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“Romances argentinos de escritores turbulentos”

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Los grandes escritores de nuestra tierra no sólo fueron arrastrados por la pasión de la letras; más bien parece que sus otras pasiones vitales (y específicamente hablamos de las pasiones del amor, por supuesto) fueron las que insuflaron su poesía y narrativa. Tal es la conclusión que llegamos después de leer los Romances argentinos de escritores turbulentos, que Daniel Balmaceda recoge y cuenta en el libro que acaba de publicar Sudamericana.

Incluso nuestro máximo escritor nacional, a quien increíblemente muchos siguen prejuiciando como frío y cerebral, merece casi veinte capítulos para contar sus tumultuosos idilios. En efecto, la presencia de Jorge Luis Borges es una de la más firmes en el libro. Desde los “primeros besos que incendian la noche”, intercambiados cuando tiene 19 años, en Ginebra, con una lavandera pelirroja, y el flirteo a los 20 en Mallorca, con Ángela Márquez, hasta los conocidos “noviazgos” con Estela Canto o María Esther Vázquez y el matrimonio con Elsa Astete, el autor de El Aleph se nos presenta como un hombre fácil y arrebatadoramente enamoradizo.

Otro escritor que vivió en nuestra tierra y conoció esos ciclones de la pasión amorosa que constituyen precisamente el ámbito en el que se agitan los lujuriosos en el Canto V del Infierno dantesco, es Horacio Quiroga, ciclones signados como se sabe por el suicidio.

Pueblan el libro anécdotas de encuentros, y también de desencuentros. Como el que atañe a Silvina Ocampo y Octavio Paz. Adolfo Bioy Casares, marido de Silvina Ocampo, y Elena Garro, mujer de Octavio Paz, tuvieron un gran romance. Pero también, según cuenta Silvina, ella y Octavio Paz buscaron un acercamiento citándose en una esquina de París. “El problema fue que en esa esquina había dos cafés y cada uno fue a uno distinto. Como los dos eran miopes, no se vieron. Es más, los dos se enojaron por el faltazo del otro. Pasados un largo tiempo se enteraron de que los dos habían acudido a la cita”.

Pasean por el libro de Balmaceda, Leopoldo Lugones, Delia del Carril, Norah Lange, Oliverio Girondo, Natalio Botana, Manuel Mujica Lainez, Pablo Neruda, Beatriz Guido, Silvina Bullrich, y tantos otros.

En un apartado final se nos cuenta que cuando Adelina del Carril y Ricardo Güiraldes se casaron, “fueron de luna de miel a San Antonio de Areco y quien los escoltó desde la estación de tren hasta el campo fue el gaucho Segundo Ramírez Sombra. Respecto de su historia, es necesario aclarar que no era bonaerense sino santafesino, de Coronda, la ciudad donde hiciera el magisterio Alfonsina. Esto hacía que, si bien entre la paisanada era tratado como uno más, existía algo de resquemor por su condición de ‘extranjero’. Incluso, hubo alguna bronca cuando se supo de su celebridad literaria. De una pulpería, don Segundo debió salir corriendo porque los ánimos estaban caldeados por los celos que despertaban su fama.

“¿De dónde viene el apellido Sombra? El mismo Segundo lo contó: su madre era hija de un indio y trabajaba en la estancia de Ramírez. A la señora le decían Sombra por el color de la piel y por el sigiloso andar por los aposentos”.

Y Balmaceda termina contando que en una oportunidad la viuda de Güiraldes se acercó a Ariel Ramírez para decirle que se parecía mucho a don Segundo. Sorprendido, Ariel Ramírez le dijo: “Fíjese que yo venía a preguntarle si era cierto que don Segundo había nacido en Coronda, pues una tía abuela mía me había contado que era nacido en la estancia de mis antepasados en Santa Fe”. “La viuda de Güiraldes respondió de inmediato: ‘Pues, ahora al verlo a usted, no tengo ninguna duda, estoy convencida de ello’. Los dos se fueron con la certeza de que Ariel Ramírez y Segundo Ramírez Sombra estaban emparentados”.