Edición del Sábado 22 de diciembre de 2012

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Tango y bolero: ¿Te odio y te quiero?   - Edición Impresa - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango

Tango y bolero: ¿Te odio y te quiero?

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Manuel Adet

Conocí a un amigo de Roberto Goyeneche que me aseguraba que el Polaco era muy bueno para cantar tangos, pero su don secreto eran los boleros y que realmente fue una lástima que el gran público no haya disfrutado de algunas de esas interpretaciones que, según él, eran muy superiores a las de Pedro Vargas, Lucho Gatica, Armando Manzanero, Javier Solís o Tito Rodríguez. Para los curiosos, recomiendo de Goyeneche una versión de “Sabor a mí” que está circulando en grabaciones piratas. Es extraordinaria.

Algunos biógrafos de Gardel aseguran de él algo parecido. Un tema emblemático de su repertorio, como “El día que me quieras”, está más cerca del bolero que del tango. Algo parecido puede decirse de “Soledad”, “Golondrinas”, “Sus ojos se cerraron”, “Cuesta abajo”, “Volver” y, por qué no, “Caminito”. No se sabe si Gardel llegó a conocer al bolero, pero se sospecha que a ese tipo de música él la llamaba “canción” para diferenciarla del tango.

Cantores como Héctor Pacheco, Rodolfo Lezica, Jorge Valdez, Horacio Molina, por mencionar algunos, siempre se los consideró “abolerados”. En general, la mayoría de lo cantores de Osvaldo Fresedo, merodeaban alrededor del bolero. Entre las mujeres, Libertad Lamarque nunca dejó de incorporar algún bolero en sus presentaciones. No fue la única, pero fue la más destacada.

Por su parte, los cantores de boleros cada vez que pudieron se apropiaron de algún tango. El caso más conocido es el tema de José María Contursi, “Sombras nada más”, que para la mayoría de los oyentes latinoamericanos es un bolero digno de Agustín Lara o José Alfredo Giménez. El tema de Carlos Bahar, “Pecado”, también milita en el bando de los boleros, aunque fue escrito por un poeta de tango. Algo parecido puede decirse de “Las cuarenta”, de Francisco Gorrindo, un tango de hacha y tiza que Rolando Laserie abolera a su gusto y, además lo hace muy bien.

Olga Guillot y Celia Cruz cada vez que pueden se cantan un tango. Algo parecido pasaba con Leo Marini, cuyos temas emblemáticos fueron “Paciencia”, “María” y “Tristeza marina”. Lucho Gatica ha declarado que se siente muy cómodo cantando tangos, una opinión que comparte Roberto César Ianaccone, más conocido como Roberto Yanés, que trascendió como cantante de boleros, pero nunca se alejó del tango, al punto que en algún momento fue el cantor de directores como Astor Piazzolla y Osvaldo Fresedo.

Más cerca en el tiempo, Chico Novarro se destacó escribiendo boleros memorables, como “Arráncame la vida” o “Algo contigo”. Por no mencionar a Palito Ortega, con sus temas “Sabor a nada”, “A mí me pasa lo mismo que a usted” o “Primer amor”. De todos modos, no hace falta traicionar al tango para decir que poemas como “Pasional”, “La casita de mis viejos”, “Nieblas del Riachuelo”, “Nostalgias”, se aproximan al bolero. Por lo menos así intentó probarlo ese singular trío de los sesenta que se llamó “Los Cavá Bengal”, integrado por Tito Cavá y Nito y Baby Bengal. A los temas mencionados podríamos agregarle “Uno”, “Quedémonos aquí”, “Sur”, “Trenzas”, “Gricel”, “Naranjo en flor”, “Rondando tu esquina”.

Autores como José María Contursi, Cátulo Castillo, Enrique Cadícamo y Homero Expósito, son los que más se aproximan al bolero, sin dejar de pisar firme en el territorio del tango. Algo parecido puede decirse de Carlos Bahr, Luis Rubinstein y Enrique Santos Discépolo, quien alguna vez viajó a México y disfrutó de la amistad de Agustín Lara. Fue un viaje que hizo con Homero Manzi para resolver algunos litigios presentes en Sadaic. A la vuelta declaró en la revista “¡Aquí está!”, que el bolero era “la gran creación de la música popular mexicana”. Sin ir más lejos, el tango “Uno” suele ser el preferido de los cantores de bolero. Y en el caso de Manzi, ¿qué podemos decir de “Fuimos”, “Tu pálida voz”, “Después”, “Mañana zarpa un barco” o “Ninguna”?

Sucede que cada vez que un tango se pone intimista, que un personaje confiesa en voz baja un amor perdido, la cercanía con el bolero parece ser inevitable. Como me dijera un amigo: un tango cantado con suavidad o contando una historia íntima en voz baja es inevitablemente un bolero. Un tango cantado por una mujer en un local nocturno a cierta hora de la madrugada, fatalmente se acerca al bolero. Agrego por último: un tango cantado por Estela Raval con “Los cinco latinos” no pude ser otra cosa que un bolero.

El deslizamiento del tango al bolero a veces puede ser imperceptible, pero las diferencias persisten. El malevo resentido y guapo, el hombre de una sola pieza que sufre penas de amor pero promete que “jamás lo vas a saber”, habla como si estuviera enojado, lo hace con voz bronca y resentida, voz de compadrito de barrio, voz de macho en definitiva. Sin embargo, si nos acercamos al centro, las penas de amor se expresan en otro tono, con otra cadencia, en un estilo elegante si se quiere, sufrido pero discreto. Allí es cuando el tango comienza a acercarse al bolero. Tal vez no sea casualidad que la clásica orquesta de los salones de la alta burguesía, como fue la formación de Osvaldo Fresedo, enrolara a cantores que pareciera que a los versos los cantan como si fuera un susurro.

Cuando el Hotel Provincial de Mar del Plata era la cita obligada de las clases altas, la temporada se iniciaba con esas grandes orquestas de tango donde lo que se escuchaba era un ritmo suave, elegante e intimista. Pienso en Fresedo, pero también en René Cóspito, quien durante años animó con su estilo inconfundible las temporadas del Hotel Provincial.

Lo que vale para Mar del Plata vale para el Tigre Hotel o los discretos locales nocturnos de Barrio Norte. En esos salones, en esos ambientes refinados, fatalmente la orquesta estilizaba su ritmo, el cantor suavizaba sus tonos y los bailarines se desplazaban con más estilo. Los hombres con frac o smoking y las mujeres con vestidos largos, sugestivos antifaces y collares de perlas, inevitablemente necesitaba aborelarse, por lo que un sociólogo improvisado muy bien podría decir que el tango abolerado es la versión burguesa o patricia del tango a secas.

Negar que existe algo en común entre el tango y el bolero sería necio, como también lo sería desconocer sus diferencias. Ambos, en principio, nacieron a principios de siglo y no se conoce con precisión su origen. Sus temas por lo general son urbanos, pertenecen a la gran ciudad más allá de anécdotas ocasionales. Los dos géneros se proponen contar historias, historia de amor en la mayoría de los casos.

Después están las diferencias. Tengo para mí que el registro del tango es más amplio. Un tango cuenta una historia de amor, pero también la historia de una ciudad, de un paisaje de barrio, de una riña callejera, de un acto de coraje, temas que parecieran vedados para el bolero, cuyo exclusivo registro es amoroso e intimista. Dicho con otras palabras: un tango se acerca al bolero, pero siempre dispone de otros horizontes, indaga en otras zonas, mientras que el bolero es más exclusivo. Por su parte, el intimismo amoroso del bolero no lo libera de la violencia. Los desenlaces de sangre en el género son frecuentes y, en el caso de los boleros mexicanos, podría decirse que habituales. Un dato más merece mencionarse a favor del tango: es capaz de recurrir al humor, una virtud que en el bolero está definitivamente ausente.



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