Acto seguido se hizo presente Eurípides y me ofreció su versión de Electra, según la cual Helena no estuvo en Troya (Ilión), pues Zeus con el objeto de suscitar guerras y muertes de hombres (así lo aseguran Los Dioscuros, Cástor y Pólux casi al final de la tragedia) envió a Ilión una falsa imagen de la mujer. Los personajes de Esquilo y Sófocles respondían a una suerte de idealismo (los hombres como debían ser); los de Eurípides a la realidad (los hombres como eran), vulnerando así la concepción aristocrática de la existencia. Aparecen ahora personajes sencillos, campesinos, esclavos, mendigos... “Ya entonces es posible distinguir claramente entre una cultura propia del pueblo entero y la de una élite espiritual (...) invenciones del poeta que se dirigen a la selección espiritual, de las que se orientan hacia la masa del pueblo” (1). La tan discutida katarsis, ¿se produce hoy en nuestro buen teatro?.
Yo aguardaba de Eurípides mi tragedia preferida, pero Aristófanes irrumpió de pronto y en la gradería estalló la risa.
En otra parte he señalado ya que los griegos no eran unos santones, lo que se echa de ver en las comedias de este genio, gracias al cuál, de manera más directa que en un compendio histórico, conocemos costumbres, pensamientos, vicios, virtudes, porquerías, alimentación, política, humor, creencias religiosas, personajes del pueblo y de la guerra, de la filosofía y el arte, etcétera. En su Poética, Aristóteles sostiene que no hubo comedia antes del 400 a 388 a. de C. Se presume que el nombre proviene de Koomos: regocijo popular, alegría, festejo escandaloso. Y allí, de pie en medio de la arena, percibí las réplicas picantes, a menudo desfachatadas, las críticas implacables a políticos y filósofos, disparadas desde Las Nubes. Vi que Sócrates, en la gradería, se ponía de pie para que los espectadores apreciaron que tan parecido era su rostro comparado con la máscara del actor que los representaba.
Aguardé en vano la resonancia de Las Avispas, de Las Ranas, de Las Aves, de Lisístrata... pero el sol se ocultaba ya; las sombras se adueñaban poco a poco de Atenas y de mi imaginación. Confieso que las vivencias inolvidables de aquel momento aún perduran en mí. Por así decir, mi conocimiento teórico había dado paso al núcleo de la realidad. Después me dediqué a observar al griego actual y gustar de sus comida (ya se ha dicho que la cultura entra también por la boca).
Días después nos dirigimos al Pireo y embarcamos rumbo a la isla de Mikonos. El mar Egeo me trajo a la mente aquellas mil embarcaciones que partieron rumbo a Troya con el objeto de rescatar a la mujer de Menelao. Evoqué a Homero, padre de los trágicos y maestro de la épica griega. Poco se sabe de la vida de este rapsoda ciego, nacido en la época heroica, siglos antes de los trágicos mencionados. Existe una palabra que en este momento no estoy seguro de escribirla bien: sifronncine (o algo parecido). Significa que al leer a Homero, éste se “pone en movimiento”. Vale decir: su voz, con la mejor de él, llega a nosotros y nos traslada en su propia barca, como lo hizo con tantos seres humanos a lo largo del tiempo.
Y paso ahora a mi segunda emoción.
Al entrar al Hotel Petazos y enfrentarme con una de las recepcionistas, recibí una descarga eléctrica (se ruega no considerarme exagerado). La muchacha nos preguntó en inglés de donde veníamos. Respondimos y a mí se me ocurre preguntarle el nombre. Ella dijo con voz muy suave: Ifigenia. Como un tonto reblandecido mis ojos se humedecieron. Entre todas las obras de Eurípides y entre todos sus personajes, Ifigenia ocupaba el primer lugar en mi mente y sentimientos. En otra ocasión trataré de explicar el por qué de la pasión que sentía por aquella jovencita (me refiero al personaje, no a la recepcionista).
(1) Werner Jaeger. Paideia. Cap. IV.
Hay turistas que sólo ven piedras y ruinas en Grecia. Foto: Archivo El Litoral