Rebeldía estudiantil y degradación educativa

Riesgos que esta suerte de gimnasia agitativa de adolescentes, profesores y padres “Peter Pan” entraña para la educación.

Las vacaciones de julio hicieron que los estudiantes de los colegios secundarios porteños suspendieran provisoriamente sus medidas de lucha. El gesto no deja de ser representativo respecto del talante de adolescentes que privilegian sus vacaciones sobre la causa que dicen defender.

Como se sabe, los estudiantes de los porteños colegios Pellegrini y Nacional iniciaron hace unas semanas sendos planes de lucha exigiendo el control de un bar de la institución. Esta reivindicación, en un país con desocupados, pobreza e inseguridad parece un chiste, pero lamentablemente no lo es. En todo caso es sintomático de los valores y paradigmas que sostienen algunas franjas de la sociedad.

Como se sabe, los colegios Pellegrini y Nacional cuentan con un alumnado cuyos padres pertenecen a las clases medias y altas de Buenos Aires. No es la explotación o el hambre lo que padecen estos estudiantes que deciden tomar sus colegios para recuperar un bar o en solidaridad con un portero que quiere jubilarse. Es algo diferente, algo que tiene que ver con un cierto tipo de alienación urbana sumada en este caso a una irreverente irresponsabilidad, no de los jóvenes -que lo son por definición- sino de sus mayores: padres y profesores.

Las explicaciones sensatas acerca de que ciertas medidas de fuerza son legítimas en situaciones límite o crisis profundas, chocan en este caso contra la subjetividad de estudiantes que se dedican a jugar a la revolución con todas las comodidades y garantías del caso. Como sea, está claro que esta penosa realidad tiene lugar porque previo a la “rebelión” juvenil existen docentes demagogos y oportunistas que no vacilan en atizar inmaduras pasiones juveniles con el objetivo de conquistar posiciones en la burocracia de los colegios.

A ello se suma el activismo de sectores de izquierda que en los últimos años parecen concentrar su combatividad en la promoción de conflictos en colegios que todavía mantienen un nivel de exigencia alto, conflictos que acentúan el proceso degradatorio de la enseñanza pública. Esa “combatividad” no parece estar reñida con el afán de controlar bares y comedores para rentar funcionarios partidarios y otras bellezas “revolucionarias” por el estilo.

El panorama podría completarse con la actitud asumida por algunos padres que, por motivos difíciles de dilucidar, pretenden asumirse como “compinches” de sus hijos y alientan y acompañan su “rebeldía”.

Si lo sucedido no fuera un síntoma de cierta crisis cultural de la sociedad, bien podría decirse que se trata de un juego inocente, una suerte de travesura adolescente. Incluso no faltan quienes sostienen que este jolgorio forma parte del aprendizaje juvenil de los hijos de la pequeña burguesía, una suerte de celebración iniciática políticamente irrelevante. Ningún problema habría en admitir estas hipótesis, si al mismo tiempo no se advirtieran los riesgos que esta suerte de gimnasia agitativa de adolescentes, profesores y padres “Peter Pan” entrañan para la educación.