llegan cartas
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Francisco, de Argentina al mundo
Fabián Ángel Savarino
Señores directores: Sin duda la elección del cardenal Jorge Mario Bergoglio como Sumo Pontífice ha causado una gran sorpresa dentro y fuera de la Iglesia Católica, si bien ya en 2005, con la elección de Joseph Ratzinger que subió al trono de Pedro como Benedicto XVI, se especuló con que el ex primado de la Argentina había cosechado un número importante de votos. Sin embargo, no fueron más que especulaciones y rumores jamás confirmados. Lo cierto es que en el último Cónclave, ese rumor cobró mayor importancia y el resultado está a la vista. Los especialistas vaticanistas habían pronosticado que la edad de Bergoglio le jugaba en contra, porque si se trataba de un Papa de transición, ese mote le cabía a Benedicto y no a otro. Se suponía, esta vez, que la idea era votar a cardenales que si bien debían reunir determinadas condiciones para afrontar los desafíos de la Iglesia actual, la edad era una de las condiciones. Se necesitaba a un ser joven, para conducir con determinación y vitalidad la barca de Pedro. Dejando atrás este breve análisis, podemos afirmar que, con el paso de los días, el Papa Francisco se ha ido instalando en la agenda de la mayoría de los medios de comunicación y despertó el interés de muchos, incluso de aquellos en quienes la vida de la Iglesia no influye en absoluto en su cotidianidad. El carisma que le imprimió el primer jesuita que llegó a lo más alto de la jerarquía eclesiástica, sin siquiera pensarlo, es casi inédito.
Si bien debemos reconocer la intensa labor que Juan Pablo II ha hecho en sus casi 27 años de pontificado y los casi 8 de Benedicto XVI, cada uno le imprimió su sello particular. No se trata, de hecho, de hacer comparaciones buscando diferencias, sino de considerar que cada uno fue la continuidad del otro con su propio estilo de conducción y de acuerdo a los tiempos en que les ha tocado ejercer tamaña responsabilidad. Francisco, cuyo nombre fue elegido por el Santo de Asís, es el Papa austero y de gran impacto, con un perfil propio, que no es ni más ni menos que el mismo que siguió en sus años de sacerdote.
Caminando las calles, llegando a la gente, un pastor que tomó el báculo y decidió hacer carne desde lo más llano el Mensaje de Cristo. Con palabras justas y firmes, con convicción y sin filtros. Esa falta de filtros fue la que generó antipatías en diversos sectores del poder político y que llegaron a tal extremo de calumnias e infamias injustificadas y hasta exageradas.
Claro, si se me permite podemos aquí trazar una analogía con Jesús. A Él también lo calumniaron y lo injuriaron, lo traicionaron y lo negaron, sólo por ser fiel a la verdad, esa verdad que a veces no sabemos reconocer y que el mismo Poncio Pilato preguntó a Jesús en el pretorio “¿qué es la verdad?”.
A sólo dos meses de su pontificado, el Santo Padre ha demostrado con gestos y palabras qué tipo de Iglesia desea, con austeridad y sencillez, pero con firmeza en su magisterio y doctrina, fiel a Jesús. Nada nuevo para aquellos que siguieron de cerca su modo de vida y su pensamiento. Sólo que ahora su testimonio es hacia la Iglesia Universal, sin límites ni fronteras.