De domingo a domingo
De domingo a domingo
Apología de barras bravas, salidas de presos y pagos de Boden
Hugo E. Grimaldi
(DyN)
Después de haber sobrevolado como simple turista y en plena crisis regional algunos lugares de Europa de diferentes grados de madurez socioeconómica, no resulta aventurado intentar transmitir desde la distancia una visión de la Argentina, aun considerando las anteojeras que impone siempre el microclima turístico aunque, por suerte, con el contrapeso positivo que supone la gimnasia de observación y preguntas que desarrollan los periodistas.
Aunque el uso del término parece que remite a inyectar “desánimo”, lo cierto es que ver a la Argentina desde afuera hace ruido interior, porque se evalúa todo lo que no se hace y se lamenta lo mucho mejor que le podría ir al gobierno nacional (y a los ciudadanos) si apenas se tomaran, aun de los vecinos, algunos ejemplos básicos de reglas universales.
Lo que se registra mirando desde lejos es que mientras algunas naciones avanzan como flechas y superan la línea de la Argentina y otras se desgañitan discutiendo entre todos los sectores internos las formas para mejorar y salir de sus propias miserias, al país se lo observa ensimismado, girando sobre sí mismo como un perro que intenta atrapar su propia cola, mientras políticos, empresarios y sindicalistas miran el espectáculo, unos aplaudiendo logros gaseosos (el oficialismo) y otros de brazos cruzados (la oposición) esperando un fin que nunca llega.
En tanto, en su confusión, la sociedad parece anestesiada, algunos de sus miembros gustosos por estar cobijados por un populismo tal como casi no existe en otros lugares del mundo que importan, otros por una cuestión ideológica, otros porque ganan dinero con el modelo y otro grupo importante porque no encuentra referentes alternativos.
Actuar sin ningún canon estable
Adentro de la Argentina, todo lo que se diga o se haga en materia de gobierno, pese a la baja en las encuestas de la imagen presidencial, parece que le resbala a la población. Ante este panorama, las dos intervenciones públicas que hizo en el país durante la última semana Cristina Fernández de Kirchner seguramente le generarían a cualquier observador menos entrenado que llegara desde el exterior mayor escozor.
La primera pregunta que tendría a flor de labios el visitante es si lo que dice y hace la presidenta es una estrategia meditada para acumular poder o el simple fruto de la improvisación.
Como en realidad no se sabe, ya que las oscilaciones del modelo no son sólo operativas sino también ideológicas (Axel Kicillof no es Guillermo Moreno, ni Carlos Zanini es Julio De Vido, ni Cristina es Néstor Kirchner), existe incertidumbre manifiesta, ya que no se opera como en el resto del mundo, bajo cánones más o menos estables.
En la Argentina, la regla es que el concepto de seguridad jurídica no se atiende.
Lo que surge a primera vista de esos dos discursos es que una presidenta que confunde de modo tan banal a barras bravas con fanáticos del fútbol (o negocios espurios con pasión), que justifica la salida de la cárcel de un femicida o de otros delincuentes que van a actos “culturales” sólo porque hay sintonía política (Vatayón Militante-La Cámpora) o que está dispuesta a torturar las estadísticas o a alterar la historia para ponerlas en línea con su relato, tal como lo demostró el jueves en la Bolsa de Comercio, entrega un marco poco confiable, más si ese observador es alguien dispuesto a considerar algún tipo de inversión en la Argentina.
La peste de la “asfixia de los controles”
En ese aspecto, el titular de esa institución, Adelmo Gabbi, se animó esa noche a conceptualizar en la boca del lobo un par de ideas que son las que se manejan en todo el mundo y que están, todas ellas, en las antípodas del modelo: “Para generar empleo no basta con aumentar el gasto público. Hace falta generar más confianza”, dijo. Pero Gabbi no se quedó allí y le apuntó a lo que llamó “la asfixia de los controles”, mientras Moreno miraba desde la primera fila.
Como la presidenta nunca da puntada sin nudo, lo mostró a Moreno y aludió a Ricardo Echegaray, quien esa tarde había sido imputado por un fiscal en la causa Ciccone-Boudou, debido a la moratoria extraordinaria que recibió la imprenta. “Vamos a hacer el esfuercito de poder recaudar más. Porque nadie tiene que ponerse nervioso cuando viene el recaudador. Vos tenés que pagar únicamente cuando ganás mucho. Si no ganaste nada, no tenés que pagar nada”, dijo linealmente la presidenta y el campo intuyó que ya estaba decidida la suba de retenciones a la soja de la que se habló durante toda la semana.
Habrá que esperar, ya que hasta ahora es sólo una especulación. En la respuesta a Gabbi, la presidenta aludió además a una explicación sobre la asfixia económica y la llamó “regulación virtuosa”, aunque sobre la cuestión cambiaria admitió que “necesitamos dólares”.
Claro está que en su discurso remitió la referencia a la necesidad de comprar insumos básicos, sin decir una palabra, por ejemplo, de la sangría energética que se lleva 10 mil millones de dólares al año debido a la política llevada a cabo en el sector o a la fuga monumental de capitales que ha producido la falta de lo que Gabbi mencionó como vital: la confianza.
En esta línea de omitir o de decir medias verdades, la presidenta se solazó con una historia de la deuda que explotó en 2001 y dijo lo mismo que se escucha en la calle. Para Cristina, fueron los bancos los que se quedaron entonces con la “guita” de los ahorristas y bajo ningún punto de vista admitió -como no lo admite ningún político- que las entidades financieras estaban tapadas de títulos públicos que no les servían para pagar los depósitos.
Sin mencionar la inflación ni la presión tributaria
Sin un ápice de autocrítica sobre la actualidad, donde ni la inflación ni la presión tributaria son parte del relato, CFK también teorizó sobre aquellos días de 2001, “cuando los agarraron a todos, cuando hacían el magacanje, el blindaje” y atribuyó con liviandad esos procesos a “meros asientos contables para poder retirarse de la Argentina y poner el corralito y que ningún argentino y todos los argentinos quedaran colgados del pincel. Ahí, nadie preanunciaba nada, nadie decía nada, al contrario, sacaban leyes de intangibilidad y decían que todo venía fenómeno”.
Lo que no se ha dicho desde el atril, es que en 2001 fue el sistema financiero y que hoy ocurre lo mismo con el Banco Central y la Anses. Si el organismo que administra el dinero de los jubilados quisiera buscar mayor rentabilidad, no podría desprenderse de las Letras que le dio el Tesoro, por otra parte a una tasa más baja que la inflación.
Con respecto al BCRA, la situación no es demasiado diferente, aunque aquí lo que se ha producido es que la entidad rectora del sistema financiero hoy tiene patrimonio negativo.
En cuanto al pago del Boden 2012, todo el Gobierno -y la presidenta como vocera- se prodigó en hablar de la importante reducción de la deuda externa, aunque sin decir que hoy la Argentina no tiene crédito internacional, que se le sigue debiendo al Club de París y al Ciadi y que la contrapartida actual del financiamiento que necesita el Estado está en el impuesto inflacionario, en el endeudamiento forzoso de los organismos públicos y en los menores giros a proveedores y provincias.
¿Dónde está el federalismo?
En total, la Nación debe más que en el fatídico 2001. Con respecto a las provincias, está claro que el federalismo hoy se encuentra en terapia intensiva y que eso está movilizando a los gobernadores, a algunos con mayor visibilidad que otros.
Son mucho más las comunicaciones reservadas entre los mandatarios peronistas que las que han salido a la luz en los últimos días, con Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires en primera línea. Políticos al fin, se movilizan bajo cuerda porque los une el espanto de no tener caja.
En tanto, y pese a su mala relación con el gobierno nacional, Daniel Scioli ha conseguido fondos frescos a un año de plazo y a una tasa de 9 por ciento anual, un lujo para una administración que tiene tantas dificultades políticas. El respiro puede darle al bonaerense cierto juego para intentar forzar la situación y ya se verá en cuanto tiempo lo procesa, ya que su estrategia es por ahora no romper, aunque se lo ningunee.
Igualmente, este flanco, como el de Hugo Moyano, parece haberse desinflado un poco en cuanto a la presión gubernamental, quizás porque las encuestas han hablado.
La presidenta Cristina Fernández, junto al titular de la Bolsa de Comercio, Adelmo Gabbi. Foto: DyN