En Varsovia

IMG951.JPG

Vista del Palacio Real, hoy conglomerado de museos.

Todavía en tierra polaca, las huellas de la ocupación nazi; el arte, presente en todas sus manifestaciones, y el empeño por reconstruir una ciudad arrasada.

TEXTO Y FOTOS. DOMINGO SAHDA.

 

Lentamente el tren detuvo su marcha en el andén, en la “Warsaw Zentralna”. Ya había descubierto -para mi sorpresa- que las plataformas para la lengua castellana en el idioma local llevan el nombre “peron”. ¡A joder! Hasta aquí había llegado nuestra influencia histórica, murmuré con sorna. Arribé al hotel en el que me alojaría, situado en el cruce de las trajinadas avenidas “Alejo Jerosolimsky” y “Solidarnosci”. El último nombre me recordó al sindicato polaco “solidaridad” y a su líder Lech Walesa.

Con rumbo al “Stare Miasto”, al casco antiguo de la capital polaca, un semáforo me detuvo. A unos cien metros se recortaba en el paisaje urbano un edificio de varias plantas, ladrillos viejos y ventanucos que mostraban su ayer y su desuso. Me acerqué lentamente cuando, de pronto, me topé con un monumento estremecedor. La calidad artístico simbólica era impecable. Una placa adosada al piso, una de tantas con una larga retahíla de nombres, indicaba fusilados en el lugar, huidos otros, sin datos los más. Remitía al alzamiento en Varsovia durante la ocupación nazi.

Un tubo de grueso hierro ennegrecido de casi dos metros por uno de diámetro, seccionado por la mitad: ahí se veía la réplica de una escalera de mano, similar a las de las cloacas. Por allí ascendían cientos de manos, solo manos en su anhelo de luz y libertad truncadas.

Continué con mi camino hasta el corazón del ghetto reconstruido, con partes y zonas rescatadas. Grupos de colegiales de primaria, de media, siguiendo a sus profesores en la visita de reconocimiento y estudio. Me dije una vez más que si la historia se cuenta repitiendo fechas y palabras ni siquiera alcanza a ser ocasional recuerdo, como es habitual entre nosotros.

La fría llovizna me llevó a la Catedral de Santa Elena. En un concierto programado y que se repetía toda la primavera y el verano, escuché por primera vez la música de Juan S. Bach en el instrumento original para el que había sido imaginada y creada. Un órgano de dimensiones enormes ocupaba todo el ancho de coro de la Catedral. La música, que como cataratas se derramaba hacia los oyentes, era la de las “Partitas”. Estaba extasiado. Mis ojos recorrían, mientras tanto, la belleza del templo con sus diversos oratorios.

Al atravesar el gran parque, prácticamente en la zona del centro, me detuve a presenciar, testigo indirecto, la ceremonia del cambio de guardia en el monumento al “Soldado desconocido”, frente a una arcada milagrosamente a salvo de los bombardeos de la Segunda Guerra. Desde lejos, en el horizonte citadino, el enorme edificio cuadrangular con su torre de 231 metros, por mucho tiempo la más alta de Europa, tenía el porte de un vigía en constante alerta. Lo evidente denunciaba lo subyascente. Más cerca me topé con un edificio de varias plantas -de ladrillo- que conservaban cristales rotos y agujeros de metralla. En la ochava, cuatro o cinco enormes fotografías en orden ascendente contaban de sus antiguas ocupantes, fusilados in situ. Su culpa: ser judías. La mole oficiaba de permanente recordatorio, tanto para propios como para extraños.

“KULTURA”, CULTURA Y BELLAS ARTES

Entré, a modo de pausa, a una cafetería cuyo nombre -curiosamente- era “Kultura”. La proverbial cortesía que viví muchas veces, esta vez se manifestó en el obsequio de un paraguas olvidado por algún parroquiano. Fue ante mi pregunta: ¿dónde podría comprar un paraguas? El mismo fue compañero de viaje por dos semanas. Se fue de mi lado en la estación de ómnibus de Retiro cuando, ocupado en adquirir un pasaje de vuelta a Santa Fe, no presté atención. Había adquirido rápidamente esa costumbre de respetar lo ajeno sin caer en la cuenta de que entre nosotros ese hábito cultural hace mucho tiempo que desapareció.

El Palacio Real fue reconstruido de acuerdo a fotografías y planos originales y reamueblado con donaciones de exiliados polacos entre 1971 y 1984. Me dirigí al área de Pinturas, cruzando un patio interior. Me estaban aguardando, entre otras obras, dos pinturas de Rembrandt que me quitaron el aliento. Los ojos de los retratados me miraban, taladrándome desde la intemporalidad. El oficio puesto al servicio del talento mayúsculo.

Cerca del Palacio de la Cultura, entré a ver una muestra titulada “Hungry Birds” (en traducción casera, algo así como “pájaros rabiosos, enojados”). Once jóvenes artistas plásticos que repetían el discurso dominante y unívoco que entreví en situaciones similares, tanto en Europa como en América, sintetizando en la mirada y expresión unidireccional, situada en el limbo del internacionalismo impuesto por el merchandising.

Camino a la Academia de Bellas Artes, nuestra escuela de arte, choqué -literalmente hablando- con una enorme columna de granito rosa quebrada en tres partes. A su lado, una réplica enhiesta con la imagen del Rey Segismundo de Polonia a modo simbólico. Impensable algún grafitti o sustracción.

En la escuela, cuyo frente es una arbolada plazoleta, intenté que el portero comprendiera mis preguntas. Llamó por teléfono interno a una secretaria. Diligentemente, ésta bajó las escaleras; conversamos un rato. Le obsequié una colección reducida de “Creadores santafesinos”. La lengua castellana era desconocida entre ellos, profesores o alumnos. Pero convinimos en que el lenguaje de la imagen es universal.

Me fui contento. Desde un enorme puente sobre el río Vistula divisaba el populoso barrio de Praga. Días después lo visitaría. Al cruzar los “Rondos”, puentes subterráneos por sobre el cruce de importantes avenidas me desorientaban circunstancialmente.

Curiosa y conmovedora experiencia la de Varsovia. Literalmente hecha polvo por los bombardeos, reconstruida en su casco antiguo tal cual era, sin desviarse un milímetro. Las pinturas de los “Vedutistis” venecianos del siglo XVII y XVIII, a mas de las fotografías, eran testimonios elocuentes.

Subyace la idea, imagino, de pensar: “aquí todo está igual, como antes, como siempre”. Muestra fehaciente del coraje de vivir haciendo una mueca a las adversidades.

Esta idea me acompañó hasta cerrar mi valija y continuar mi camino hacia Poznam, última estación en Polonia. Pero esa es otra historia.

IMG953.JPG

Peatonal en el “Stare Miasto”, en Varsovia.