Edición Sábado 23 de marzo de 2013

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En Familia

La esperanza no avergüenza

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Rubén Panotto (*)

rubendpanotto@gmail.com

Los escasos años transcurridos del presente siglo XXI, se han caracterizado por un estado de decepción y melancolía. Hemos escuchado vaticinios de agoreros que hablan de cambios profundos para la humanidad, que van desde un desconocido nuevo orden mundial, hasta los más fatalistas que anticiparon fechas, el pasado año, de un inminente fin del mundo. No obstante el fracaso de tales profecías, quedó en la mente de todos la incertidumbre de que algo va a ocurrir, que algo tiene que pasar, que así el mundo no puede continuar. Las estadísticas indican que los cinco países más ricos del primer mundo registran las cifras más elevadas de suicidios de adolescentes y personas mayores. Está claro que estos dos rangos de edades son los que más padecen la desesperanza de una vida con mejor futuro.

Cuando todo parece terminarse y el panorama es de lo más oscuro e incierto, todo deriva en un sinsentido y pierden valor el esfuerzo, los proyectos, los sueños y deseos más loables que tengamos. Es aquí donde debieran surgir los valores de la fe y la esperanza, para continuar hacia adelante y cumplir con la misión asignada a la vida. No obstante, surge la decepción, y desechamos con cierto grado de pudor y vergüenza, la necesidad de aferrarnos a la fe y la esperanza, considerándolos como amuletos de los débiles e ignorantes.

En nuestro país hemos vivido tiempos de terror y dolor impensados, que exaltaron el desprecio y la muerte como caminos necesarios; sin embargo fue ahí donde muchas madres y abuelas se abrazaron a la esperanza de recuperar la vida de seres queridos y sus afectos, y obtuvieron en muchos casos el resultado de su entrega.

Historias de fe y vida

La esperanza se define como el estado de ánimo del alma, del corazón, por el cual se nos presenta como posible lo que deseamos y necesitamos. Si bien podríamos mencionar infinidad de anécdotas que exaltan el valor de la esperanza, traigo a la memoria la liberación de quince secuestrados por las Farc en la selva colombiana, a mediados del año 2008. Entre ellos estaba la conocida política Ingrid Betancourt, quien junto a sus compañeros secuestrados, padecieron años en condiciones infrahumanas, que les produjeron profundas depresiones y enfermedades que habían borrado su esperanza de vida. En esta liberación fue esencial la perseverancia y esperanza de familiares y personas, que finalmente vieron a sus seres queridos recuperados de la misma muerte.

Por otro lado, qué decir de los treinta y tres mineros chilenos atrapados a setecientos metros bajo tierra, que contagiados por la esperanza de varios compañeros cautivos, fueron rescatados luego de permanecer setenta días perdidos en las profundidades. El campamento levantado para el rescate se llamó Esperanza, y los psicólogos habían anticipado que si los mineros salían sanos y salvos, no serían los mismos por el resto de sus vidas. Es que José Henríquez, el líder espiritual de todos ellos, había llevado a cabo un trabajo excepcional, manteniéndolos animados a través de la fe y la esperanza en Dios. Samuel Ávalos, de 43 años, dio su testimonio de haber experimentado un proceso de conversión que lo hizo sentir “cerca de Dios”. Se supo luego por su pareja, que se alejó de la droga y del alcoholismo que habían marcado su vida en los últimos 21 años.

Cuál es el costo

Para poder experimentar este tipo de logro, hay que “bajarse” de la autosuficiencia que alimenta la nueva cultura del “vos podés” y aceptar con paciencia nuestras limitaciones particulares. La esperanza conlleva a tener confianza en el presente y expectativa firme en el futuro, en una relación estrecha con la fe. Cuando ejercitamos la fe, se apodera de nosotros la convicción de que nuestro deseo y necesidad nos han sido concedidos. Abandonar la incredulidad nos lleva a acercarnos a la fe y la esperanza. La fe tiene el beneficio de considerar a Dios como nuestro sustentador y a su Palabra como cierta y verdadera. Cuántas familias y personas solitarias padecen la enfermedad del desaliento por no acceder a la fe y la esperanza que Dios nos tiende cuando el viento sopla en contra y los obstáculos nos impiden ver su realidad. Cuando parece que todo está perdido, la esperanza es el recurso que el Creador pone a nuestra disposición para cumplir con los valiosos propósitos de nuestra existencia. No hay nada más triste que una vida sin esperanzas. El erudito apóstol Pablo le decía a sus prosélitos: “... también nos alegramos al enfrentar pruebas y dificultades, porque nos ayudan a desarrollar resistencia. Y la resistencia desarrolla firmeza de carácter, y el carácter fortalece nuestra esperanza, y la esperanza no avergüenza, porque sabemos con cuánta ternura nos ama Dios, porque nos ha dado el Espíritu Santo para llenar nuestro corazón con su amor”.

(*) Orientador familiar