“El veneno del teatro”

Una partitura de perfil colosal

Una partitura  de perfil colosal

Miguel Angel Solá y Daniel Freire son los excelentes protagonistas de la obra dirigida por Mario Gas. Ambos ofrecen soberbias lecciones de interpretación.

Foto: Gentileza producción

 

Roberto Schneider

Vida amarga como pocas la del marqués protagonista de “El veneno del teatro”, estrenada en el Teatro Maipo de Capital Federal. Enhiesto faro de penurias, aislada península de sufrimiento. A pocos como a él le fue dado de tal manera tener que beber hasta el fondo el nada metafórico cáliz de la amargura. Hubo, cuándo no -los sigue habiendo, señal de que los tiempos no cambian tanto ni tan profundamente como deberían- quienes puedan tildarlo de loco. Si conocer los padecimientos del alma hasta la raíz misma es estar loco, o en todo caso serlo, él lo es. Si saber de la soledad como de un anillo de hierro que se cierra más y más a cada infernal vuelta de tuerca caracteriza a la locura, él la conoció. Si estar en el mundo sin poder dar testimonio de él, o si ese testimonio es el de las llagas abiertas por la incomprensión, la maldad de los demás o su dureza es síntoma de locura, con su interpretación Miguel Angel Solá la experimenta, marcada a fuego sobre su carne y sobre su sangre, sobre su desesperanza, su tortura, su desvelo.

Su contrincante en la escena no se queda corto. El personaje de Daniel Freire remonta vuelo como jinete de un fogoso caballo dotado de las alas del águila más intrépida otorgando a su criatura todo su esplendor, toda su miseria, la que se inscribe entre ráfagas de luz y de tormenta. Es ese actor brillante ahora transformado en una víctima dominada por su feroz victimario. La crueldad del marqués no es más que una precaria máscara de su ternura, de su amor por el próximo. Pasajero de la vida, afincado fuertemente en la muerte, el marqués encarnado magníficamente por Miguel Angel Solá discurre por cauces atroces, en los que fluye la infamia, a veces entremezclándolos pero guiados siempre, desde el fondo de sus magníficas tinieblas, por un indeclinable amor a la criatura. De algún modo, confiesa amar y odiar al mismo tiempo y en esa áspera dicotomía se consume y se destruye.

“El veneno del teatro” es el muy buen aporte del autor valenciano Rodol Sirera. En su obra se mezclan la vida y la muerte, lo real (¿y qué es, al fin de cuentas, lo real?) y la ficción, el mundo de los sentidos tradicionales con el de otros que no lo son tanto, la alucinación y el delirio, el tormento y una extraña, por momentos, y corrosiva paz. Sus personajes recorren el mundo en busca de sí mismos, devorados por una sed casi metafísica, terrible, cósmica. Lo contundente en la certera dirección de Mario Gas es el resultado aplastante de las interpretaciones de su elenco. Miguel Angel Solá viaja y recorre el mundo en busca de sí mismo, devorado por una sed metafísica, terrible. Llega al final de un ácido viaje, escarpado: el de la vida. Viejos fantasmas lo rodean, tan espectrales como esa casa en la que intenta hacer transitar a su invitado para evitar los escollos. A su presa se acerca con la siniestra perversidad de quien es fijamente contemplado por una colosal araña que lo ilumina en su salvaje corporeidad; esa araña que puede devorarlo y que es eco o reflejo de su propia conciencia, en ese ámbito que es un mundo entre dos mundos, reacio al amor, donde todo se perpetúa entre ilusorios personajes que tal vez no hayan pertenecido nunca a la vida y donde pasado y futuro -el presente es un relámpago de maldad- conjugan sus hebras en un manto satánico, deslumbrante, atroz, fascinante.

Daniel Freire es el perfecto contrincante. Su torturado personaje, ese actor convidado a representar la muerte, advierte que ni el amor prevalece en esa habitación clausurada para el tiempo. La invitación a tomar un licor, que es en realidad la plata fundida y líquida de los siniestros recuerdos y de las contradicciones, se transforma en una ceremonia macabra y fúnebre de una liturgia final en la que será inmolado y escarnecido.

“Hemos de poner sobre el escenario todas las miserias, las angustias, nuestros inconfesables deseos, nuestros miedos. Todo aquello que no somos capaces de reconocer, ni aceptar en nuestra existencia cotidiana, la verdad, verdad, verdad... es lo que a mí me interesa... El teatro no tiene que ser ficción, ni arte, ni técnica... El teatro tiene que ser, por encima de cualquier otra cosa, el placer de transgredir las normas establecidas”, revela el marqués. La obra es como un conjuro del mal y hechiza al espectador. El texto va tejiendo la malla que permite apreciar el desbordante talento de Solá, con su imaginación que corre a torrentes por los rincones del escenario, con su capacidad creadora que no sabe de un solo desmayo, transformada en una celebración. Y con la solidez de Freire a su lado, ambos deslumbrando con una magia interior que crepita largamente y que se exterioriza en un juego de luces secretas y atroces y también fulgurantes. La mesa está servida para disfrutar de un plato servido para exquisitos. Eso sí: cuidado con los licores.