Señales
Señales
Carlos Catania
A raíz de una entrevista periodística, donde sostuve que la Literatura constituía un instrumento de salvación, una señora me interrogó: “¿De qué debemos salvarnos?”. Percibí que se mostraba renuente ante mi afirmación. Irónicamente estábamos en un supermercado y estuve tentado a decirle que el consumo frenético revela un operativo similar al de cavar una tumba. En cambio le aclaré, en primer término, que me refería a la Literatura con mayúscula, no a la enormidad de libros que responden al comercio y cuyos “contenidos”, aptos para la evasión, son rápidamente arrojados a la nada. En segundo lugar aclaré que lo de salvación no era un aspaviento utópico y tampoco una metáfora. Además, como reniego de escritores que dictaminan cómo debe escribirse, agregué que la salvación no aludía a fines morales ni estéticos, sino a ciertos efectos en la conciencia, a consecuencias.
Por otra parte, como generalizar diluye matices y diferencias, me limité a seres humanos dispuestos a ponerse de acuerdo consigo mismo y a obtener una visión del mundo sin trampas ni acomodos, en razón de que la Literatura nos procura una conciencia inquieta sustrayéndonos de la docilidad y de la turbulencia del rebaño. Poner de relieve ciertos ideales humanos es característica del Humanismo, bien que los atropellos, miedos y mentiras del presente inclinan a protegerse recurriendo a los apodos del vacío: diversión, entretenimiento, necesidad de movimiento y ruido en compañía de semejantes, costumbres inalterables, dogmatismo, acumulación de cosas sin valor alguno, gestos decorativos de aquiescencia, creencias sin fundamento, acuciante necesidad de alimentarse con los chismes de la televisión y de las revistas inanes, sostener opiniones de tercera mano... Todo mantenido merced a la imagen idealizada que han forjado de sí mismos.
¿Y eso de descargar nuestra ilusión de ser sobre las técnicas? Oigamos a Baudrillard: “No sólo la inteligencia artificial, sino toda la elevada tecnología, ilustra el hecho de que, detrás de sus dobles y sus prótesis, sus clones biológicos y sus imágenes virtuales, el ser humano aprovecha para desaparecer”. Sin embargo, lo dicho hasta ahora sólo es inquietante cuando asume la pretensión de establecer un estilo de vida. Si en la especie existen sujetos sentimentalmente desnutridos y cerebralmente petrificados, no hay alarma roja, pues en mayor o menor medida, todos sucumbimos ante tales taras. Quienes son indiferentes al Humanismo (también con mayúscula), están en su derecho, y no sorprende que piensen, por ejemplo, en la política, como restauradora de la conciencia humana que gravita en el seno de este mundo desdichado.
Como todos, soy víctima y secuaz de lo falso, convencional y trivial que desfleca nuestras vidas. La salvación estriba en el esfuerzo que supone rebelarse. Resulta risible que nos consideremos libres cuando estamos sometidos a una esclavitud deslumbrante, merced a retóricas, musiquitas y juguetes. Me apropio de la palabra camusina aplicándola a un contexto más restringido: aparentemente negativa, puesto que nada crea, la rebelión es profundamente positiva, pues revela lo que hay que defender siempre en el hombre.
Los dictadores temen tanto al escritor, que la historia consigna la cantidad de veces que libros de todo género han ido a parar a la hoguera. La Literatura no busca la revolución política. El libro es un arma muy especial. Sus municiones, a menudo, no perforan de inmediato. Se dirigen hacia otros blancos y, además, es un objeto de conocimiento. Introduce insatisfacción en las personas, estimulando la visión crítica de la realidad, primera actitud necesaria para comprobar la falsedad de la vida que se vive. Naturalmente, el que te dije escupe y se tapa los oídos. Si hay algo que exigir a la Literatura es que sea profunda. Nada “refleja”, puesto que es un acto antagónico de la realidad.
Desde luego, no me extendí barajando estos términos para responder a la señora en el supermercado. Apenas mencioné dos o tres puntos. Pero hice hincapié en aquellos lectores que se conmueven con la historia que relata una novela y minutos después siguen alienados en un marco opuesto al que acaban de rendir su pasajero tributo emocional. Sin embargo, por supuesto, sienten que se han “cultivado”, lo cual indica que leen para pasar el rato, eludiendo así las señales que emanan del libro. En este sentido, la lectura ingresa al ámbito de la simulación. Cabe aclarar que no es necesario leer para adquirir conciencia. He conocido a mucha gente que, sin tener acceso a los libros, mantiene, en un alto grado de sensibilidad, su concepción del universo humano.
La Literatura es una de las pocas cosas valiosas que nos quedan en esta sociedad robotizada e idiotizada por sonidos y furias, donde, entre otros atropellos, asistimos al hecho de que el asesinato de una muchacha se aproveche para acrecentar un rating con los clichés de exclusividad, “fue primicia” y otras yerbas. No desconozco los valores positivos que en otros terrenos despliega el hombre. Aquí sólo me ocupo de un elemento apto para despertar conciencias y armarnos un poco como combatientes del género humano.
No le faltó razón al que sostuvo que, después de Dios, Shakespeare es el que más ha creado.