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Juan de Dios Filiberto, el Mozart de La Boca   - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

Preludio de tango

Juan de Dios Filiberto, el Mozart de La Boca

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Manuel Adet

Es uno de los grandes mitos del tango. Su nombre está relacionado con “Caminito”, pero sobre todo con La Boca, donde junto con Benito Quinquela Martín integran la primera línea de los próceres del barrio. Hoy una calle y una sala de teatro lo recuerdan. Fue amigo de los grandes de su tiempo. Enrique González Tuñón lo llamaba “San Juan de Dios”. Carlos Gardel grabó dieciséis temas de sus autoría, entre los que merecen destacarse “Caminito”, “Amigazo”, “La Vuelta de Rocha”, “El pañuelito”, “Langosta” , “Cuando llora la milonga”, la zamba “Yo te bendigo” y “Malevaje”, el poema escrito por Discépolo.

Oscar Juan de Dios Filiberto nació el 8 de mayo de 1885 en la muy boquense calle Necochea. Fueron ocho hermanos que desde chicos conocieron los apremios de la pobreza. Su padre era italiano y se llamaba Juan Filiberto, eximio bailarín y apodado “Mascarilla”. Su madre era Josefa Rubaglio. Según se cuenta, Juan de Dios era descendiente del general Martín Rodríguez.

Juan de Dios todavía usaba pantalones cortos cuando salió a la calle a ganarse el mango. A la escuela asistió hasta los nueve años, pero luego trajinó en otra escuela que le habría de dar ese conocimiento y sabiduría que no se suele aprender en las escuelas clásicas, pero que suele ser decisivo para afrontar las exigencias de la vida. Como todo personaje célebre, las historias que se cuentan acerca de su inicio con la música son diversas. El mito necesita para vivir de cierta ambigüedad e imprecisión.

Se dice que tenía apenas seis años, cuando en un boliche de Lobos conocido con el nombre de La Estrella escuchó por primera vez algo parecido a un tango, interpretado por una improvisada orquesta integrada, entre otros, por un tío suyo que tocaba el organito. El boliche hubiera sido uno más en uno de los tantos pueblos de la provincia de Buenos Aires, si no hubiera exhibido el honor, también mítico, de que en ese lugar alguna vez fue asesinado por una partida policial el señor Juan Moreyra.

También se dice que siendo un muchacho, un joven que se ganaba la vida trabajando en el puerto y que simpatizaba con los ideales anarquistas, le robó a un viajero inglés la guitarra y con ella participó animando los pintorescos carnavales de La Boca. Por último están los que aseguran que su inicio musical se dio aquella vez que escuchó en el Teatro Colón, donde trabajaba de maquinista, la Novena Sinfonía de Beethoven, a la que no vaciló en calificar como “mi Dios musical”. La leyenda le atribuye su despertar musical la noche en que asistió invitado por un amigo a una representación de la ópera “la Gioconda” en el Teatro Coliseo. El impacto emocional fue tan fuerte que -según se dice- allí decidió dedicarse a la música, acicateado entre otras cosas por amigos que le reprochaban su ignorancia musical.

Lo que no pertenece a la leyenda es que estudió música con los maestros Héctor Polzinetti y César Stiatessi y tomó clases de solfeo con Celestino Piaggio. Para ese entonces tenía veinticuatro años y sus conocimientos musicales eran nulos. En 1915 viajó a Mendoza a respirar aires nuevos, aconsejado por su médico personal José Ingenieros. Allí compuso “Guaymallén”, su primer tango inspirado en un paisaje que poco y nada tiene que ver con lo que los tangueros luego calificarán como música urbana y del Río de la Plata. Filiberto, como la mayoría de los iniciados en la música popular de esos años no tenía complejos de incorporar a su repertorio zambas, chacareras, aires camperos y los primeros tangos que se improvisaban en aquellos años fundacionales.

“El indio nada tiene que ver con el tango -escribe para explicar lo de “Guaymallén”- pero yo quería que mi primera pieza musical llevara un nombre autóctono”.

Sus biógrafos afirman que su primera orquesta se llamó “Orfeón los del futuro”, un nombre con resonancias libertarias. En poco tiempo se transformará en uno de los pioneros de la llamada música criolla. A los cuestionamientos de cierto periodismo respondía diciendo: “No me importan las críticas de los amargados y descreídos”.

En 1918 compone uno de sus tangos perdurables y antológicos, “Quejas de bandoneón”, dedicado a Augusto Berto. Ya para entonces es un compositor reconocido y prestigiado. En 1932 funda la “Orquesta porteña”, una formación musical en la que incluye -para escándalos de algunos- el clarinete, la flauta y el armonio. Será esa orquesta la que actuará en la película “Tango”, filmada en 1933 y que contó con la participación de Carlos de la Púa y Luis Moglia Barth. Para esa época, sus conciertos en el café Tortoni y sus temporadas en Mar del Plata son un clásico. Entre 1932 y 1936, Filiberto graba veinticinco temas para el sello Odeón, y entre 1941 y 1959 veinticinco temas para el sello Víctor. Sus vocalistas fueron Patrocinio Díaz y Jorge Alonso.

En 1923 compone la música de “Caminito”, la canción que junto con “La Cumparsita” y “El Choclo” más nos representó en el mundo. “Caminito” se constituyó en un verdadero suceso, y en la actualidad una calle de La Boca lleva ese nombre en homenaje a la creación de Filiberto. La otra calle que recuerda al tema musical está en la ciudad riojana de Chilecito. ¿Por qué tan lejos? Porque en realidad hay dos “caminitos”, el musical de Filiberto y el poético de Gabino Coria Peñaloza, el poeta que narra una historia de amor entre él y una misteriosa María, cuyo apellido don Gabino nunca quiso revelar. Todo ocurrió en la localidad de Olta, donde alguna vez llegó desde Chilecito Coria Peñaloza y se alojó en la casa de doña Filocelma Córdoba. Allí había un piano y una joven maestra de música. Y, por supuesto, un caminito, un caminito que nada nos cuesta imaginarlo bordado de trébol y juncos en flor. También hubo un apasionado romance y una promesa de amor que nunca se cumplió porque, como dice el poema, “desde que se fue, nunca más volvió”.

El poema fue escrito en 1903, veinte años antes de que a más de mil kilómetros de distancia Filiberto componga la música evocando otros caminos y otras calles que podían llamarse Magallanes, Necochea, Vuelta de Rocha. Por esos azares del destino, los dos caminitos se encontraron en 1926 en una confitería de calle Florida. El tema fue estrenado por Ignacio Corsini. Lo demás es historia conocida.

En 1938, la Municipalidad de Buenos Aires crea la “Orquesta popular municipal de arte folclórico”, y le ofrecen a él la dirección. La formación musical se mantiene con ese nombre hasta 1948, cuando por decreto pasa a llamarse “Orquesta de música popular” integrada en ese momento por cuarenta músicos. En 1955, y con motivo del Golpe de Estado que derroca al peronismo, pasa a llamarse “Orquesta de música argentina y de cámara”.

Juan de Dios Filiberto fallece el 11 de noviembre de 1964, pero diez años después nace en su homenaje la “Orquesta nacional de música argentina Juan de Dios Filiberto” dirigida, entre otros, por Osvaldo Requena, Osvaldo Piro y Atilio Stampone. Como todo creador talentoso, Filiberto fue muy discutido, pero los años han jugado a su favor, y hoy nadie le niega sus aportes musicales. A la hora de opinar sobre lo que estaba haciendo, decía: “Mi música es muchas cosas juntas, pero sobre todo es sentimiento. Claro que en arte no basta sentir, hay que saber expresar. El arte cerebral elaborado en frío, en base a técnicas rígidas y formales hechas, no es de mi cuerda. Las técnicas se aprenden, pero el fuego sagrado nos tiene que salir de adentro”.



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