Edición del Miércoles 20 de marzo de 2013

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Orfeo en el confín de los sonidos - Opinión Opinión

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Orfeo en el confín de los sonidos

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Marta Ortiz

El confín de los sonidos (Ciudad Gótica, Rosario, 2012) reúne poemas de Carlos Piccioni escritos en el lapso de una década (2000/ 2010). Una breve nota aclaratoria advierte al lector que su búsqueda poética se apoya en la posibilidad de traducir “el eco de un universo misceláneo de eufonías y sentidos”, y que apunta a reflejar valores humanos insustituibles: justicia, amistad, belleza y amor.

La primera serie precede y prefigura la segunda, el auténtico corazón “sensitivo” del poemario: Homenaje a Elba, poemas que justifican la elección del epígrafe de Juan L. Ortiz, donde leemos que la poesía es “intemperie sin fin”, humildemente tendida “para el invento del amor”.

El conjunto que da cuerpo a El confín de los sonidos se ofrece al modo de un pretexto para traer y fijar en las líneas del poema, a la mujer amada cuya ausencia duele sin dar tregua al poeta: “... inalterables gotas de dolor, / me están doliendo”.

Así, “Ontología de domingo”, acentúa desde las primeras páginas, la marca indeleble de la ausencia “los recuerdos del amor / (no el amor)”, unida al aura de lo doméstico, de las rutinas que fundan lo cotidiano. “Ontología...” remite a su vez a “La cocina”, poema que destaca el color amarillo, el calor del centro neurálgico o corazón de la casa que amorosamente aglutina: “... hay un amor / flotando en la cocina, /que lo invade todo”.

Que lo fugaz (la voz y el sonido) se adhiera a lo perdurable (la madera de la artesanía, por ejemplo) y que lo perdurable resista la incertidumbre, es el cruce que proponen “Distancia” y “Allá Abajo”. Pero el acápite de Magrelli: “... allá en el fondo / arde la Prehistoria”, tanto como el cruce que con él establecen las líneas del poema: “La humanidad y su rabiosa sombra, / permítase al poema”, desmienten esa posibilidad: todo, sin remedio, va a parar al fondo del abismo. Acercarse además al pueblo de origen desde la materia sonora de su nombre: “Tostado”, el solo intento de tocar el pasado personal que anida en la memoria, confirman la magnitud de la pérdida. Cierra la serie, una opaca y ambigua tarde de lluvias y poesía, anticipo de ausencias: “Del universo enojoso del dolor, hablo”.

El poeta es testigo: tantea el antes: “la humanidad y su rabiosa sombra” (la Historia) y el hoy (restos de un pasado personal evocado en la figura de Elba latiendo en cada palabra, eco, sonido). “De tu brazo he bajado por lo menos un millón de escaleras / y ahora que no estás cada escalón es un vacío...” dice Montale (otro de los “grandes” interlocutores seleccionados para este diálogo, riquísimo entramado poético que incluye a Valerio Magrelli, Juanele, Rubén Vela, Padeletti, Tedesco o Girondo) en el epígrafe que abre el Homenaje a Elba. Algo del aura del mito de Orfeo y Eurídice queda flotando en estas palabras y en las del poeta que escribe El confín de los sonidos, como si encaramado en una nueva versión de Orfeo, deseara recuperar, valiéndose de su canto, de su poesía, a la mujer que amó. Luego de una breve aclaración: quién fue Elba Ducant, se suceden versos que el poeta califica de “breves” y “austeros”, una saga que bordea el frío del desamparo, y el calor del recuerdo, poemas que son la voz de un estilo recientemente inaugurado: el dolor (o una de sus formas) en un recodo de la vida, el actual. La ausencia duele, se extraña el cuerpo físico y la muerte sólo se comprende y se cree, a partir de la prueba de certeza que aporta la mirada del otro.

La serie que cierra el poemario, presidida por las palabras de Girondo: “... esa forma de ser / en el confín de los sonidos”, remite a consideraciones poéticas. La palabra insiste en la obstinación del poeta que hilvana sus versos sutiles, depurados e intensos (“palabras y finuras”); que busca derribar el dolor, cruzar umbrales y recuperar en la memoria la visión de las pérdidas; no abandona su firme voluntad órfica, aferra la memoria a sus manos “leves y musicales / están atadas, / y otra vez / cercana /al simulacro / intempestivo / de los sueños.” Persiste pero no olvida: la intemperie rige la condición humana: “Sobre esa tierra tiemblo”, sobre la muerte que arde implacable en el poema, “... como el juego imponente / de las conjugaciones / en los días y las noches del tiempo”.

El poeta se entrega dócil al juego que lo seduce, y escribe su canto; pero de sobra sabe que la mujer evocada sólo recobra vida y “fulgura” como lo expresa Graciela Cariello en su prólogo en cada verso, en cada palabra; en definitiva, en las fibras que la retuvieron en su memoria. Sabe, el poeta, que el dolor es parte ineludible en este recodo de su vida. Pero sabe también y en ella se cobija, que existe la poesía, “la intemperie sin fin”, sí, pero también maná y refugio, puerta que se abre al dolor, a la desesperación, a lo arduo: “Cuando la vida cruje vivimos /al amparo sonoro de los vientos / y de las lluvias; vivimos / cercanos a las esquivas / cumbres del arte”.


Carlos Piccioni nació en Tostado, Santa Fe, en 1945. Desde 1967 reside en Rosario donde cursó Historia en la UNR. Publicó Las palabras de todos (1981), Paisaje (1983), El sueño de las lluvias (1984, premio provincial José Pedroni en 1987); Desde el agua y el aire (2000, Premio municipal Felipe Aldana).



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Miércoles 20 de marzo de 2013
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