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Magia de permanencia

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Teresa Arijón, poeta y traductora.

Por Mariana Docampo

“Óstraca”. Poesía reunida de Teresa Arijón (Curandera, Buenos Aires, 2011).

Óstraca es la palabra que Teresa Arijón eligió para nombrar su obra reunida, publicada hace pocos meses bajo el sello Curandera. El término se emplea en arqueología para designar fragmentos de vasijas que en la antigua Grecia se usaban como borradores para aprender a escribir. Estos pedazos de materia escrita, lejos de haber llegado a nosotros como restos o ruinas de una alta civilización ya acabada, son unidades completas concebidas en su impermanencia y transitoriedad. “Lo que siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede hablar hay que callar”, dice Wittgenstein, filósofo que ronda el libro de Arijón, al intentar, en su Tractatus LogicoPhilosophicus, trazar un límite a la expresión de los pensamientos. Una primera hipótesis acerca de las posibilidades del lenguaje, de la poesía, y lo existente en Arijón: la palabra no toca, impotente, lo innombrable, ni es usada como herramienta para acercarse a lo indecible sino que dice lo posible, y constituye lo dicho en un todo desplegado y material. “Rastro de conejos / rastro de ciervos ¿qué sabemos? /¿Qué sabemos en la noche helada / bajo los pinos, / recitando el poema de Leopardi / con memoria vaga, viendo / las estrellas limpísimas que acaso / anuncian la aurora boreal?”. En el mundo estético de esta poeta, lo que “es” es aparente y provisorio: “Toda experiencia es irreal / la mano que toma el lápiz / y dibuja sobre el papel / una letra A e inicia / un alfabeto / para decir que toda vida / es nube / perfecta en su destino /siempre uno y el mismo: / la desaparición”. Sin embargo, ante la inminencia de la disolución, la poesía de Arijón, como dice Jorge Monteleone en el prólogo a Óstraca, busca “la salvación, una magia de permanencia”. La escritura no es intención de eternidad sino herramienta desesperada; incluso súplica: “Axolótl muerto / dame la fuerza de lo ilusoriamente inmóvil / la aquiescencia de la piedra bajo el cielo”. Poemas que son como rezos, que se completan con la lectura en voz alta, con los silencios que escanden el sonido, invocan e impactan físicamente a quien lee o escucha.“Vino como el tumulto salvaje del corazón salvaje, y me hizo conocer el relámpago y la selva verdadera, y olimos el aire de una gruta donde duermen murciélagos centenarios”. El gesto de nombrar, en Arijón, puede pensarse como un encuentro con lo sagrado. Lo sagrado en las cosas, no en el dios.“Miré los ojos de la langosta / negra, en el agua clara. / Ojos color miel y desconfiados / bajo la transparencia del cristal. / Eran cuatro las langostas, solo una / me miraba”.

Reflexiva y contemplativa, rítmica, precisa, sutil, inspirada, la poesía de Arijón ocupa un lugar de excepción en el panorama de la literatura contemporánea de nuestro país, y es, sin dudas, una de las más altas manifestaciones de la poesía argentina desde su origen. En ella, cada palabra ocupa su lugar exacto, semánticamente, musicalmente. Devuelve en una época en la que el lenguaje tiende a debilitarse y achica acepciones, la dimensión inaugural de la palabra, que expande y profundiza la experiencia vital, la multiplica; y también la refina. “Un calvo prematuro toma cerveza y lee al sol: / con el pie espanta a las palomas. Patea las baldosas / y ellas aletean, displicentes, dueñas de una / perseverancia, por su indolencia, / diríase que humana”.

Óstraca reúne poemas de todos los libros publicados hasta ahora por Teresa Arijón y suma algunos inéditos. La disposición de los textos en el libro quiebra la lógica lineal y propone una nueva organización que dio como resultado una rítmica numérica que agrega resonancias a las propias de cada poema. Organización, sistema, disrupción, poesía; el último poema, “2012”, está fechado en el futuro del libro (Óstraca fue publicado a fines de 2011): “El poema tiene su invierno su estado de latencia / como la tierra, ahora // latencia como inconcretud”.

 



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