Edición del Lunes 15 de julio de 2013

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Fantasmas para soportar el infierno - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

LITERATURA

Fantasmas para soportar el infierno

  • Editorial Colihue acaba de editar “Diario de un fantasma” y “El infierno de los vivos”, de la autora santafesina Alicia Barberis.

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Foto: ARCHIVO EL LITORAL

 

Natalia Pandolfo

npandolfo@ellitoral.com

“Casi todas abusadas. La hermana Teresa me lo dijo. Pero las madres de ellas, a diferencia de la mía, lo saben y lo aceptan. Las metieron en el hogar porque no pueden echar a los tipos. Muchos son de barrios marginales. Algunos se emborrachan o se drogan. El abusador es el que trae el único ingreso fijo en una familia de seis o siete chicos. Hermanos. Primos. Hijos. Nietos. Mezclados. Hacinados. Las madres sacan a las chicas para protegerlas. Para que no sigan abusándolas. Mi caso es bien distinto. Mi madre tiene estudios y trabajo. Chano no es indispensable. Hasta hace dos años vivíamos solas. Y éramos felices. O casi”.

En “El infierno de los vivos”, Alicia Barberis aborda una historia real y la convierte en literatura. El tema moviliza por su crudeza. De hecho, actualmente hay un proyecto de película con dirección de Alberto Gieco (quien vivía en Felicia, el mismo pueblo donde nació la autora, y actualmente reside en Los Ángeles).

—En “El infierno...” abordás un tema denso como es el abuso de menores; mientras que en “Diario de un fantasma” planteás una historia ficcional de aventura y misterio, más ligada a lo lúdico. ¿Cómo conviven en vos estos dos tipos de intereses?

—En principio se podría decir que los temas duros, más vinculados a hechos reales, me eligen a mí, mientras que a los temas más lúdicos los elijo. Se sucedieron hechos casuales (yo diría que no tan casuales) que me ayudaron a descubrir realidades que están en la sociedad pero no de manera tan visible. Cuando esto ocurre, siento que es como si esas historias se develaran para que alguien pueda narrarlas. Y por supuesto siempre es el autor, la autora, quien decide si escribirlas o no.

En el caso de “El infierno...”, haber conocido a la verdadera protagonista, la dura realidad a la que se enfrentaba y su estado de indefensión absoluta fueron los puntos que más me movilizaron.

Por otra parte, en lo que respecta a las historias infantiles, supongo que escribo historias de aventura y misterio para niños, porque después de abordar novelas realistas y fuertes, necesito una especie de recreo que me lleve de regreso a la infancia, al juego, a la inocencia.

—En “El infierno...” hablás de realidades que rodean bastante frecuentemente a la problemática del abuso: el hecho de que el victimario sea un familiar, el silencio y complicidad de quienes deberían proteger a la víctima, la situación de desamparo absoluto. ¿Qué motivación te llevó a trabajar sobre este tema?

—Una de las motivaciones fue cumplir con la promesa que le hice a la protagonista cuando era una adolescente: develar lo ocurrido, que se sepa la verdad y que eso repare de alguna manera, tanto dolor y tanta injusticia. Otro de los motivos fue el deseo de que la visibilización de esta historia en particular pueda servirle a otras mujeres, para que luchen por su verdad, por su dignidad y por sus derechos, pero sin dejar de contemplar que aún en las peores circunstancias es posible hallar una salida.

La última motivación tiene que ver con los cambios en el sistema. Hace poco tiempo, un juez me contó que a partir de la película “Leonera”, las madres que antes cumplían condena con sus hijos en el ámbito carcelario, la cumplen ahora en sus domicilios. Eso me llevó a pensar que cuando escribí esta historia me movía también el deseo de que las personas responsables de los distintos ámbitos que se mencionan en la novela, sean capaces de asumir su compromiso e implementar los cambios necesarios para que los menores reciban el amor, el respeto y cuidado que merecen.

—¿Cómo fue el proceso de escritura de ambas obras?

—Para abordar “El infierno...” primero recolecté datos: escuché los relatos de la protagonista, a quien conocí hace algunos años. Fui a verla al hogar en el que estaba viviendo y, a partir de entonces nos visitó fines de semana y vacaciones. Ella y mi hija tenían casi la misma edad y se hicieron amigas. Las veces en que la fui a buscar o que la acompañé al juzgado para que autorizaran sus salidas, pude conocer de cerca lo que sucede -o sucedía en esa época- con los menores: la extrema vulnerabilidad a la que están expuestos, las precarias condiciones en las que viven y el abuso de poder que ejercen sobre ellos los adultos, tanto los de la propia familia como los encargados de velar por sus cuidados y derechos.

También leí los expedientes de su causa. Tuve charlas con algunas personas que trabajaban en aquel entonces en los ámbitos en los que se desarrolla la novela. Presté atención a los espacios físicos, a las características externas e internas de las personas que luego fueron personajes. Además de escuchar, puse especial atención a lo no verbal, ya que los discursos transmiten datos, pero los gestos, los tonos de voz, algún tic casi imperceptible, muchas veces dicen más que las palabras. También dejé que las emociones me atravesaran en el momento en que registraba mentalmente las situaciones, porque lo que produce impacto y desazón, por inesperado o terrible, luego se traduce en la escritura con mayor potencia.

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Yo, tú, ellas

“Creo que para ambas novelas, y esto es aplicable en mi caso, a todas las obras de este género, al principio trabaja más el intelecto: me pongo a pensar en la historia que quiero contar, y en el cómo. Cuando ya tengo el diseño de la novela y están definidos el tono, el trayecto y el final (aunque después todo se modifique un poco), recién me pongo a escribir”, cuenta la autora.

“Y ahí, en el momento mismo de la escritura, muchas veces siento como si el intelecto quedase un poco atrás, diluido, como si estuviera escribiendo en “piloto automático”. O como si se abriera un espacio interno que me permite conectarme conmigo misma desde un lugar muy profundo. Tal vez porque me meto tanto dentro de la historia y del personaje que es como si dejara de ser yo.

“Es difícil explicarlo: en el caso de ‘El infierno de los vivos’, soy Mariana y soy yo, y soy todas las mujeres que alguna vez pasaron por situaciones de violencia, de sometimiento, de desamparo. Entonces permito que la emoción hable sin filtros.

“En ‘Diario de un fantasma’ el proceso comenzó igual, pero terminó distinto -dice la autora-. Cuando ya tenía todo delineado, y estaba escribiendo uno de los primeros capítulos, en el que la protagonista se acerca al ataúd donde están velando a su tío, ocurrió algo inesperado: el muerto movió la nariz. Esto no me pasó por la vía del razonamiento, no estaba previsto. Simplemente sucedió, lo vi. Y ese simple hecho cambió la historia que iba a contar, y hasta el título de la obra.

“Cuando escribo para niños, tengo claro que el destinatario es un lector con determinadas características, que siente y percibe de una manera particular, que tiene estos intereses y no otros. Pero esto no significa que me ponga a infantilizar la mirada, a acotar el mundo, muy por el contrario. Sólo trato de imprimirle al relato el ritmo, el misterio, el humor, que permitan atraparlos en esa creación de realidad y fantasía que estoy armando. Me gusta mucho, y esto es en todas mis obras, crear tensiones que contribuyan a que el lector quiera seguir leyendo hasta el final.

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"Lo que produce impacto y desazón, por inesperado o terrible, luego se traduce en la escritura con mayor potencia”.

Alicia Barberis.

Escritora



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