Edición Jueves 27 de junio de 2013

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El Señor en el resumidero

Por Enrique Butti

“Eisejuaz”, de Sara Gallardo. El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2013.

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“Luna verde”, de Leónidas Gambartes.

 

Un indio mataco, “nel mezzo del cammin di nostra vita”, es decir a los 35 años, encuentra al hombre que un mandato divino le ordena asistir. El indio se llama Lisandro Vega, por nombre secreto Eisejuaz, que significa “Este también”, y a los 12 años dejó el monte en el que “ya no se podía vivir” para internarse en la civilización de Tartagal y sus alrededores. Trabaja en la misión cristiana noruega donde llegará a tener el alto rango de capataz, en el aserradero y como lavaplatos.

Varias veces le han rondado entorno los mensajeros del Señor, pero la definitiva iluminación le llega lavando copas en la cocina del hotel. En esa oportunidad fue el Señor mismo quien le habla. Tenía entonces 16 años, recién casado con la mujer que pronto lo dejaría viudo y con una cuñada ardiente. “El agua salía por el desagüe con su remolino. Y el Señor de pronto, en ese remolino: ‘Lisandro, Eisejuaz, tus manos son mías, dámelas’. Yo dejé las copas: ‘Señor, ¿qué puedo hacer?’. ‘Antes del último tramo te las pediré’. ‘Ya te las doy, Señor. Son tuyas. Te las doy ya’. El Señor se fue. Quedó el remolino con la espuma del jabón brillando”.


Al comenzar la novela Eisejuaz llega a ese último tramo. Ya sucedieron muchas cosas en su vida, entre ellas su destierro de la misión noruega debido a que una noche el reverendo descubre a Esejuaz invocando a los ángeles mensajeros del Señor (a los ángeles del chancho, del tatú, de la serpiente) y lo expulsa por hereje engañador: “Andate ahora de aquí. Ya irás a la coca, al alcohol, al tabaco, al juego, a enfermarte, a no tener trabajo. Por infiel, por traidor, por mal cristiano”.

Y entonces encuentra a un agonizante tirado en quien individualiza el objeto de su apostolado, y a él se entrega, alimentándolo, arrastrándolo, abandonándolo y recuperándolo, durante años. El enfermo se llama Paqui y había traficado como mercachifle por el lugar antes de caer paralizado, tirado a punto de morir, cuando lo recoge Eisejuaz. Paqui no deja de maldecir e insultar a su samaritano. Eisejuaz se lamenta al Señor: “¿De dónde lo sacaste tan malo?”.

Ésta es la base argumental de Eisejuaz, una novela digna de figurar junto a las mejores de nuestra literatura. Entre los primeros en reconocer su valor fue Manuel Mujica Láinez, que apenas aparecida la primera edición (en 1971) le escribió a la autora una exaltada carta de elogio, sabiendo puntualizar la esencia de la novela: “Todo se ajusta a la perfección: la psicología del conmovedor -tan humano y santo- indio mataco; la atmósfera en la cual se desarrolla su vida; los personajes que lo rodean encabezados por el infernal Paqui; el idioma con el cual Eisejuaz narra su historia terrible y absurda...”.

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“La espera”, de Leónidas Gambartes.

La banal verdadera consideración de que toda buena novela crea un universo (su universo) se hace desde luego más patente cuando ese universo incluye la invención no ya sólo de un estilo sino de un lenguaje o idiolecto propio. El riesgo que se corre al ambicionar esto es enorme, y no último percance resulta la cantada posibilidad de perder lectores en las primeras páginas. Mujica Láinez lo atisba cuando le escribe a Gallardo: “Ojalá la gente comprenda lo valioso de tu gesto. Ojalá -como me sucedió a mí- atraviese, deje atrás, la sorpresa, la desazón de las primeras páginas y, una vez adaptada a las exigencias de un relato que hubiese perdido notablemente si no hubiera sido redactado así, se interne en la singularidad alucinante del mundo que te adeudamos”.

Otro riesgo es el de contagiar a su posible lector-escritor ese habla inventada. Tan cercano nos parece (tras los primeros esfuerzos) que el admirador puede sentirse impelido a emularlo. También a esto lo supo ver Mujica Láinez al elogiar “el idioma con el cual Eisejuaz narra su historia terrible y absurda, una lengua que implica una verdadera creación, que manejas admirablemente de un extremo a otro del libro, y que me temo sea contagiosa”.

Sorprende, sin embargo, al repasar las reseñas sobre este gran libro, que no se haya destacado el humorismo que irrumpe en varios momentos de la novela. Un humor que revela la mirada “otra” del autor en un texto cuyo tema, precisamente, es el choque, encuentro y desencuentro, de culturas. Un humor no sardónico y menos todavía despreciativo. Eisejuaz, con su santidad y sus embrollos místico-auditivos, con sus reveses a pesar de sus buenas intenciones, es un Job indí -paria puesto a prueba a cada paso-, un Abraham indí que podría ser salvador de su pueblo si no se atuviera a atender el sacrificio que el Señor le ordena, y es también un Woody Allen indí, nada frívolo por cierto, miserable, indigente, trágico, pero por momentos gracioso a su pesar. Y al nuestro.



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Sara Gallardo. Foto: Archivo El Litoral



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