Preludio de tango
Preludio de tango
El “Flaco” Alberto Morán

Manuel Adet
Una confidencia personal puedo permitirme. Mi tío Hugo era tanguero y devoto de la orquesta de Osvaldo Pugliese. En realidad, su devoción era para Pugliese y Morán. Según su saber -y de tango sabía mucho- Morán era superior a Gardel. No terminaban allí sus adhesiones. En el patio de la casa tenía una jaula con canarios. El tío aseguraba que su mayor felicidad era despertarse con el canto de los pájaros. Cuando esto ocurrió -y estaba acompañado por los amigos- decía orgulloso: “Mis morancitos”.
Mi tío Hugo exageraba, pero no mucho. Alberto Morán fue uno de los grandes cantores de la historia del tango. En una década donde brillaban los mejores, él se distinguió con luces propias. Alberto Marino, Roberto Rufino, Francisco Fiorentino, Raúl Berón y Alberto Podestá ya estaban instalados en el público. Morán necesitó de dos o tres intervenciones en el escenario y alguna que otra grabación para ganarse su propio lugar.
A los que se inician en el tango -argentinos o extranjeros- les digo que así como a Castillo hay que escucharlo con Tanturi, a Morán hay que hacerlo con Pugliese. Allí está lo mejor de él, allí están sus temas más logrados. Morán estuvo nueve años con Pugliese. Desde 1945 a 1954. En ese tiempo grabó cincuenta y cuatro temas que son un verdadero tesoro para un tanguero con sangre en las venas. A las grabaciones se suma esa otra historia que no queda registrada, pero que se manifiesta en las infinitas representaciones en bailes, cantinas, locales nocturnos y emisiones radiales.
Después están las giras por todos los rincones del país. Mi tío Hugo lo disfrutó en Córdoba y en el casino Las Termas de Tucumán. En esos itinerarios nocturnos, Morán se transforma en el ídolo preferido de grandes multitudes, pero la tribuna principal está integrada por una platea femenina seducida por su pinta de buen mozo y de varón.
Pugliese, de todos modos, no lo eligió porque era lindo, sino porque -como él mismo lo dijera- cantaba como los dioses. Sus músicos le hablaron de él y personalmente lo escuchó en el Café Nacional cuando actuaba con la orquesta de Cristóbal Herreros. Pugliese tenía buen oído y buen olfato y enseguida supo que ese pibe de algo más de veinte años era un fenómeno. Esa misma noche concertó una entrevista con él y a la semana siguiente Morán ya estaba cantando en una de las grandes orquestas de la década del cuarenta y de todos los tiempos. Su debut fue con el tango de Homero Expósito “Yuyo verde”. Sus pares en el escenario fueron Juan Carlos Cobos y Roberto Chanel, con quien grabara a dúo tres o cuatro temas memorables.
Se sabe que los directores de orquesta hacen algo más que dirigir a los músicos. Su relación con los cantantes es muy especial, al punto que muy bien podía decirse que algunos de ellos lograron su mejor nivel gracias a los consejos, los límites y las correcciones que les hacían sus directores. Roberto Goyeneche siempre se quejaba de que los directores lo limitaban, hasta que una vez se dio el gusto de hacer lo que se le daba la gana y el resultado estuvo muy por debajo de sus anteriores performances.
Con Morán pasó algo parecido. Pugliese fue quien le sugirió cómo debía colocar la voz, cómo debía trabajar el fraseo y sus correspondientes matices, cómo debía manejar su relación con los músicos. La famosa media voz de Morán es un invento de Pugliese, del mismo modo que es una enseñanza suya la delicadeza en el fraseo. Por todas esas virtudes, le dicen “maestro”.
Morán, por su parte, era dueño de un oído perfecto, una singular capacidad interpretativa y un talento especial para asimilar las lecciones. Sin embargo, cuando se alejó de Pugliese -se dice que por razones económicas- comenzó su lenta y progresiva declinación. La responsabilidad de su caída seguramente no la tuvo el pianista Armando Cupo que dirigió la orquesta donde el actuó entre 1954 y 1959, porque a esa altura del partido los excesos nocturnos, las copas y las trasnochadas habían hecho su trabajo y del talento y plenitud de los viejos tiempos lo único que le quedó al Flaco Morán fue la experiencia, la cancha para interpretar un tango con la mitad de sus recursos vocales y, sobre todo, su carisma, una suerte de atracción irresistible que ejercía sobre un público que le fue leal hasta cuando ya casi no podía abrir la boca.
Alberto Morán se llamaba en realidad Remo Andrés Doménico Recagno. Como Alberto Marino, Julian Centeya o Ignacio Corsini, había nacido en Italia, en Strevi para ser más preciso, el 15 de marzo de 1922. A Buenos Aires llegó cuando tenía cuatro años y su primer barrio, el de sus correrías infantiles y juveniles, fue el de Pompeya.
Como él mismo lo dijera en una entrevista, cantar lo hizo siempre, desde su más tierna infancia. No asistió a academias y, mucho menos, contó con profesores. Fue un autodidacta en el sentido más amplio de la palabra. A los escenarios tangueros, se subió por primera vez con la orquesta de Alberto Las Heras. Después fue el cantor estelar de Cristóbal Herreros, dos orquestas de escasa difusión pública, pero muy respetadas en el ambiente. Los memoriosos recuerdan sus actuaciones en la Confitería La Paz, de Bajo Belgrano. Su popularidad se inició en esos años, es decir, a mediados de los cuarenta. Según sus biógrafos en su mejor momento se dio el gusto de sumar treinta bailes por mes, es decir todas las noches, de lunes a domingo.
De la temporada con Pugliese pertenecen sus grandes logros, los que lo llevaron a la fama y lo justificaron como cantor. Allí están, como testimonio, el tema de Alberto di Paula y Caldara, “Pasional”. También pertenecen a ese lote “San José de Flores”, “El Abrojito”, “Quiero verte una vez más”, Remembranza”, “Antiguo reloj de cobre” y “Cobardía”, entre tantos.
Sin faltarle el respeto a nadie, ni siquiera a él, muy bien podría decirse que para 1954, Morán podría haberse retirado de los escenarios y los estudios de grabación porque con estos temas su posteridad estaba lograda con creces. Como se sabe, en 1954 Morán arma su propia orquesta, pero la responsabilidad musical queda en manos del pianista Armando Cupo y el bandoneonista Pascual Mamone para los arreglos. De ese tiempo recuerdo, por ejemplo, “Quemá esas cartas”. Con Cupo va a estar hasta 1959 y luego entre 1968 y 1970. En total grabará setenta temas, algunos muy buenos y otros olvidables.
En 1963, el Flaco estuvo con la orquesta de Leo Lipesker y en 1966 con Jorge Dragone. Sus últimas grabaciones fueron en 1986 con la orquesta de Alberto di Paula. Como dice el tango, para esa época estaba en las diez de últimas, pero sus admiradores se mantenían fieles, incluido mi tío Hugo. Su declinación no le impidió escribir algunos tangos. “Mientras quede un solo fueye”, “No quiero perderte”, “Un tormento” y “Hasta el final” pertenecen a su autoría.
Alberto Morán murió el 16 de agosto de 1997. Estaba viejo, decadente y solo. Sus estados depresivos eran cada vez más frecuentes. Una de sus últimas actuaciones fue en el Club del Vino, acompañado de su hija Roxane y el actor Franklin Caicedo. Pocos días después se descompuso y falleció en la sala de terapia intensiva del hospital Tornú.