El milagro cristiano

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“Cristo sosteniendo la cruz”, de El Greco.

Pbro. Hilmar M. Zanello

Se entiende por milagro, según la Sagrada Escritura, un acontecimiento o hecho en el que el hombre ve la acción de Dios; un hecho en el cual se manifiesta particularmente claro el poder salvador de Dios.

Desde esta luz analizamos la historia del cristianismo desde sus inicios; su permanencia a través de los siglos, habiendo superado todas las crisis humanas por difíciles que hayan sido.

Es que el cristianismo tuvo su origen no por la fuerza de un poder humano, sino como un movimiento histórico de unos pocos iluminados y fortalecidos por la Resurrección de Jesucristo.

Pero este comienzo revela un hecho histórico, donde aparece todo el “poder sobrenatural” de Dios.

Trasladémonos imaginativamente a los orígenes de la historia cristiana.

Regresemos a aquel 7 de abril del año 30 (según tradiciones). Moría crucificado en la Cruz, Jesús de Nazaret, personaje histórico de quien nadie pudo negar su existencia.

Jesús, enviado por su Padre Dios para la salvación del hombre, iba actuando con todo el poder de una palabra esclarecedora que llenaba de esperanza al hombre en busca de su propia dignidad; un hombre cuyo pueblo soportaba la esclavitud del Imperio Romano con todas las carencias de una vida sometida.

Prometía para la vida de entonces una manera nueva de vivir, con un sentido de novedad en los valores que traían metas contrarias a las propuestas de la cultura pagana.

Él quería reeducar al hombre con principios nuevos que orientaban hacia la fraternidad, la solidaridad, el amor, la no violencia y la justicia.

Descubría para el ritmo religioso de la humanidad la cercanía de un Dios Padre comprometido para el hombre con una vida liberada de toda esclavitud opresora, ya se llamase odio, egoísmo, hambre, violencia o soberbia.

Sus discípulos en el libro del Apocalipsis, sintetizaban su mensaje en palabras liberadoras: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21,5). La Biblia de Jesuralén traduce: “Mira que yo hago un mundo nuevo”.

Esas palabras sintetizaban el proyecto de Jesús de Nazaret, que Él llamaba “El Reino de Dios”.

Más tarde San Pablo pedía a sus seguidores de Efeso: “Revistanse del hombre nuevo creado por Dios en la justicia y la verdad” (Efee 4,24).

Pero en ese 7 de abril del año 30, Jesús moría víctima de acusaciones religiosas como blasfemo, hereje, también como persona peligrosa para el Estado.

Ahora, frente a este fracaso y derrota “aparente” de este proyecto del Reino de Dios anunciado y prometido, ¿quién se hubiera atrevido a firmar a favor de Jesús la creencia de sus palabras?

¿Quién hubiera podido asegurar la permanencia y cumplimiento de sus promesas?

Podemos preguntarnos ahora, ¿por quá el grupo pequeño de seguidores de Jesús se sintió inesperadamente fuerte?

¿Qué los hizo capaces de esto? Tan por encima de sus facultades culturales, contra los poderes establecidos, con persecuciones y martirios sin ventajas compensatorias.

Muerto el maestro de Nazaret, sus discípulos se habían dispersado en distintos lugares para protegerse de las amenazas de ser perseguidos de la misma manera que su líder.

Seguramente habrían escuchado aquel sarcasmo burlesco de sus enemigos, ahora triunfantes, cuando desafiaban al mismo Jesús de la Cruz “Ha salvado a otros y el no se pude salvar” o que “baje de la cruz como rey de Israel para que veamos y creamos” (Marcos 15,32).

Pero Jesús muere y no baja de la cruz.

En este pequeño de seguidores reinó el desaliento y el dolor de una derrota.

¿Quedaría algo de estos discípulos?

¿Qué pronóstico se hubiera podido formular según las leyes de la historia humana?

La respuesta de la lógica sería el anuncio de una desaparición total de este “utópico proyecto” de Jesús de Nazaret.

Sin embargo el cristianismo surge a partir de “este fracaso”.

Hombres y mujeres de la desconocida y rural Galilea se abrieron pronto camino en el mundo culturalmente helenístico y llegaron a desafiar el poder y la cultura romana.

¿Qué fuerza sintieron estos hombres seguidores de Jesús que poco después de su muerte experimentaron en sus vidas un cambio radical que los capacita para anunciar que la muerte había sido vencida y que aquel a quien crucificaron ahora había resucitado por el poder de Dios?

¿Qué los hizo capaces de todo esto?

Desde el año 30 hasta el año 313, la historia constata que los seguidores de Jesús se fueron aumentando en medio de diez crueles persecuciones, con el testimonio de cien mil mártires, hasta que el emperador Constantino declara la libertad del culto cristiano con el Edicto de Milán.

Después de veinte siglos de cristianismo, a pesar de los errores y crisis históricas, de escándalos e infidelidades de muchos de sus seguidores, la obra de Jesús de Nazaret sigue en pie, sigue existiendo, ¿cómo puede explicarse esto?

El origen de la fe cristiana va mas allá de la fuerza de un fanatismo nostálgico que no podría explicar esta permanencia, por eso apelamos a la convicción profunda de que Jesús vivía resucitado y que les había dado su espíritu, así se sintieron convocados por ese Espíritu para proclamar que la Resurrección de Jesús lo convertía en una presencia viviente.

En esa convicción de Cristo resucitado reside la clave de lo que podamos llamar “El milagro cristiano”.